Hay una regla silenciosa que atraviesa todo lo que hacemos en el mundo económico, y rara vez la notamos, no está escrita en piedra, pero es tan poderosa como la gravedad.
Es la ley del equilibrio, y dentro del universo de la contabilidad, esta ley tiene un nombre antiguo y perfecto: la partida doble.
No nació ayer, nació cuando el ser humano, perdido entre el trueque y la incertidumbre, comenzó a darse cuenta de que nada sucede sin que algo más se altere. Que toda acción económica deja dos huellas, no una. Que cada vez que algo se gana, algo se entrega; que no hay movimiento sin reflejo, ni entrada sin salida.
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