Literatura

Los lugares donde no estuvo

Lima, 19 de marzo 2016

Enrique estaba corrigiendo unos exámenes cuando escuchó:

—¡FUEGOOOOOOOOOOOOO!

Levantó la cabeza.

Durante una fracción de segundo pensó que algo se incendiaba en el edificio.

Luego recordó que tenía abierta, en una de las pestañas del navegador, la transmisión de la iglesia de Valentina.

—Ah —dijo—. El Espíritu Santo.

Bajó el volumen.

Tenía delante un Excel, correos de estudiantes, tres portales de tres universidades, sus escritos, una presentación sobre finanzas y Facebook reproduciendo una ceremonia religiosa que él jamás habría admitido estar siguiendo si alguien entraba en ese momento a la habitación.

No era la primera vez.

Enrique conocía ya los horarios.

Sabía aproximadamente cuándo comenzarían a cantar, cuándo aparecerían los músicos, cuándo algún pastor abandonaría por completo el castellano y empezaría a pronunciar sonidos que, según explicaban, correspondían al don de lenguas.

Aquella noche uno comenzó:

—Shabaradaka… abarakatadama… shandala…

Enrique dejó de escribir.

Esperó.

—No digas abracadabra, por favor —murmuró.

El hombre continuó indemne.

Enrique sonrió.

Había cosas de aquella religión que nunca comprendería. Algunas le resultaban excesivas; otras parecían diseñadas por un director de televisión con problemas de volumen. Durante años había discutido con Valentina sobre eso.

Ella creía.

Él preguntaba.

Ella sentía.

Él analizaba.

Probablemente ésa había sido una de las dificultades básicas de la relación.

Enrique quería que Dios entregara estados financieros auditados.

Valentina podía encontrarlo en una canción.

Y, sin embargo, él habría ido.

Eso era algo que pocas veces había conseguido explicarle correctamente.

No necesitaba creer en el fuego.

Ni en las lenguas.

Ni en la gente cayéndose.

Habría ido por ella.

Se habría sentado atrás.

Habría saludado a los padres.

Habría soportado dos horas de alabanzas.

Tres, si había cena después.

Incluso habría aprendido cuándo levantar las manos para no parecer el único ateo infiltrado en la congregación.

Uno hace cosas inesperadas por amor.

La transmisión cambió de plano.

Apareció Valentina.

A su izquierda estaba Edgar en el teclado, Ismael preparado ya para cantar, Arturo y otros que Enrique conocía sin haberlos conocido realmente.

Ese era otro fenómeno curioso.

Sabía sus nombres.

Sabía quién tocaba qué instrumento y que instrumentos intercambiaban.

Sabía quién viajaba.

Sabía quién aparecía en los congresos.

Sabía incluso quién conduciría.

Pero ellos no sabían siquiera que Enrique existía.

En cambio, estaban ahí.

Siempre estaban ahí.

Edgar al teclado, guitarra o batería.

Ismael a pocos metros cantando, dando alabanzas, pocas veces en el teclado.

Arturo organizando alguna cosa para seguir perteneciendo al círculo.

Otros cargando equipos, conversando, almorzando, esperando un vuelo, subiéndose a un bus, apareciendo detrás de Valentina en fotografías que parecían formar parte de una vida paralela perfectamente organizada.

Una vez, durante un viaje a la selva, Enrique vio una transmisión en la que Ismael estaba tan cerca y atrás de ella que tuvo un pensamiento verdaderamente grosero.

Soltó una lisura, recordó a la madre de Ismael, lo dijo en voz alta.

Después se arrepintió.

No porque hubiese dejado de incomodarle la escena, sino porque sabía que la vulgaridad describía mejor sus celos que lo que realmente estaba ocurriendo.

Valentina, además, parecía no advertir siquiera aquella proximidad.

Eso lo desconcertaba todavía más.

Había personas capaces de detectar una mano a veinte centímetros de su cuerpo.

Valentina podía tener a alguien casi pegado y continuar conversando como si estuviese esperando el Metropolitano.

Enrique jamás supo si aquello era inocencia, costumbre o simplemente una manera distinta de entender las distancias.

En su caso, cualquier mujer que se acercara demasiado era inmediatamente registrada por una oficina imaginaria de cumplimiento normativo.

Continuó trabajando.

—Profesor, ¿podría explicar nuevamente el beta apalancado? —decía un mensaje.

Enrique respondió.

A los pocos minutos volvió a mirar Facebook.

La ceremonia seguía.

Valentina cantaba.

Edgar estaba al teclado.

Enrique observó cómo ella levantaba la vista hacia aquel lado.

