Literatura

Una edad sin testigos

—Señora, adentro ya no tenemos mesas. Si desea, puedo ubicarla afuera.

Valeria miró a la muchacha del Starbucks. Tendría veinte años, veintidós como mucho, y llevaba esa expresión de cortesía profesional que poseen quienes todavía pueden llamar señora a una mujer de treinta y siete sin sospechar que algún día otra muchacha hará lo mismo con ellas.

—Afuera está bien.

El Starbucks de Las Begonias estaba lleno.

Era viernes y San Isidro acababa de expulsar de sus edificios a centenares de personas convencidas de que merecían un café caro por haber sobrevivido una semana delante de una computadora. Hombres con las mangas recogidas hasta los codos, mujeres que todavía llevaban las credenciales de sus empresas al cuello, jóvenes instalados frente a laptops que parecían estar elaborando planes para dominar el mundo cuando probablemente corregían una presentación que el lunes nadie recordaría.

Valeria salió.

La ubicaron junto al vidrio.

Desde allí podía ver las dos grandes tiendas al otro lado de la avenida.

Había quedado en encontrarse con Martín.

Necesitaban camisas para él.

Zapatillas para Martín Rubén.

Y un televisor.

Esto último era discutible.

El televisor de la casa tenía tres años y funcionaba perfectamente, detalle que Martín consideraba irrelevante porque el modelo nuevo, según había explicado durante el desayuno con una solemnidad reservada normalmente para las crisis nacionales, poseía una tecnología capaz de producir negros más negros.

Valeria no había preguntado qué clase de fracaso civilizatorio impedía que los negros actuales fueran suficientemente negros.

Sacó del bolso su iPhone.

El primero había aparecido cuando ella tenía seis años, demasiado pequeña para imaginar que aquel rectángulo terminaría almacenando buena parte de la existencia de su generación.

Desde la adolescencia había pasado de un iPhone a otro con una fidelidad que jamás habría admitido tener hacia una empresa tecnológica.

En algún momento dejó de contar los modelos.

En ellos había quedado de todo.

Fotos familiares.

Conversaciones de trabajo.

Direcciones.

Cumpleaños.

Viajes.

Restos pequeños de una vida que se mudaba de un aparato al siguiente sin pedir permiso.

El teléfono vibró.

Estoy saliendo. Quince minutos.

Valeria sonrió.

Conocía los quince minutos de Martín.

Llevaban seis años juntos y cuatro casados. Quince minutos significaban veinticinco si conducía, treinta si decía que estaba buscando estacionamiento y una unidad temporal todavía desconocida por la física cuando previamente había escrito ya salgo.

Martín Rubén, de tres años, se había quedado con su abuela Janedt.

Aquello les concedía una tarde extraordinariamente adulta, podían entrar en una tienda sin negociar con un pequeño humano que consideraba una vulneración de sus derechos fundamentales no comprar cualquier juguete situado dentro de su campo visual.

Valeria abrió la carta.

No sabía todavía qué pedir.

Leyó sin interés.

Café.

Frappuccino.

Té.

Entonces lo vio.

Té Hibiscus Teavana Caliente.
Infusión filtrante natural sin endulzantes añadidos.

Permaneció mirando aquellas palabras.

Ocho años.

Y todavía estaba allí.

Pidió un cappuccino.

Después levantó la mirada.

Y vio la mesa.

No era la misma.

Por supuesto que no.

En ocho años habían cambiado los muebles, las lámparas, seguramente la máquina de café y con absoluta certeza los precios.

Pero el lugar era aquel.

Junto al vidrio.

Apenas unos metros más adentro.

La memoria hizo el resto.

Andrés levantó los ojos.

Tenía cincuenta y dos años.

Camisa celeste.

Los lentes ligeramente caídos sobre la nariz.

Delante de él había una taza de líquido rojizo y un pedazo de queque de naranja.

—¿Cómo se llama esto?

Valeria lo miró.

