Literatura

Fronteras

Los demonios de Robert

Robert había aprendido tarde —demasiado tarde, pensaba a veces— que el amor no llega como una epifanía, sino como una certeza que se construye. A poco más de sus cuarenta años, después de relaciones incompletas y afectos que se agotaban por desgaste, conoció a Valentina, y con ella entendió, por primera vez, qué significaba amar de verdad.

No fue inmediato, se amaron durante años, pero los últimos meses habían sido, para Robert, los mejores de toda su vida. Nunca había sido tan feliz en lo cotidiano, un desayuno juntos, las cenas largas, las caminatas después del teatro, las noches de cine, los conciertos de música clásica en los que Valentina cerraba los ojos como si el mundo pudiera detenerse allí y quedaba dormida. Incluso su intimidad —contenida, cuidadosa, casi infantil— tenía una belleza que él no había conocido antes. Había aprendido a desear sin poseer y a esperar sin exigir mucho.

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Literatura

El arte de dormir en los teatros

Nos unió el azar, y aún me parece insólito pensar que, entre miles de millones de personas en el planeta, dos almas tan dispares terminaran coincidiendo en el mismo punto del tiempo, nos conocimos sin buscarlo, y eso, ya de por sí, fue un privilegio. Nos amamos con la fuerza que da la novedad, con esa convicción inocente de que el amor puede torcer el curso de las cosas. Luego, como todo lo que pertenece a la vida, el sentimiento cambió, se transformó, se desgastó, hubo algo de tragedia; y el paso natural del tiempo cumplió su oficio.

Me acompañaba a los teatros con una lealtad conmovedora, no porque disfrutara de las obras, sino porque le gustaba acompañarme. Dormía en ellos con una gracia casi artística, se durmió en Hamlet, en pleno “ser o no ser”; se durmió durante el segundo movimiento del Concierto para piano n.º 2 de Tchaikovsky, justo cuando la orquesta parecía rozar el infinito; y todavía celebro que resistiera despierta toda la presentación de Yuja Wang, quizá por la pura curiosidad de verla desafiar el piano con prendas tan diminutas.

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Literatura

Back to black

La otra historia

Había yo perdido el sueño pasada la medianoche, y lo que podría haber sido una de esas vigilias sin rostro, pobladas de silencios triviales y respiraciones pesadas, se transformó de pronto en un descenso a un abismo inesperado, una voz —esa voz quebrada y sublime— se filtró en mis redes, y en cuestión de segundos me encontré en YouTube, con el pequeño parlante de mi hija Kourtney en las manos, un objeto inocuo que pronto se volvió instrumento de revelación. La voz de Amy Winehouse irrumpió en la soledad de la habitación como una aparición espectral, y la música, en lugar de distraer mi insomnio, lo convirtió en un ritual lacerante.

Ella cantaba Back to Black, y cada estribillo —I died a hundred times— no era una metáfora, sino un acta de defunción escrita con tinta invisible. Mientras la escuchaba, pensé en mis veintisiete años, yo sin trabajo seguro, con mis dos hijos mayores que alimentar, con la pesadez vulgar de un hombre que sólo conocía la derrota callada. Ninguna eternidad me aguardaba, ningún escenario, ningún premio, sólo el cansancio cotidiano, y sin embargo, Amy, a esa misma edad, ya había arrancado su lugar en la memoria del mundo, ya había inscrito su nombre con un fulgor que a mí me era inconcebible. Y comprendí, que esa diferencia no era victoria suya ni derrota mía, sino el precio desmedido de existir de formas distintas, yo condenado a sobrevivir en la penumbra y ella condenada a consumirse en el resplandor.

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Literatura

El álbum invisible

Tales y Talita

Hay días en los que el silencio pesa más que el ruido del mundo, días en los que el tiempo no avanza, solo se queda ahí, detenido en los bordes de una escena que no necesita fotografía para ser eterna, mi hijo al piano, sus dedos firmes y sensibles tocando una pieza, mientras yo lo observo desde el fondo de la sala, sintiendo que algo dentro de mí se quiebra de ternura, o mi hija, cuando era pequeña, dibujando con una precisión que parecía heredada, como si de mí hubiese tomado no solo los gestos, sino también esa necesidad de traducir el mundo en líneas y formas.

Mis hijos mayores fueron mi primer amor real, no el romántico, ni el idealizado, sino el amor que transforma, que sacude, que te hace quedarte despierto cuando ya no hay fuerzas, el amor que te obliga a ser mejor aunque falles. Ellos, sin saberlo, me enseñaron a ser padre, y a veces, cuando la noche cae, me pregunto si alguna vez fui suficiente para ellos.

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Literatura

Franco

Era un día cualquiera del año 2019, uno de esos días que no prometen grandeza, pero terminan grabándose en la memoria por lo absurdamente cotidianos que resultan. Había ido a visitar a mi papá, y todo marchaba bien hasta que la llanta de la camioneta decidió rendirse. Ahí estaba, pinchada, desinflada, caída en el suelo como un boxeador sin aire, claro, contaba con una llanta de repuesto, pero la verdadera tragedia no era esa, el problema era el gato, ese artefacto mecánico que venía de regalo con la camioneta, un instrumento que, con su nombre engañosamente felino, prometía agilidad, pero entregaba puro sufrimiento.

