Literatura

Voces en la Niebla

Primera Parte
Silvia en la oscuridad
Capítulo 1: La Celda

No es una imagen; es un dato físico que se le pega a la piel, Silvia lo comprende en el tercer parpadeo, algo vivo exhala con ella, ocupa el mismo aire viciado y vuelve más pesado cada intento de respirar. El cuarto es oscuro, sin grietas, ni ventanas, solo la rendija de la puerta, un hilo de luz que no servía de nada. La cuerda que le muerde las muñecas tiene una textura áspera, pelillos duros que raspan y se quedan en la piel como espinas, y el nudo le presiona los huesos. La humedad es un olor con capas, moho, metal, y encima un dulzor barato, tal vez desinfectante viejo, cada vez que traga saliva, pica.

La primera certeza es corporal, hormigueo en los dedos, un frío mojado en la espalda del vestido —el azul sencillo que eligió sin pensar para una cita cualquiera, ahora parece un uniforme de alguien a quien van a perdonar por caridad o a castigar por costumbre—. La segunda certeza es sonora, un goteo irregular, como si la pared supiera medir el tiempo y decidiera retrasarlo a propósito. La tercera llega desde una radio mal sintonizada, ruido blanco, voz de hombre que entra y se va, publicidad de madrugada, y luego, como si el aparato tosiera y de pronto hablara claro, una frase que no debería existir en ese cuarto:

—Las autoridades continúan las diligencias por la desaparición de S. R… familiares piden…

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Literatura

Berceuse

Yo debía estar en la academia, era la mañana, y el deber me pedía números, fórmulas, preparación para un examen de ingreso. Pero tenía dieciséis años, y a esa edad el deber pesa menos que los deseos, yo prefería la playa, una novela en las manos, el sonido del mar, la sensación de estar fuera del mundo.

Mi ruta hacia esos escapes era la avenida Larco, allí, entre cines y cafés, estaba esa tienda que parecía un templo, su nombre… La Discoteca, sus vitrinas exhibían vinilos y cassettes como tesoros inalcanzables para mi menguada economía. No era un lujo que pudiera darme, hace más de treinta años, la mensualidad que mi padre me entregaba para la academia era apenas suficiente, y sin embargo, aquella mañana decidí que la música valía más que cualquier clase.

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Literatura

No estoy perdido, estoy en tránsito

A las tres y cuarto de la madrugada, Robert descubrió algo incómodo, su mente no sabía dormir cuando su corazón estaba despierto.

El departamento estaba en silencio, ese silencio espeso que solo existe cuando la ciudad finge descansar y uno sabe que no. Sobre la mesa quedaban rastros de agua fría, una libreta abierta y el teléfono boca arriba —como si por ese hecho pudiera vibrar y hacer llegar los mensajes que esperaba.

Robert se miró al espejo del pasillo y se encontró distinto. No más viejo, no más cansado, más consciente. Tenía ese gesto de quien ha comprendido algo y aún no sabe qué hacer con ello.

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Aquel sábado de octubre

Era 1997 y yo tenía diecinueve años, la universidad era un desfile de exámenes, libros contables y tardes desperdiciadas en la biblioteca donde hablábamos de todo menos de números. A veces pienso que nunca fui realmente estudiante de contabilidad, sino un lector extraviado entre columnas de cifras. Mi padre me había regalado un libro de economía ese año —un tomo grueso, de letras diminutas— con la esperanza de que me volviera más “práctico”, lo hojeé un par de veces y luego lo abandoné, como se abandonan los propósitos ajenos. Años después, al recordarlo empolvado en la repisa, comprendí que ese libro representaba exactamente lo que fui entonces, una promesa que nadie esperaba que se cumpliera.

Gabriela iba y venía en mi vida como las estaciones que Lima nunca tuvo, nos queríamos con esa torpeza de los amores jóvenes, donde cada ruptura parecía definitiva y cada regreso, un milagro. Era un tiempo en que aún creía que el amor podía salvarme, aunque no supiera de qué.

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Fronteras

Los demonios de Robert

Robert había aprendido tarde —demasiado tarde, pensaba a veces— que el amor no llega como una epifanía, sino como una certeza que se construye. A poco más de sus cuarenta años, después de relaciones incompletas y afectos que se agotaban por desgaste, conoció a Valentina, y con ella entendió, por primera vez, qué significaba amar de verdad.

No fue inmediato, se amaron durante años, pero los últimos meses habían sido, para Robert, los mejores de toda su vida. Nunca había sido tan feliz en lo cotidiano, un desayuno juntos, las cenas largas, las caminatas después del teatro, las noches de cine, los conciertos de música clásica en los que Valentina cerraba los ojos como si el mundo pudiera detenerse allí y quedaba dormida. Incluso su intimidad —contenida, cuidadosa, casi infantil— tenía una belleza que él no había conocido antes. Había aprendido a desear sin poseer y a esperar sin exigir mucho.

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El arte de dormir en los teatros

Nos unió el azar, y aún me parece insólito pensar que, entre miles de millones de personas en el planeta, dos almas tan dispares terminaran coincidiendo en el mismo punto del tiempo, nos conocimos sin buscarlo, y eso, ya de por sí, fue un privilegio. Nos amamos con la fuerza que da la novedad, con esa convicción inocente de que el amor puede torcer el curso de las cosas. Luego, como todo lo que pertenece a la vida, el sentimiento cambió, se transformó, se desgastó, hubo algo de tragedia; y el paso natural del tiempo cumplió su oficio.