—¿Otra vez?

—Nunca me acuerdo.

—Hibiscus Teavana.

Andrés frunció el ceño.

—Eso no es un nombre. Es una contraseña bancaria.

—Lo tomas todas las semanas.

—Y todas las semanas tú lo pides.

—Porque si dependiera de ti terminarías tomando manzanilla.

—La manzanilla ha sostenido civilizaciones.

—Andrés.

Él levantó la taza.

—Mi té rojo.

—No se llama té rojo.

—Ahora sí.

Valeria había terminado pidiéndolo siempre por él.

Entraban y, antes de que Andrés pudiera enfrentarse nuevamente al misterio lingüístico de Teavana, ella decía:

—Un Hibiscus caliente, sin endulzantes, y un queque de naranja.

Él asentía detrás con la tranquilidad de un hombre que consideraba resuelto para siempre un problema administrativo.

Una vez Valeria se burló.

—Si algún día terminamos vas a tener que aprender a pedir tu propio té.

—Entonces no podemos terminar.

La frase había sido graciosa.

Ocho años después ya no.

Andrés partió el queque.

—Ese departamento es demasiado pequeño.

—Es precioso.

—Es pequeño.

—Es elegante.

—Es pequeño elegantemente.

Valeria tenía veintinueve años y llevaba varios días enseñándole fotografías de un departamento en Surco.

Era pequeño.

Pero lujoso.

Tenía acabados hermosos, una cocina diseñada aparentemente para personas que jamás cocinarían y un vestidor que, según Valeria, justificaba buena parte del precio.

—No necesito una casa grande.

—Yo sí.

—¿Para qué?

Andrés la miró como si la respuesta fuera evidente.

—Seis hijos.

Valeria soltó una carcajada.

—Ni muerta.

—Entonces cinco.

—Uno.

—No sabes negociar.

—Sé perfectamente. Por eso sigo en uno.

Andrés volvió a mirar el precio.

—Por esa plata compramos un terreno en Ate.

—No quiero vivir en Ate.

—Está cerca de mi trabajo.

—Trabajas remoto.

—Relativamente cerca.

—Esa palabra puede significar cualquier cosa en Lima.

—Construimos dos pisos.

—No.

—Piscina.

—No.

—Jardín.

—No.

—Seis dormitorios.

—Menos.

—Cuarto para el piano.

Valeria lo miró.

—¿Qué piano?

—El de los niños.

—¿Qué niños?

—Los seis.

Ella negó con la cabeza.

—Estás completamente loco.

—Pero tendremos patrimonio.

—En Ate.

—Con piscina.

Valeria cerró los ojos.

Solo un instante.

Cuando volvió a abrirlos, Andrés había desaparecido.

En aquella mesa había ahora una pareja compartiendo un pastel mientras ambos miraban sus teléfonos.

Ocho años.

Habían pasado ocho años desde la última vez que lo vio.

Y, sin embargo, recordaba la camisa.

Los lentes.

El té cuyo nombre él jamás había aprendido.

El queque de naranja.

Recordaba incluso los zapatos que llevaba ella aquella tarde porque Andrés había dicho que convertían sus piernas en un argumento bastante sólido contra la monogamia.

La memoria era una administradora miserable: perdía contraseñas, números telefónicos y el lugar donde uno dejaba las llaves, pero conservaba con precisión criminal aquello que habría sido mejor olvidar.

—Disculpa.

Valeria volvió la cabeza.

Una mujer permanecía de pie junto a su mesa.

Unos sesenta años. Cabello corto. Lentes oscuros.

—¿Valeria?

No preguntó.

Afirmó.

Valeria tardó unos segundos.

—Sí.

La mujer sonrió.

—Soy Cecilia. Trabajé con Andrés.

El nombre hizo algo extraño con el aire.

—Ah.

No encontró una palabra mejor.

—Perdona que me acerque. Te reconocí.

—¿A mí?