Había visto ese movimiento otras veces durante los últimos días.

Primero los ojos.

Después la cabeza.

Una pausa.

Nada extraordinario para cualquier otra persona.

Para él, naturalmente, aquello podía convertirse en una tesis doctoral.

Retrocedió el video.

Lo miró otra vez.

Y otra.

Al cuarto intento se dio cuenta de lo que estaba haciendo.

—Magnífico —dijo—. Doctor en Administración y especialista en movimientos oculares y expresiones fasciales.

Cerró la transmisión.

Treinta segundos después volvió a abrirla.

Nunca había presumido de coherencia.

Había algo en aquella mirada que lo inquietaba.

No necesariamente deseo.

Era peor porque no sabía ponerle nombre.

Le pareció profunda, triste, melancólica.

Después pensó que ésa era exactamente la clase de palabra que utiliza un hombre celoso cuando necesita que una mirada dure más de lo que duró.

También imaginó que podía haber ocurrido algo entre ellos.

Un beso.

Quizá durante el viaje.

Quizá después de alguna actividad.

Dos semanas compartiendo aeropuertos, comidas, música, buses, paseos, reuniones.

La imaginación hizo el resto con admirable eficiencia.

Enrique conocía ese mecanismo.

Había escrito suficiente ficción para saber que una historia puede parecer verdadera únicamente porque está bien construida.

No tenía pruebas.

Eso importaba.

Había aprendido, no sin esfuerzo, que una emoción intensa no convertía una sospecha en hecho.

Edgar podía no haber hecho absolutamente nada.

Valentina tampoco.

El beso podía existir solamente en la cabeza de Enrique.

Pero entonces comprendió algo que volvió innecesaria toda aquella investigación.

Incluso si nunca se habían besado, Edgar estaba allí.

Ismael estaba allí.

Arturo estaba allí.

Siempre estaban allí.

Eso era lo que realmente le dolía.

No los hombres.

El lugar.

Ellos pertenecían naturalmente a aquella parte de la vida de Valentina.

No tenían que solicitar acceso.

No tenían que preguntar cuándo podían verla.

No debían negociar un sábado.

Podían pasar una mañana completa, después almorzar, continuar una reunión, ensayar, viajar y terminar la noche todavía juntos porque todo aquello formaba parte del mismo mundo.

Enrique había querido entrar.

No como creyente.

Como pareja.

Había imaginado algo sencillo.

Llegar con ella.

Sentarse junto a ella.

Que alguien preguntara:

—¿Él es Enrique?

Y que Valentina dijera:

—Sí. Mi pareja.

Nada extraordinario.

Después podría haber soportado incluso otro:

—¡FUEGOOOOOOOOO!

Por amor uno acepta hasta cierta pirotecnia verbal.

Pero nunca ocurrió de esa manera.

En privado, en cambio, habían construido una vida enorme.

En aquella vida que los demás no veían, Valentina también había intentado enseñarle que las 11:11 eran una hora especial.

No aproximadamente especial.

No simbólicamente especial.

Especial de verdad.

Cuando los cuatro unos aparecían alineados en el teléfono, cerraba los ojos, pedía un deseo y, algunas veces, lo publicaba en sus estados, como si hacerlo visible obligara al universo a tomárselo en serio.

Enrique encontraba adorable aquella superstición.

Adorable y absurda, en ese orden.

—Pide algo —le decía ella.

—¿Y si no se cumple?

—Es porque no creíste lo suficiente.

—Magnífico. El sistema nunca pierde.

Valentina se reía y le pedía que dejara de arruinarlo todo con su lógica.

Valentina sabía cómo Enrique dormía.

Sabía cuándo estaba preocupado aunque él dijera que estaba perfectamente bien.

Sabía que podía pasar horas preparando una clase y después olvidar comer.

Había visto sus inseguridades.

Sus celos.

Sus hijos.

Su cansancio.

Su vanidad.

También sabía exactamente qué decirle cuando Enrique empezaba a quejarse de las canas.

—Qué guapo estás, bebé.

Él respondía:

—Canoso dirás.

—Hermoso.

Después ella podía ponerse celosa porque alguna mujer supuestamente le había mirado demasiado.

Enrique se burlaba.

Le encantaba.

No lo habría reconocido entonces, pero le encantaba.

Los celos de Valentina eran una forma bastante primitiva de sentirse importante.

Él tampoco había sido sencillo.

Eso debía reconocerse.

Había interrogado fotografías como si fueran documentos contables.

Había convertido conversaciones en evidencia.

