La última vez que vi a Clara estaba sentada frente al mar.
No lloraba. Eso fue lo peor. Había en su rostro una calma que me pareció injusta, casi ofensiva, como si hubiese ensayado durante semanas la manera exacta de abandonarme sin destruirse en el intento. Llevaba un vestido azul oscuro y sostenía una taza de café que ya se había enfriado.
—Te quiero, Roland —dijo—. Pero ya no soy feliz contigo.
Hay frases que no necesitan gritar para arrasar una vida.
Yo tenía veintiocho años cuando la conocí y una vanidad discreta, alimentada por libros, música clásica y una idea equivocada de mí mismo. Creía ser un hombre sensible, creía entender el amor porque había leído sobre él. Creía, sobre todo, que la intensidad era una prueba de profundidad.
Me equivoqué en todo.
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