—Por las fotos.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué fotos?

—Las tuyas.

—¿Andrés tenía fotos mías?

La mujer pareció desconcertada por la pregunta.

—Muchas.

Valeria miró hacia la mesa del interior.

—No sabía.

Cecilia sonrió.

—Hablaba de ti.

Nada más.

Tres palabras.

Después añadió:

—Y de los seis hijos.

Valeria la miró.

Cecilia se rio.

—Así que sí eras tú.

Antes de irse sacó el teléfono.

—¿Me das tu número? Encontré hace algún tiempo una cosa entre unos papeles que quedaron de él. Siempre pensé que quizá algún día sabría a quién pertenecía.

Valeria dudó.

Finalmente se lo dio.

Cecilia guardó el número.

—Fue un gusto conocerte.

Y se marchó.

Eso fue todo.

Pero aquellas tres palabras permanecieron.

Hablaba de ti.

Durante diez años Valeria había conseguido que Andrés no existiera en su mundo.

Nunca se había preguntado cuánto existía ella en el de él.

Lo conoció en 2020.

Valeria tenía diecinueve años.

Andrés cuarenta y dos.

Veintitrés años.

Una diferencia que a los diecinueve parecía casi otro periodo histórico. A los treinta y siete, Valeria podía reconocer algo que entonces no había sabido nombrar: Andrés ya era un hombre hecho cuando ella apenas empezaba a entrar en el mundo adulto. Eso también había formado parte de la historia, aunque durante años ambos prefirieran resumirla en una cifra.

Años después discutirían incluso sobre cuándo había empezado realmente todo.

—Nosotros no llevamos diez años —decía él.

—Claro que sí.

—No.

—Te conocí a los diecinueve.

—Eso no significa que empezáramos a los diecinueve.

—¿Y qué hacíamos?

Andrés pensaba la respuesta.

—Cometer errores.

—Ah.

—Muchos.

—¿Durante tres años?

—Éramos perseverantes.

Para Andrés, la relación había comenzado en 2023.

Valeria tenía veintidós.

Él cuarenta y cinco.

Aquella era su fecha oficial.

Todo lo anterior pertenecía, según él, a una especie de prehistoria sentimental donde las cosas ocurrían sin adquirir todavía categoría jurídica.

Valeria jamás aceptó esa contabilidad.

—Fueron diez años.

—Siete.

—Diez.

—Siete buenos y tres inclasificables.

—Diez.

Andrés terminaba riéndose.

—Está bien. Presenta una reclamación.

Pero para Valeria siempre fueron diez.

Porque la memoria no conocía los criterios de Andrés.

A los diecinueve había empezado a conocer el mundo adulto junto a él.

Pensaba que con Andrés lo había vivido todo por primera vez.

Los primeros restaurantes donde sintió que estaba entrando a una vida que todavía no le correspondía.

Los hoteles.

Los viajes.

Las funciones de teatro.

Las conversaciones que terminaban a medianoche.

Las reconciliaciones.

Las peleas terribles.

Las llamadas que no debía contestar delante de nadie.

La sensación de esperar un mensaje como si de él dependiera el curso del día.

La certeza, propia de los diecinueve años, de que aquello que estaba viviendo no podía repetirse con ninguna otra persona porque todavía no sabía que la vida suele ser menos respetuosa con nuestras certezas de lo que suponemos.

Con Andrés aprendió a distinguir una conversación de una discusión, aunque ambos practicaran con mayor frecuencia la segunda.

Viajó.

Se perdió.

Mintió.

Esperó.

Regresó.

Con él imaginó por primera vez la clase de mujer que podría llegar a ser.

Y también aprendió a ocultar.

Sobre todo eso.

A ocultar.

Porque Andrés era el hombre con quien Valeria había vivido una década que nadie conocía.

Nunca conoció personalmente a Janedt.

Nunca estrechó la mano de su padre.

Nunca se sentó con sus amigas.

