Literatura

No estoy perdido, estoy en tránsito

A las tres y cuarto de la madrugada, Robert descubrió algo incómodo, su mente no sabía dormir cuando su corazón estaba despierto.

El departamento estaba en silencio, ese silencio espeso que solo existe cuando la ciudad finge descansar y uno sabe que no. Sobre la mesa quedaban rastros de agua fría, una libreta abierta y el teléfono boca arriba —como si por ese hecho pudiera vibrar y hacer llegar los mensajes que esperaba.

Robert se miró al espejo del pasillo y se encontró distinto. No más viejo, no más cansado, más consciente. Tenía ese gesto de quien ha comprendido algo y aún no sabe qué hacer con ello.

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Literatura

Fronteras

Los demonios de Robert

Robert había aprendido tarde —demasiado tarde, pensaba a veces— que el amor no llega como una epifanía, sino como una certeza que se construye. A poco más de sus cuarenta años, después de relaciones incompletas y afectos que se agotaban por desgaste, conoció a Valentina, y con ella entendió, por primera vez, qué significaba amar de verdad.

No fue inmediato, se amaron durante años, pero los últimos meses habían sido, para Robert, los mejores de toda su vida. Nunca había sido tan feliz en lo cotidiano, un desayuno juntos, las cenas largas, las caminatas después del teatro, las noches de cine, los conciertos de música clásica en los que Valentina cerraba los ojos como si el mundo pudiera detenerse allí y quedaba dormida. Incluso su intimidad —contenida, cuidadosa, casi infantil— tenía una belleza que él no había conocido antes. Había aprendido a desear sin poseer y a esperar sin exigir mucho.

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Literatura

La hora que nunca existió

En honor a Julio Ramón Ribeyro

Dos minutos después de la media noche en Santiago, Javier Mestanza murió en el hospital San Juan de Dios, a las veintidós horas y diez minutos de la noche anterior en Lima, tocó el timbre de mi casa.

No era la primera vez que la vida, o lo que fuera que gobernaba este desorden cósmico, me jugaba una mala pasada, pero esta, sin duda, era la más elaborada, la más perversa. Javier Mestanza, el hombre que había logrado ser insoportable incluso en su ausencia, había decidido regresar, no como un fantasma, ni como una sombra que susurra en los rincones, sino como un error administrativo del universo. Y ahí estaba, en mi puerta, con su sonrisa de vendedor de seguros y su pelo húmedo como en aquellos años de nuestra juventud universitaria en la cuadra 15 del Jr. Washington, era como si acabara de salir de una ducha en lugar de la morgue.

Lo dejé pasar, no porque quisiera, sino porque la curiosidad es una enfermedad peor que la cortesía, y porque, en el fondo, siempre supe que Javier era el tipo de persona que incluso la muerte evitaría por un tiempo, como si fuera un huésped incómodo en un hotel de paso.

—Estás muerto —le dije, sirviéndole un trago del Chivas Regal Ultis, un whisky de cuatro cifras que siempre le negué en vida.

—Tú también lo estarás algún día, y yo no haré tanto escándalo —respondió, con esa voz que siempre parecía estar al borde de una risa burlona.

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Literatura

Escuchar el mundo en silencio

Los recuerdos de mi juventud

Eran los años noventa, una época marcada por rituales tan extraños como necesarios, uno de ellos era esa costumbre casi universal de acudir a una academia para preparar el ingreso a la universidad. Mi padre, con esa mezcla de entusiasmo y autoridad que lo caracterizaba, no dudó en acompañarme, inscribiéndome en una de esas instituciones que prometían un futuro brillante, yo por mi parte, me dejé llevar por la novedad del entorno, recuerdo a los profesores, tenían un humor sencillo, casi entrañable, que hacía que el aprendizaje fuera menos pesado, había chicos que parecían más interesados en practicar el arte de la conquista que en resolver ecuaciones, y chicas que, quizá por curiosidad o por deseo, caían en los brazos de aquellos pequeños casanovas. Pero mi mundo, incluso entonces, era otro, lo mío no era perderme en ecuaciones, miradas furtivas, o la conquista a las jóvenes féminas, lo mío, lo sabía con la certeza de una pasión temprana, era la literatura.