Había preguntado quién tomó una foto, quién escribió primero, quién mandó un sticker, por qué alguien regaló flores, qué quiso decir exactamente una palabra.

En una auditoría habría sido excelente.

Como “pareja” era agotador.

Valentina se lo decía:

—Tú analizas todo.

—No todo.

—Todo.

Tenía razón.

Enrique podía pedir confianza mientras buscaba simultáneamente una confirmación de que confiar era seguro.

No funcionaba así.

La transmisión volvió a llenarse de cantos.

Enrique bajó todavía más el volumen.

Recordó los sábados.

Durante años se había contado que solo quería un sábado por la noche.

Era verdad.

Pero no era toda la verdad.

Quería algo que el sábado representaba.

Espontaneidad.

No tener que pedir permiso al calendario.

Salir tarde.

Comer donde encontraran sitio.

Caminar.

Conversar.

Quizá tomar algo.

Dormir juntos luego de hacerse el amor.

Regresar cuando ambos quisieran regresar.

Una vida común.

Nada cinematográfico.

Lo que le dolía no era que Valentina tuviera iglesia.

Era comprobar que existían lugares donde el tiempo parecía dejar de ser un problema.

Con otros podía durar.

Con él parecía tener horario.

Pero también comprendió, finalmente, que Valentina podía haber vivido aquello de una manera muy distinta.

Tal vez para ella iglesia, familia y pareja no competían.

Él había organizado todo como si existiera una tabla de posiciones.

Primero.

Segundo.

Tercero.

¿Quién gana?

¿Quién ocupa más horas?

¿Quién recibe el sábado?

Valentina quizá nunca pensó así.

Quizá sencillamente vivía dentro de un sistema de afectos y obligaciones que para ella coexistían sin necesidad de eliminarse entre sí.

El problema era que Enrique sí sentía la ausencia.

Y sentirla tampoco lo hacía injusto.

Durante demasiado tiempo ambos habían discutido tratando de demostrar cuál de los dos tenía razón cuando quizá la pregunta correcta era otra:

¿Podían vivir así?

La respuesta había tardado casi cuatro años.

Volvió a la transmisión.

Valentina sonreía con alguien fuera de cámara.

Valentina le hacía luego un pequeño baile y le regalaba una sonrisa coqueta a un guitarrista que él no conocía.

Por primera vez no intentó averiguar quién era.

Había algo casi obsceno en seguir buscando respuestas dentro de una pantalla cuando la relación ya había terminado fuera de ella.

Aun así, no estaba preparado para la indiferencia.

La extrañaba.

Muchísimo.

Extrañaba cosas importantes y también estupideces.

Que lo llamara amorcito.

Que escribiera demasiado rápido y deformara las palabras.

Que pudiera pasar de una discusión seria a preguntarle qué iban a comer.

Que lo alabara cuando él se sentía viejo.

Que se pusiera celosa.

Que dijera que no estaba celosa mientras obviamente estaba celosa.

La ausencia, descubrió, carecía de buen gusto.

Uno termina extrañando hasta aquello que antes lo irritaba.

Miró nuevamente a las personas alrededor de Valentina.

Edgar.

Ismael.

Arturo.

Los otros.

Durante mucho tiempo los había visto como obstáculos.

Ahora empezaba a verlos de otra manera.

Ellos no le habían quitado un lugar.

Simplemente ocupaban uno que ya existía antes que Enrique.

Ese era el mundo de Valentina.

La pregunta era por qué él nunca terminó teniendo uno allí.

No encontró una única respuesta.

Quizá ella tuvo miedo de hacerlo visible.

Quizá la diferencia de edades.

Quizá los padres.

Quizá la historia complicada de Enrique.

Quizá la iglesia.

Quizá él tampoco supo entrar sin intentar reorganizar algunas cosas.

Porque eso también era cierto.

Enrique decía que estaba dispuesto a entrar al mundo de Valentina.

Y lo estaba.

Pero probablemente habría empezado, tarde o temprano, a mover muebles.

Menos sábados.

Más tiempo juntos.

Otros límites.

Otras prioridades.

No por maldad.

Porque compartir una vida significa inevitablemente alterar la vida anterior.

Valentina habría tenido que hacer lo mismo al entrar en la suya.

Había hijos.

Horarios.

Universidades.

Responsabilidades.

Pasados que no desaparecían simplemente porque dos personas estuvieran enamoradas.

Ninguno llegaba vacío.

Quizá ésa había sido la verdadera dificultad.

Habían querido construir una casa usando habitaciones pertenecientes a edificios diferentes.

Durante años funcionó.

Sorprendentemente bien algunas veces.