Nunca apareció en un cumpleaños.

Nunca celebró una Navidad con su familia.

Nunca tuvo una silla en aquella casa.

Nunca tuvo un lugar en una fotografía familiar.

Valeria conocía, en cambio, algunos rostros del mundo de Andrés.

Había coincidido alguna vez con compañeros de trabajo.

Nombres.

Saludos.

Personas que sabían más o menos quién era ella sin llegar a formar parte de la historia.

Solo hubo uno con quien realmente compartieron.

Sixto.

Trabajaba con Andrés.

Habían salido algunas veces los tres.

Una comida.

Un café.

Alguna conversación larga en la que Andrés y Sixto terminaban hablando de trabajo mientras Valeria los acusaba de haberla invitado únicamente para que alguien pidiera la cuenta.

Sixto sabía.

No todo.

Nadie sabía todo.

Pero lo suficiente.

Era el único ser humano que había visto a Andrés y Valeria juntos y podía recordarlos después como aquello que realmente habían sido.

No amigos.

No compañeros.

No una coincidencia.

Una pareja.

A Valeria nunca le pareció importante entonces.

Muchos años después comprendería que Sixto había sido, durante una década entera, prácticamente su único testigo.

Diez años.

Y ninguna persona del círculo íntimo de Valeria habría podido señalar a Andrés en la calle y decir:

Ese es Andrés.

Toda aquella década cabía, en cambio, dentro de un teléfono.

Primero uno.

Después otro.

Después otro más.

Cambiaban las cámaras, las pantallas, los conectores, las contraseñas.

Andrés permanecía.

Llegué.

Estoy abajo.

Te extraño.

Avísame cuando puedas hablar.

¿Dónde estás?

No me llames ahorita.

¿Starbucks?

Años enteros comprimidos en burbujas de conversación que Valeria borraba, recuperaba, volvía a borrar y alguna vez trasladaba a un teléfono nuevo como quien muda clandestinamente a una persona de una casa a otra.

Había resultado posible llevar a Andrés de un teléfono al siguiente.

Lo que nunca consiguió fue llevarlo hasta la puerta de su casa.

A veces la clandestinidad parecía incluso divertida.

Había códigos.

Horarios.

Restaurantes calculados.

Zonas más seguras que otras.

Encuentros que comenzaban con:

¿Dónde estás?

Y terminaban con:

Avísame cuando llegues.

Pero los juegos solo son juegos cuando uno puede decidir cuándo terminan.

Y Andrés comenzó a cansarse.

Una tarde cometió lo que Valeria consideró una imprudencia y él creyó un gesto romántico.

Pasó cerca de su casa.

Había comprado un libro que ella quería.

Decidió esperarla en una esquina.

Le escribió.

Estoy cerca.

Valeria contestó inmediatamente.

¿Dónde?

Andrés envió la ubicación.

El teléfono sonó.

—¿Qué haces ahí?

Él sonrió.

—También me alegra escucharte.

—Andrés, estoy hablando en serio.

—Yo también.

—Vete.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué pasa?

—No puedes estar ahí.

—Estoy en una esquina.

—Puede verte alguien.

Andrés miró alrededor.

Un hombre paseaba un schnauzer.

Una señora bajaba bolsas de una camioneta.

Un muchacho vendía helados.

—¿Quién?

—No sé. Un vecino. Mi papá, mi mamá, la casa tiene cámaras exteriores.

—Estoy a media cuadra.

—Por favor.

Hubo silencio.

Andrés miró la bolsa que llevaba en la mano.

—Solo quería darte algo.

—Nos vemos mañana.

—Claro.

—No te molestes.

—No estoy molesto.

Ambos sabían que aquella frase significaba exactamente lo contrario.

—Andrés…

—Ya me voy.

Al día siguiente se encontraron en Las Begonias.

Valeria hizo el pedido.

—Un Hibiscus Teavana caliente, sin endulzantes, y un queque de naranja.

