Los demonios de Robert
Robert había aprendido tarde —demasiado tarde, pensaba a veces— que el amor no llega como una epifanía, sino como una certeza que se construye. A poco más de sus cuarenta años, después de relaciones incompletas y afectos que se agotaban por desgaste, conoció a Valentina, y con ella entendió, por primera vez, qué significaba amar de verdad.
No fue inmediato, se amaron durante años, pero los últimos meses habían sido, para Robert, los mejores de toda su vida. Nunca había sido tan feliz en lo cotidiano, un desayuno juntos, las cenas largas, las caminatas después del teatro, las noches de cine, los conciertos de música clásica en los que Valentina cerraba los ojos como si el mundo pudiera detenerse allí y quedaba dormida. Incluso su intimidad —contenida, cuidadosa, casi infantil— tenía una belleza que él no había conocido antes. Había aprendido a desear sin poseer y a esperar sin exigir mucho.
Seguir leyendo →