—Señora, adentro ya no tenemos mesas. Si desea, puedo ubicarla afuera.
Valeria miró a la muchacha del Starbucks. Tendría veinte años, veintidós como mucho, y llevaba esa expresión de cortesía profesional que poseen quienes todavía pueden llamar señora a una mujer de treinta y siete sin sospechar que algún día otra muchacha hará lo mismo con ellas.
—Afuera está bien.
El Starbucks de Las Begonias estaba lleno.
Era viernes y San Isidro acababa de expulsar de sus edificios a centenares de personas convencidas de que merecían un café caro por haber sobrevivido una semana delante de una computadora. Hombres con las mangas recogidas hasta los codos, mujeres que todavía llevaban las credenciales de sus empresas al cuello, jóvenes instalados frente a laptops que parecían estar elaborando planes para dominar el mundo cuando probablemente corregían una presentación que el lunes nadie recordaría.
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