Huancavelica, 1998
Tenía veinte años y aún no sabía que existen épocas de la vida que uno atraviesa creyendo que son apenas un paréntesis y que, muchos años después, terminan revelándose como capítulos enteros, territorios a los que volvemos cuando la memoria se cansa del presente y empieza a caminar hacia atrás, tanteando entre los escombros en busca de aquello que alguna vez fuimos.
En 1998 yo no pensaba así.
A los veinte años uno piensa poco en el pasado porque todavía no tiene suficiente, y casi nada en el futuro porque lo considera una propiedad garantizada.
Yo necesitaba dinero.
Esa era toda mi filosofía.
Mi familia atravesaba una época difícil y estudiar en Lima costaba más de lo que nuestra economía podía soportar sin heridas. La universidad no preguntaba si uno tenía problemas familiares, si el dinero alcanzaba, si los padres estaban cansados o si detrás de cada mensualidad existía una pequeña tragedia doméstica. Las universidades tienen esa elegante indiferencia de los bancos, llega el vencimiento y alguien debe pagar.
Así que acepté un trabajo para un organismo gubernamental que desarrollaba actividades en provincias.
Huancavelica.
Antes debía llegar a Ayacucho.
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