Me acompañaba a los teatros con una lealtad conmovedora, no porque disfrutara de las obras, sino porque le gustaba acompañarme. Dormía en ellos con una gracia casi artística, se durmió en Hamlet, en pleno “ser o no ser”; se durmió durante el segundo movimiento del Concierto para piano n.º 2 de Tchaikovsky, justo cuando la orquesta parecía rozar el infinito; y todavía celebro que resistiera despierta toda la presentación de Yuja Wang, quizá por la pura curiosidad de verla desafiar el piano con prendas tan diminutas.

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Entre dos fronteras

A mi padre, días antes de su partida

La muerte, para muchos, es un visitante inesperado, un ladrón que irrumpe sin previo aviso, arrancando de raíz lo que parecía eterno, para mí no es eso, no la veo como una sombra que acecha ni como una tragedia que se cierne sobre el vivir, para mí la muerte es una certeza serena, una presencia constante que danza a la par del latido, inevitable como el amanecer, tan natural como el ocaso.

Sin embargo, hay momentos en los que su proximidad se siente diferente, más pesada, como si su aliento tibio rozara los días, mi padre, ese hombre que fue y sigue siendo mi norte, el cimiento sobre el que mi familia construyó su mundo, se encuentra en esa frágil línea entre este mundo y el otro, si es que existe realmente como nuestras creencias nos enseñaron. Saber que su partida es inevitable no es una epifanía ni un golpe repentino, es más bien una marea que se eleva lentamente, una ola que he aprendido a observar con el corazón dividido entre el pesar y la gratitud.

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Back to black

La otra historia

Había yo perdido el sueño pasada la medianoche, y lo que podría haber sido una de esas vigilias sin rostro, pobladas de silencios triviales y respiraciones pesadas, se transformó de pronto en un descenso a un abismo inesperado, una voz —esa voz quebrada y sublime— se filtró en mis redes, y en cuestión de segundos me encontré en YouTube, con el pequeño parlante de mi hija Kourtney en las manos, un objeto inocuo que pronto se volvió instrumento de revelación. La voz de Amy Winehouse irrumpió en la soledad de la habitación como una aparición espectral, y la música, en lugar de distraer mi insomnio, lo convirtió en un ritual lacerante.

Ella cantaba Back to Black, y cada estribillo —I died a hundred times— no era una metáfora, sino un acta de defunción escrita con tinta invisible. Mientras la escuchaba, pensé en mis veintisiete años, yo sin trabajo seguro, con mis dos hijos mayores que alimentar, con la pesadez vulgar de un hombre que sólo conocía la derrota callada. Ninguna eternidad me aguardaba, ningún escenario, ningún premio, sólo el cansancio cotidiano, y sin embargo, Amy, a esa misma edad, ya había arrancado su lugar en la memoria del mundo, ya había inscrito su nombre con un fulgor que a mí me era inconcebible. Y comprendí, que esa diferencia no era victoria suya ni derrota mía, sino el precio desmedido de existir de formas distintas, yo condenado a sobrevivir en la penumbra y ella condenada a consumirse en el resplandor.

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Franco

Era un día cualquiera del año 2019, uno de esos días que no prometen grandeza, pero terminan grabándose en la memoria por lo absurdamente cotidianos que resultan. Había ido a visitar a mi papá, y todo marchaba bien hasta que la llanta de la camioneta decidió rendirse. Ahí estaba, pinchada, desinflada, caída en el suelo como un boxeador sin aire, claro, contaba con una llanta de repuesto, pero la verdadera tragedia no era esa, el problema era el gato, ese artefacto mecánico que venía de regalo con la camioneta, un instrumento que, con su nombre engañosamente felino, prometía agilidad, pero entregaba puro sufrimiento.

Ya había lidiado con este artefacto antes en un par de ocasiones que preferiría borrar de mi memoria, sabía que esta vez no sería diferente, ahí estaba yo, parado junto a mi camioneta, contemplando y pensando que tal vez este momento era una metáfora perfecta de mi vida: herramientas insuficientes para resolver problemas inevitables, mientras intentaba descifrar cómo sacar algo útil de ese trozo de metal infame, escuché la voz de Franco: «¡Vecino!»…

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Turismo Emocional

Lima, diciembre 2030

Tengo cincuenta y dos años y la memoria se me ha vuelto una casa con las ventanas abiertas, entra el polvo del pasado, el sol del presente y, de vez en cuando, una ráfaga de futuro que no sé si agradecer o cerrar con un portazo. Es 2030 y sigo viajando dentro de mí como aquel muchacho de veintiuno que cruzaba Lima en un bus cansado, desde Surquillo hasta el centro, mientras un contador gigante, plantado como un oráculo electrónico cerca de Metro de Arona, marcaba los días, las horas y los minutos que faltaban para el año 2000. Yo miraba ese reloj como si fuera la cuenta regresiva de mi propia vida, sin saber que la vida no explota, se filtra.

En diciembre de 1999 yo trabajaba como vendedor en la empresa de mi padre. Ganaba lo suficiente para sentirme adulto y poco como para seguir siéndolo. Era austero, como él, con una disciplina que no se aprende, se hereda. Gastaba poco en comidas, poco en salidas, poco en casi todo, salvo en educación, porque en mi casa el saber era la única forma elegante de gastar dinero. Yo creía que la sobriedad era una virtud, hoy sospecho que también era una coartada.

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