Hay hombres cuya infancia parece una prueba, no una metáfora, una prueba. Como si la vida hubiese decidido observarlos desde lejos para descubrir cuánto podían resistir antes de quebrarse.
Roland nació en Salaverry, cuando el puerto todavía era el centro del mundo para quienes vivían allí.
Los barcos llegaban desde lugares que los niños apenas podían imaginar, las redes secándose al sol formaban parte del paisaje. El olor a pescado, sal y combustible acompañaba las mañanas. Y el mar parecía estar siempre observándolo todo.
Era uno de quince hermanos nacidos de tres mujeres distintas y un mismo padre. Quince, una cifra que parece inventada hasta que uno la escucha repetirse en reuniones familiares.
De esos quince, siete compartían padre y madre.
Su madre se llamaba María, y durante muchos años sostuvo prácticamente sola una batalla imposible.
Su esposo se había marchado, no del todo, a veces seguía apareciendo por el puerto.
Pero ya no pertenecía realmente a sus vidas, había formado otra familia, y después otra.
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