Hubo felicidad.

Muchísima.

También hubo viajes cortos, muchas cenas, teatros, discusiones ridículas, reconciliaciones aún más ridículas, planes que parecían posibles, noches memorables y mañanas en las que ambos probablemente habrían jurado que aquello duraría para siempre.

Reducirlo ahora a una historia de sufrimiento habría sido una forma de traicionar lo vivido.

Valentina lo había amado.

Enrique no tenía demasiadas dudas sobre eso.

La pregunta nunca había sido únicamente cuánto lo amaba.

Era qué lugar podía darle dentro de la vida que ya tenía.

Y Enrique, por su parte, tampoco había sabido aceptar cualquier lugar.

La transmisión terminó.

La pantalla quedó congelada.

Valentina aparecía detrás de varias personas.

Edgar a un lado.

Ismael más allá.

Arturo fuera del encuadre, probablemente ocupado en alguna cosa.

Enrique observó la imagen.

No sintió odio.

Tampoco esa paz espectacular que los escritores suelen concederle a sus personajes cuando ya necesitan terminar el capítulo.

Sintió hambre.

Miró la hora.

No había cenado.

Eso le pareció apropiadamente humano.

Fue a la cocina.

Mientras calentaba algo pensó que quizá jamás sabría qué había significado aquella mirada hacia Edgar.

Tal vez nada.

Tal vez mucho.

Quizá algún día alguien se lo contaría.

Quizá nunca.

Descubrió que ambas posibilidades empezaban a resultarle soportables.

Eso era nuevo.

Porque finalmente Edgar dejaba de ser el centro de la historia.

La historia era otra.

Era Enrique intentando durante años entrar al mundo de Valentina.

Era Valentina queriéndolo mientras conservaba intactas demasiadas habitaciones de su vida.

Era Enrique queriéndola mientras esperaba que algunas de esas habitaciones cambiaran.

Era ella pidiéndole confianza.

Él pidiendo espacio.

Ella pidiendo tiempo.

Él pidiendo sábados.

Dos personas negociando amor con herramientas que probablemente nunca estuvieron diseñadas para aquella tarea.

Enrique comió de pie.

Pensó entonces que quedarse donde uno no se siente priorizado no lo convierte necesariamente en tonto.

A veces solo significa que quiso.

Que soñó.

Que esperó.

Que creyó durante demasiado tiempo que el amor terminaría resolviendo aquello que por sí solo, nunca había sabido resolver.

Pero también comprendió algo menos cómodo.

El tiempo de quien ama no se ruega.

Se da.

Se busca.

Se comparte.

Sí.

Pero tampoco se exige.

No se obtiene ganando una discusión.

No se demuestra contando horas.

No puede convertirse en una auditoría permanente de quién sacrificó más.

Había tardado años en comprender ambas cosas.

Porque amaba.

No porque fuera ingenuo.

Lavó el plato.

Regresó a trabajar.

La pestaña de Facebook seguía abierta.

La cerró.

No hubo música.

No hubo revelación.

No ocurrió nada extraordinario.

Y quizá por eso fue importante.

Durante años Enrique había esperado que Valentina le abriera definitivamente la puerta de su mundo.

Aquella mañana comprendió que quizá una relación nunca debió consistir en entrar al mundo del otro.

Habían necesitado construir uno nuevo.

Uno donde Valentina pudiera llevar su fe sin esconderla.

Donde Enrique pudiera dudar sin expresarse mal de aquello que para ella era sagrado.

Donde Edgar, Ismael, Arturo y cualquier otro fueran simplemente nombres y no amenazas.

Donde sus hijos, sus padres, las iglesias, las universidades y todos los restos de vidas anteriores pudieran existir sin obligarlos a elegir constantemente entre unos y otros.

Uno donde Enrique no tuviera que ser un secreto.

Uno donde él también hubiese tenido un lugar.

No habían sabido hacerlo.

Eso era todo.

Y era muchísimo.

Enrique abrió nuevamente su presentación.

Tenía una clase a la mañana siguiente.

Corrigió una diapositiva.

Cambió una cifra.

Respondió un mensaje.

La ciudad continuó.

Valentina probablemente seguía con los suyos.

Y él, luego de mucho tiempo, dejó de pensar que alguno de los dos tenía que ser el culpable para que la historia pudiera terminar.

A veces dos personas se aman.

A veces incluso se aman mucho.

Y aun así construyen puertas que no conducen a la misma casa.

Enrique miró el reloj, 11:11 pm, cerró los ojos y pidió un deseo.

Tenía trabajo.

Esta vez no volvió a Facebook.