Andrés la miró.

—No sé qué voy a hacer si algún día me dejas.

—Aprender el nombre.

—Prefiero morir ignorante.

—Dramático.

—Práctico.

Se sentaron.

Él le entregó el libro.

—Gracias.

—De nada.

—¿Sigues molesto?

—No. Descubrí que soy fotofóbico.

—¿Qué?

—No puedo exponerme a la luz natural cerca de tu domicilio.

Valeria intentó no reír.

Fracasó.

Andrés también.

Y continuaron.

Porque durante años habían desarrollado una habilidad peligrosa, transformar las heridas en chistes antes de que sangraran demasiado.

Con Andrés iban al teatro.

La oscuridad les favorecía.

Durante dos horas podían comportarse como dos personas normales.

Él tomaba su mano.

Valeria apoyaba la cabeza sobre su hombro.

No necesitaban calcular quién podía observarlos.

Hasta que una noche, al salir, encontraron a una amiga de Valeria.

Ella soltó la mano de Andrés.

Fue un reflejo.

Pequeño.

Casi elegante.

Él lo sintió.

—¡Vale!

Besos.

Risas.

Preguntas.

Andrés permaneció unos pasos atrás.

Finalmente la mujer reparó en él.

—¿Y él?

Valeria tuvo dos segundos.

Dos segundos pueden contener una vida entera.

—Un amigo.

Andrés extendió la mano.

—Mucho gusto.

Sonrió.

Incluso hizo una broma.

La amiga se marchó.

Caminaron una cuadra.

—No te molestes —dijo Valeria.

—No estoy molesto.

—Te conozco.

—Acabas de demostrar que no.

—No podía explicarle ahí.

Andrés se detuvo.

—¿Explicarle qué?

Valeria no respondió.

—Eso pensé.

Ella intentó tomarle la mano.

Andrés la apartó.

—No hagas esto.

—Tranquila.

Siguió caminando.

—Mañana se me pasa.

Y se le pasó.

Casi siempre se le pasaba.

Aquello fue tal vez lo peor.

Rompieron tantas veces que el acto de terminar adquirió cierta burocracia.

Andrés llevaba la cuenta.

Valeria no.

—¿Cuántas van?

—No quiero decirte.

—¿Cuántas?

—Once.

—Estás contando discusiones.

—Tengo criterios objetivos.

—A ver.

—Bloqueo en WhatsApp: ruptura.

—Ridículo.

—Devolución de pertenencias: ruptura.

—Eso sí.

—“No quiero volver a verte”: ruptura agravada.

—Lo dije molesta.

—Procederé a actualizar la metodología.

Dos días.

Cuatro.

Una semana.

Después aparecía un mensaje miserable.

¿Ya almorzaste?

O:

Te cuento que acá en el trabajo…

O el peor de todos:

¿Starbucks?

Las Begonias.

La mesa.

Valeria acercándose al mostrador.

—Un Hibiscus Teavana caliente, sin endulzantes, y un queque de naranja.

Andrés detrás.

—Algún día aprenderé a pedirlo.

—No te creo.

—Yo tampoco.

Y recomenzaban.

El departamento en Surco.

El terreno en Ate.

La casa que Andrés seguía construyendo en conversaciones.

Todo estaba después.

El presente siempre era demasiado pequeño.

—Seis —dijo Andrés una noche.

Valeria dejó el tenedor.

—No.

—Todavía no he terminado.

—No necesito que termines.

—Uno por año.

—¿Quién los va a parir?

Andrés fingió pensar.

—Ese detalle operativo todavía no está resuelto.

—Pues resuélvelo.

Andrés la miró ofendido.

—Eres una negociadora miserable.

—Soy la persona que tiene que fabricarlos.

—Eso te concede una ventaja regulatoria injusta.

Estaban en El Polo.

Andrés bebía agua.

No fumaba.

No bebía alcohol.

