A veces pienso que este mundo es apenas una superficie iluminada por dentro.
No una esfera suspendida en el vacío, sino una habitación cerrada cuya luz proviene de una fuente que nunca vemos. Caminamos sobre sus pisos, respiramos su aire, amamos dentro de sus límites, pero jamás tocamos las paredes. Y, sin embargo, algo en mí sospecha que esas paredes existen.
Desde que mi padre murió —hace poco más de un año— esa sospecha se volvió más intensa. No fue un pensamiento súbito; fue una filtración lenta, una grieta en la aparente solidez del mundo.
Lo vi apagarse.
El cuerpo, que siempre había sido certeza, se volvió frontera. Y cuando el último aliento salió de él, el silencio que quedó en la habitación no fue simplemente ausencia, fue una pregunta.
¿Dónde está ahora?
Seguir leyendo →
