Lima, diciembre 2030
Tengo cincuenta y dos años y la memoria se me ha vuelto una casa con las ventanas abiertas, entra el polvo del pasado, el sol del presente y, de vez en cuando, una ráfaga de futuro que no sé si agradecer o cerrar con un portazo. Es 2030 y sigo viajando dentro de mí como aquel muchacho de veintiuno que cruzaba Lima en un bus cansado, desde Surquillo hasta el centro, mientras un contador gigante, plantado como un oráculo electrónico cerca de Metro de Arona, marcaba los días, las horas y los minutos que faltaban para el año 2000. Yo miraba ese reloj como si fuera la cuenta regresiva de mi propia vida, sin saber que la vida no explota, se filtra.
En diciembre de 1999 yo trabajaba como vendedor en la empresa de mi padre. Ganaba lo suficiente para sentirme adulto y poco como para seguir siéndolo. Era austero, como él, con una disciplina que no se aprende, se hereda. Gastaba poco en comidas, poco en salidas, poco en casi todo, salvo en educación, porque en mi casa el saber era la única forma elegante de gastar dinero. Yo creía que la sobriedad era una virtud, hoy sospecho que también era una coartada.
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