Cuando somos jóvenes creemos que el tiempo nos pertenece. Lo vemos extenderse delante de nosotros como una carretera interminable y asumimos, sin pensarlo demasiado, que siempre habrá más
Tiempo para viajar.
Tiempo para enamorarnos.
Tiempo para pedir disculpas.
Tiempo para llamar a nuestros padres.
Tiempo para volver a empezar.
La juventud tiene esa arrogancia involuntaria, confunde la abundancia de días con la eternidad.
Luego pasan los años, no de golpe, no como una tragedia visible.
Se van filtrando.
Un cumpleaños se parece demasiado al anterior.
Los hijos crecen.
Los amigos dejan de llamar con la misma frecuencia.
Algunas fotografías comienzan a contener personas que ya no están.
Y un día, sin previo aviso, uno descubre que la mayor parte de su vida pertenece al pasado.
Seguir leyendo →