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Literatura

El arte de dormir en los teatros

Nos unió el azar, y aún me parece insólito pensar que, entre miles de millones de personas en el planeta, dos almas tan dispares terminaran coincidiendo en el mismo punto del tiempo, nos conocimos sin buscarlo, y eso, ya de por sí, fue un privilegio. Nos amamos con la fuerza que da la novedad, con esa convicción inocente de que el amor puede torcer el curso de las cosas. Luego, como todo lo que pertenece a la vida, el sentimiento cambió, se transformó, se desgastó, hubo algo de tragedia; y el paso natural del tiempo cumplió su oficio.

Me acompañaba a los teatros con una lealtad conmovedora, no porque disfrutara de las obras, sino porque le gustaba acompañarme. Dormía en ellos con una gracia casi artística, se durmió en Hamlet, en pleno “ser o no ser”; se durmió durante el segundo movimiento del Concierto para piano n.º 2 de Tchaikovsky, justo cuando la orquesta parecía rozar el infinito; y todavía celebro que resistiera despierta toda la presentación de Yuja Wang, quizá por la pura curiosidad de verla desafiar el piano con prendas tan diminutas.

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Back to black

La otra historia

Había yo perdido el sueño pasada la medianoche, y lo que podría haber sido una de esas vigilias sin rostro, pobladas de silencios triviales y respiraciones pesadas, se transformó de pronto en un descenso a un abismo inesperado, una voz —esa voz quebrada y sublime— se filtró en mis redes, y en cuestión de segundos me encontré en YouTube, con el pequeño parlante de mi hija Kourtney en las manos, un objeto inocuo que pronto se volvió instrumento de revelación. La voz de Amy Winehouse irrumpió en la soledad de la habitación como una aparición espectral, y la música, en lugar de distraer mi insomnio, lo convirtió en un ritual lacerante.

Ella cantaba Back to Black, y cada estribillo —I died a hundred times— no era una metáfora, sino un acta de defunción escrita con tinta invisible. Mientras la escuchaba, pensé en mis veintisiete años, yo sin trabajo seguro, con mis dos hijos mayores que alimentar, con la pesadez vulgar de un hombre que sólo conocía la derrota callada. Ninguna eternidad me aguardaba, ningún escenario, ningún premio, sólo el cansancio cotidiano, y sin embargo, Amy, a esa misma edad, ya había arrancado su lugar en la memoria del mundo, ya había inscrito su nombre con un fulgor que a mí me era inconcebible. Y comprendí, que esa diferencia no era victoria suya ni derrota mía, sino el precio desmedido de existir de formas distintas, yo condenado a sobrevivir en la penumbra y ella condenada a consumirse en el resplandor.

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Literatura

Monedas para el alma, entre el silencio y la rendención

Cuando lo conocí, Yajazelham me pareció un hombre de esos cuya presencia irrumpe, una especie de frontera silenciosa entre uno y el resto del mundo, no era alto ni particularmente imponente, pero su figura tenía la dureza de los hombres que nacen con el peso del trabajo en sus huesos. Su piel morena, curtida por el sol y por años de sacrificio, sus bigotes espesos que no delineaban sonrisa alguna, parecían una máscara de desdén hacia el mundo, lo que más me inquietaba, sin embargo, era su mirada fija, casi calculadora, que no dejaba espacio para la duda, era el tipo de mirada que penetraba más allá de lo visible, como si todo lo que veía le perteneciera.