Valeria encontraba aquello casi decepcionante en un hombre propenso a la tristeza. Los hombres atormentados de las películas siempre parecían disponer de whisky, cigarrillos y lluvia.

Andrés tenía agua mineral y colesterol.

—Y los seis jugarán tenis.

—¿Los seis?

—Todos.

—¿Y piano?

—También.

Andrés lo dijo con una seriedad que hacía imposible saber cuánto había de broma.

Valeria comenzó a reír.

Después él miró hacia otra mesa.

Una familia intentaba cenar mientras dos niños corrían alrededor.

—Quiero eso.

—¿Niños insoportables?

—Una casa llena.

Ella dejó de reír.

Andrés continuó mirando.

—Quiero ruido.

Ocho años después, el teléfono vibró sobre la mesa del Starbucks.

Martín.

Diez minutos.

Valeria observó durante un momento el aparato.

Más de treinta años separaban aquel teléfono del primero que había llevado el nombre de iPhone.

En ese tiempo ella había aprendido a amar, a esconder, a perder, a casarse y a ser madre.

Sin embargo, una parte considerable de la vida humana seguía llegando de la misma manera.

Un nombre.

Una vibración.

Una frase en una pantalla.

Guardó el teléfono.

Pensó en la noche anterior.

Martín Rubén había tardado cuarenta minutos en aceptar sucesivamente que debía bañarse, ponerse pijama, cepillarse los dientes y dormir, cuatro exigencias que aparentemente violaban varios tratados internacionales.

Cuando finalmente cerraron la puerta de su habitación, Martín se dejó caer sobre el sofá.

—Uno está bien.

Valeria lo miró.

—¿Uno qué?

—Hijo.

—Pensé que querías dos.

—Yo también.

—¿Y?

Martín señaló hacia el dormitorio.

—Conocí al primero.

Valeria rio.

—Uno está perfecto.

—Uno —repitió él—. Quiero viajar.

—Yo también.

—Europa.

—Sí.

—Japón.

—También.

—Dormir hasta las diez alguna vez antes de morir.

—Ambicioso.

Martín apoyó la cabeza contra el sofá.

—Quiero que vivamos.

Valeria tomó su mano.

—Yo también.

Era verdad.

Querían viajar.

Comer bien.

Conocer ciudades.

Llevar a Martín Rubén cuando tuviera edad suficiente para recordar.

Dejarlo algunas noches con Janedt y recuperar durante unas horas la extraña identidad de dos adultos que no eran exclusivamente padres.

Uno bastaba.

Uno era perfecto.

Y, sin embargo, mientras Martín hablaba de hoteles y vuelos, seis niños inexistentes atravesaron por algún rincón de la memoria de Valeria con raquetas de tenis.

Detrás venía un piano.

Martín había tocado el timbre.

Eso fue lo que Valeria recordaba de cuando lo conoció seis años atrás.

No la primera cena.

No el primer beso.

El timbre.

Era apenas la tercera o cuarta vez que salían.

Martín pasó a recogerla.

Valeria supuso que aguardaría en el automóvil.

No lo hizo.

Caminó hasta la puerta.

Tocó.

Janedt abrió.

—Buenas noches, señora. Soy Martín.

—Ah, tú eres Martín.

Ya conocía su nombre.

—Pasa, hijito.

Hijito.

Siete segundos.

Quizá ocho.

Andrés había esperado diez años y jamás llegó a estrecharle la mano.

Martín necesitó ocho segundos para convertirse en hijito.

Cuando Valeria bajó encontró a Janedt preguntándole si quería comer.

Su padre apareció.

—¿Tú eres Martín?

—Sí, señor.

Se estrecharon las manos.

Media hora después hablaban de fútbol.

Valeria permaneció unos segundos al pie de la escalera.

No pensó conscientemente en Andrés.

Pensó en una esquina.

En un libro dentro de una bolsa.

¿Qué haces aquí?

Vete.

Martín levantó la mirada.

—¿Vamos?

