Primera Parte
Silvia en la oscuridad
Capítulo 1: La Celda
No es una imagen; es un dato físico que se le pega a la piel, Silvia lo comprende en el tercer parpadeo, algo vivo exhala con ella, ocupa el mismo aire viciado y vuelve más pesado cada intento de respirar. El cuarto es oscuro, sin grietas, ni ventanas, solo la rendija de la puerta, un hilo de luz que no servía de nada. La cuerda que le muerde las muñecas tiene una textura áspera, pelillos duros que raspan y se quedan en la piel como espinas, y el nudo le presiona los huesos. La humedad es un olor con capas, moho, metal, y encima un dulzor barato, tal vez desinfectante viejo, cada vez que traga saliva, pica.
La primera certeza es corporal, hormigueo en los dedos, un frío mojado en la espalda del vestido —el azul sencillo que eligió sin pensar para una cita cualquiera, ahora parece un uniforme de alguien a quien van a perdonar por caridad o a castigar por costumbre—. La segunda certeza es sonora, un goteo irregular, como si la pared supiera medir el tiempo y decidiera retrasarlo a propósito. La tercera llega desde una radio mal sintonizada, ruido blanco, voz de hombre que entra y se va, publicidad de madrugada, y luego, como si el aparato tosiera y de pronto hablara claro, una frase que no debería existir en ese cuarto:
—Las autoridades continúan las diligencias por la desaparición de S. R… familiares piden…
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