Recuerdo una escena de juventud, cuando trabajaba como asistente contable en una empresa relativamente conocida en el mercado, era un tiempo sin libros electrónicos, en que todo debía imprimirse y empastarse. Vi a los contadores —hombres con oficio y malicia— reimprimir los registros para la auditoría tributaria y luego, como si fuera parte de un ritual secreto, arrastrar los tomos recién empastados por el suelo para darles el aspecto de viejos. “Esto no te lo enseñan en la universidad”, nos dijeron, entre risas de complicidad, aquel gesto me perturbó más de lo que entonces pude entender. No era solo un fraude técnico, era una confesión cultural, una manera de vivir la contabilidad no como el lenguaje de la verdad, sino como un instrumento de acomodo, de sobrevivencia y de engaño.
Años después, ya en mi madurez, trabajé para empresarios singapurenses en una empresa minera. Su relación con la información financiera era otra, severa, rigurosa, casi sagrada. No había espacio para confundir lo personal con lo empresarial, ni para disfrazar la realidad, sus estados financieros eran, en la medida de lo posible, un espejo limpio donde se reflejaban la solvencia y los riesgos. Fue allí donde entendí que la contabilidad no es un oficio neutral, sino un territorio marcado por la cultura.
Seguir leyendo →