Ya había lidiado con este artefacto antes en un par de ocasiones que preferiría borrar de mi memoria, sabía que esta vez no sería diferente, ahí estaba yo, parado junto a mi camioneta, contemplando y pensando que tal vez este momento era una metáfora perfecta de mi vida: herramientas insuficientes para resolver problemas inevitables, mientras intentaba descifrar cómo sacar algo útil de ese trozo de metal infame, escuché la voz de Franco: «¡Vecino!»…

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Literatura

Turismo Emocional

Lima, diciembre 2030

Tengo cincuenta y dos años y la memoria se me ha vuelto una casa con las ventanas abiertas, entra el polvo del pasado, el sol del presente y, de vez en cuando, una ráfaga de futuro que no sé si agradecer o cerrar con un portazo. Es 2030 y sigo viajando dentro de mí como aquel muchacho de veintiuno que cruzaba Lima en un bus cansado, desde Surquillo hasta el centro, mientras un contador gigante, plantado como un oráculo electrónico cerca de Metro de Arona, marcaba los días, las horas y los minutos que faltaban para el año 2000. Yo miraba ese reloj como si fuera la cuenta regresiva de mi propia vida, sin saber que la vida no explota, se filtra.

En diciembre de 1999 yo trabajaba como vendedor en la empresa de mi padre. Ganaba lo suficiente para sentirme adulto y poco como para seguir siéndolo. Era austero, como él, con una disciplina que no se aprende, se hereda. Gastaba poco en comidas, poco en salidas, poco en casi todo, salvo en educación, porque en mi casa el saber era la única forma elegante de gastar dinero. Yo creía que la sobriedad era una virtud, hoy sospecho que también era una coartada.

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Literatura

Un día como hoy

Apuntes sobre el tiempo y la memoria

Cuando era niño, mi madre me despertaba el día de mi cumpleaños con un regalo. No había sorpresa teatral ni envolturas ostentosas, bastaba su presencia, la certeza de que alguien había pensado en mí durante meses. Ella no trabajaba en oficinas ni conocía horarios de salida; su labor era el hogar, como en esas generaciones antiguas donde el tiempo se medía en cuidados. Imagino —y lo hago con una convicción que no necesita pruebas— que juntaba los vueltos del mercado, esas monedas que mi padre revisaba a diario con celo casi ritual, y que al final del año se convertían en un solo obsequio que valía por cumpleaños y Navidad, era suficiente.

Hoy estoy más cerca de los cincuenta años y mi madre sigue aquí. Este año enviudó, mi padre, aquel hombre firme que sostuvo nuestra casa como se sostiene una idea clara, dejó un vacío que ella aún no logra atravesar. Hoy es mi cumpleaños y ya no hay regalos a primera hora, ni juguetes capaces de inaugurar el día. Iremos al hospital a pedir una cita para su examen médico. Así son las etapas, la celebración se desplaza, cambia de forma, se vuelve silenciosa pero no menos significativa.

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El amor en los tiempos de las flores marchitas

Amalia visitando a Andrea, Vico y mi Zamba

Ayer volví al Camposanto, nunca es igual, y sin embargo siempre es el mismo nudo en la garganta que se desata cuando uno atraviesa esas puertas altas, como si al cruzarlas dejáramos, por un instante, la lógica del mundo de los vivos para entrar a un territorio donde el tiempo es distinto, no se detiene, solo se vuelve blando, como el aire caliente antes de sentir emociones intensas.

Acompañaba a mi madre, visitaba a su hermana, a sus dos mamás —algún día escribiré de ellas—, a esas mujeres con las que compartió la infancia, su juventud, los secretos, los silencios. Había una fila de autos para entrar, como si estuviéramos esperando una función de teatro o el ingreso a una fiesta popular, fueron casi treinta minutos de espera, pero nadie tocaba el claxon, nadie se impacientaba, era un tráfico distinto, silencioso, paciente, casi resignado, como si todos supiéramos que lo que nos esperaba adentro no podía apresurarse, que el dolor —y la memoria— tienen su propio ritmo.

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Literatura

Entre dos fronteras

A mi padre, días antes de su partida

La muerte, para muchos, es un visitante inesperado, un ladrón que irrumpe sin previo aviso, arrancando de raíz lo que parecía eterno, para mí no es eso, no la veo como una sombra que acecha ni como una tragedia que se cierne sobre el vivir, para mí la muerte es una certeza serena, una presencia constante que danza a la par del latido, inevitable como el amanecer, tan natural como el ocaso.

Sin embargo, hay momentos en los que su proximidad se siente diferente, más pesada, como si su aliento tibio rozara los días, mi padre, ese hombre que fue y sigue siendo mi norte, el cimiento sobre el que mi familia construyó su mundo, se encuentra en esa frágil línea entre este mundo y el otro, si es que existe realmente como nuestras creencias nos enseñaron. Saber que su partida es inevitable no es una epifanía ni un golpe repentino, es más bien una marea que se eleva lentamente, una ola que he aprendido a observar con el corazón dividido entre el pesar y la gratitud.

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El precio de la eficiencia

A veces pienso que la vida laboral en la que me he sumergido es como una catedral a medio construir, desde fuera parece majestuosa, sólida, un lugar donde cualquiera querría permanecer, pero dentro no hay más que andamios, polvo y un ruido constante que no deja escuchar nada más. La universidad me prometía progreso, un horizonte claro, y lo que me ha entregado es una sucesión de días interminables donde el trabajo se multiplica como una sombra insaciable, jornadas que van mucho más allá de las que corresponden, porque hay que dejar bien el nombre, porque nos repiten que la eficiencia es virtud, aunque esa palabra… nos esté devorando la vida.

He visto cómo otros ascienden con una facilidad que no obedece del todo al mérito, sino a una cercanía invisible, y yo, con mis indicadores impecables, permanezco en la base de la pirámide, atendiendo reclamaciones que parecen no tener fin, preguntándome en silencio si acaso este es el destino al que debía llegar después de tantos años de estudio, de esfuerzo, de una carrera que en teoría debía abrir puertas y no cerrarlas, al menos de momento.

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