En ese entonces, yo tenía dos hijos y había cumplido treinta y tres años, una edad que marcaba la frontera entre la juventud y la madurez, el momento en el que las decisiones parecían definitivas y aun recoges ejemplos de otras personas. Yajazelham, en contraste, era un hombre de silencios profundos, de esos que prefieren callar antes que decir algo innecesario. Nacionalizado malasio, de raíces indias, su acento en inglés era peculiar, y a mis oídos sonaba como un eco lejano, una lengua que no me pertenecía pero que él usaba con la seguridad de quien sabe que el lenguaje es solo una herramienta para quienes lo entienden. El día que Philip me lo presentó como el responsable de las operaciones en la mina, jamás imaginé que con el tiempo se convertiría en un buen amigo, casi en un hermano mayor, en un refugio de soledad en un lugar lejano de nuestros hogares.

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Aquel sábado de octubre

Era 1997 y yo tenía diecinueve años, la universidad era un desfile de exámenes, libros contables y tardes desperdiciadas en la biblioteca donde hablábamos de todo menos de números. A veces pienso que nunca fui realmente estudiante de contabilidad, sino un lector extraviado entre columnas de cifras. Mi padre me había regalado un libro de economía ese año —un tomo grueso, de letras diminutas— con la esperanza de que me volviera más “práctico”, lo hojeé un par de veces y luego lo abandoné, como se abandonan los propósitos ajenos. Años después, al recordarlo empolvado en la repisa, comprendí que ese libro representaba exactamente lo que fui entonces, una promesa que nadie esperaba que se cumpliera.

Gabriela iba y venía en mi vida como las estaciones que Lima nunca tuvo, nos queríamos con esa torpeza de los amores jóvenes, donde cada ruptura parecía definitiva y cada regreso, un milagro. Era un tiempo en que aún creía que el amor podía salvarme, aunque no supiera de qué.

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El álbum invisible

Tales y Talita

Hay días en los que el silencio pesa más que el ruido del mundo, días en los que el tiempo no avanza, solo se queda ahí, detenido en los bordes de una escena que no necesita fotografía para ser eterna, mi hijo al piano, sus dedos firmes y sensibles tocando una pieza, mientras yo lo observo desde el fondo de la sala, sintiendo que algo dentro de mí se quiebra de ternura, o mi hija, cuando era pequeña, dibujando con una precisión que parecía heredada, como si de mí hubiese tomado no solo los gestos, sino también esa necesidad de traducir el mundo en líneas y formas.

Mis hijos mayores fueron mi primer amor real, no el romántico, ni el idealizado, sino el amor que transforma, que sacude, que te hace quedarte despierto cuando ya no hay fuerzas, el amor que te obliga a ser mejor aunque falles. Ellos, sin saberlo, me enseñaron a ser padre, y a veces, cuando la noche cae, me pregunto si alguna vez fui suficiente para ellos.

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Turismo Emocional

Lima, diciembre 2030

Tengo cincuenta y dos años y la memoria se me ha vuelto una casa con las ventanas abiertas, entra el polvo del pasado, el sol del presente y, de vez en cuando, una ráfaga de futuro que no sé si agradecer o cerrar con un portazo. Es 2030 y sigo viajando dentro de mí como aquel muchacho de veintiuno que cruzaba Lima en un bus cansado, desde Surquillo hasta el centro, mientras un contador gigante, plantado como un oráculo electrónico cerca de Metro de Arona, marcaba los días, las horas y los minutos que faltaban para el año 2000. Yo miraba ese reloj como si fuera la cuenta regresiva de mi propia vida, sin saber que la vida no explota, se filtra.

En diciembre de 1999 yo trabajaba como vendedor en la empresa de mi padre. Ganaba lo suficiente para sentirme adulto y poco como para seguir siéndolo. Era austero, como él, con una disciplina que no se aprende, se hereda. Gastaba poco en comidas, poco en salidas, poco en casi todo, salvo en educación, porque en mi casa el saber era la única forma elegante de gastar dinero. Yo creía que la sobriedad era una virtud, hoy sospecho que también era una coartada.

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