—Sí.

Janedt sonrió.

—Regresen temprano.

Así de fácil.

Durante años Valeria había pensado que el amor verdadero necesariamente debía vencer obstáculos.

Con Martín descubrió algo bastante menos cinematográfico.

A veces el amor encontraba la puerta abierta.

La última vez que vio a Andrés fue en El Polo.

Valeria tenía veintinueve.

Él cincuenta y dos.

Ella había abierto en el teléfono el anuncio de otro departamento.

—Mira.

Andrés miró.

—Bonito.

—Precioso.

—Pequeño.

—Otra vez.

—Por ese dinero compramos un terreno en Ate.

—Otra vez con Ate.

—Dos pisos.

Valeria sonrió.

—Sigues con el proyecto estratégico.

—Siempre.

—Podríamos verlo el sábado.

Andrés dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Para inversión?

—Podría ser.

—¿O para nosotros?

Valeria tardó.

—Algún día.

Andrés asintió.

—¿Cuándo es algún día?

—No sé.

—¿El próximo año?

—Puede ser.

—¿En dos?

—Andrés.

—Necesito una aproximación.

—No empieces.

Él permaneció inmóvil.

Después sonrió.

Pero no había humor.

—Esa frase debería ir en mi lápida.

—No seas dramático.

—“Aquí yace Andrés. No empezó.”

—Te faltan dieciocho años.

—¿Para qué?

—Para tu famoso infarto de los setenta.

Andrés recordó.

—Cierto.

Desde hacía años bromeaba con aquello.

Morir de un infarto a los setenta.

Rápido.

Sin hospitalizaciones interminables.

Sin convertirse en una carga.

—A los setenta está bien —había dicho una vez—. Para entonces ya habré causado suficiente daño.

—Tendrás hijos.

—Los suficientes.

—Uno.

—No arruines mi muerte con tus políticas de austeridad.

Aquella tarde en El Polo, sin embargo, no rio.

—Todavía tengo tiempo —dijo.

Después miró a Valeria.

—¿Cuánto llevamos?

Ella sabía que la pregunta no era inocente.

—Diez años.

Andrés negó.

—Siete.

—Otra vez con eso.

—A los diecinueve no éramos pareja.

—Para ti.

—Para ninguno.

—No decidas por mí.

Andrés permaneció callado.

—Yo tenía diecinueve años —dijo ella—. Todo lo que viví contigo cuenta.

Él bajó los ojos.

—No digo que no cuente.

—Entonces fueron diez.

—Fueron diez años en los que durante los primeros tres ni siquiera sabíamos qué demonios estábamos haciendo.

—¿Y después sí?

Andrés sonrió.

Esa vez ella también.

Fue la última vez que rieron juntos.

—Vale —dijo él—, precisamente de eso estoy hablando.

Dejó los cubiertos.

—Han pasado diez años según tú. Siete según mi contabilidad miserable. Da igual.

Miró hacia otra mesa.

Una familia.

Un niño comiendo helado.

Un hombre revisando el celular.

Una mujer intentando limpiar algo de la camisa de su esposo.

Nada extraordinario.

Precisamente por eso Andrés no podía dejar de mirarlos.

—No tenemos vida.

—Claro que tenemos.

—¿Dónde?

—Entre nosotros.

Andrés guardó silencio.

—Ya no me alcanza.

Valeria conocía aquello.

La ruptura.

Otra vez.

—Mañana te vas a arrepentir.

—Sí.

—Entonces no lo hagas.

—Ese es el problema.

—¿Cuál?

—Siempre me arrepiento.

—¿De terminar?

Andrés negó.

—De volver.

Valeria retiró la mano.

—Qué bonito.

—No porque deje de quererte.

—Claro.

—Cada vez que regreso acepto nuevamente las mismas condiciones.

—Yo jamás te obligué.

—Lo sé.

—Entonces no me culpes.

—No te estoy culpando.

—Parece.

