A mis diecisiete años —dieciocho, habría corregido yo entonces, pues me faltaban pocos meses y a esa edad los meses poseen una importancia que después reservamos para las décadas— poseía tres cosas que consideraba pruebas irrefutables de mi superioridad sobre el resto de la especie… una máquina de escribir alemana que no sabía reparar, una colección todavía miserable de música clásica en casetes y discos compactos, y una edición incompleta de Proust que no había leído.
Me llamo Roland y puedo afirmar, con la autoridad que conceden tres décadas de equivocaciones, que ninguna de aquellas posesiones demostraba absolutamente nada.
Pero entonces yo no lo sabía.
Algunas tardes viajaba hasta Miraflores y caminaba por la avenida Larco para entrar en La Discoteca, un establecimiento que para mí tenía aproximadamente la dignidad espiritual de una catedral. Allí podía pasar una hora examinando grabaciones de música clásica que casi nunca tenía dinero para comprar.
CD y casetes.
Bach, Beethoven, Chopin, Liszt.
Los tomaba entre las manos, estudiaba las carátulas y comparaba intérpretes con la gravedad de un crítico vienés, aunque mi presupuesto me obligara finalmente a devolverlos todos a su sitio.
Una tarde estaba examinando una grabación cuando escuché detrás de mí:
—¿Vas a comprarlo o estás esperando que baje de precio por envejecimiento?
Seguir leyendo →