—Me estoy culpando a mí.

Valeria tomó la cartera.

—No quiero hablar de esto.

—Nunca quieres hablar de esto.

—Hoy no.

Andrés sonrió apenas.

—Nunca es hoy.

Valeria se detuvo.

—Tu familia después. Tus amigas después. El departamento después. Vivir juntos después. Dormir contigo sin mirar la hora después. Los hijos después.

—Sabías que era complicado.

—Creí que complicado significaba difícil.

La miró.

—No imposible.

Valeria sintió lágrimas.

—¿Qué quieres que haga?

Andrés tardó en responder.

—Nada.

—¿Nada?

—Ya entendí.

Tomó el teléfono.

Volvió a mirar el departamento.

—Que el sábado tampoco va a llegar.

—Podemos verlo el siguiente.

Andrés sonrió.

—No hablo del departamento.

El camarero apareció.

—¿Desean algún postre?

Ambos lo miraron.

Andrés comenzó a reír.

Valeria también.

Diez años terminándose y un muchacho quería saber si preferían cheesecake o tiramisú.

—No, gracias —dijo Andrés.

El camarero se marchó.

Él secó una lágrima de Valeria con el pulgar.

—Mala señal.

—¿Qué?

—Una ruptura sin postre está condenada al fracaso.

Valeria rio.

—Idiota.

—Sí.

Le besó la mano.

—Pero esta vez no voy a volver.

No volvió.

Tres días.

Una semana.

Dos.

Un mes.

Valeria esperó.

¿Starbucks?

Nada.

Esperó incluso un mensaje absurdo.

¿Ya almorzaste?

Nada.

Pensó en escribirle.

No lo hizo.

Orgullo.

Miedo.

Dignidad.

Existen palabras nobles para casi todas las cobardías si uno dispone de suficiente tiempo para elegirlas.

La vida continuó.

Aquello fue quizá lo más ofensivo.

Después de diez años, la vida continuó.

Valeria cumplió treinta.

Trabajó.

Salió.

Aprendió a llegar a reuniones sin tener que calcular qué historia contar después.

Por primera vez desde los diecinueve años estuvo verdaderamente sola.

Y descubrió algo que nadie le había explicado,

cuando una persona ocupa toda tu juventud, su ausencia no deja únicamente un espacio.

Deja una edad completa sin testigos.

Valeria tenía treinta y un años cuando conoció a Martín.

La relación avanzó con una facilidad que al principio le resultó sospechosa.

Martín llamaba cuando quería llamarla.

Iba por ella.

Entraba a su casa.

Hablaba con Janedt.

Veía fútbol con su padre.

No había claves.

No había zonas prohibidas.

No había que revisar antes quién podía estar cerca.

Era extraño descubrir que el amor podía consumir tan poca energía administrativa.

Una tarde, pocos meses después de empezar a salir, Martín estaba en casa de los padres de Valeria.

Su padre y él miraban un partido en la sala.

Ya habían desarrollado esa intimidad masculina que permite a dos hombres que apenas se conocen indignarse juntos contra un árbitro con absoluta sinceridad.

Janedt preparaba el lonche en la cocina.

Había pan.

Café.

Algo caliente en el horno.

La hermana menor de Valeria también estaba de visita con su esposo.

Se había casado antes que ella.

Aquello había producido durante años algunos comentarios familiares más o menos inocentes que Valeria soportaba con la elegancia de quien fantasea brevemente con incendiar reuniones enteras.

El teléfono sonó.

Un nombre que no veía desde hacía tiempo apareció en la pantalla.

Sixto.

Valeria sintió algo antes de responder.

No miedo.

Algo más antiguo.

—¿Aló?

—Vale.

La voz de Sixto estaba extraña.

—Hola, Sixto.

Hubo una pausa.

Demasiado larga.

—¿Puedes hablar?

Valeria miró hacia la sala.

Su padre protestaba por una jugada.

Martín respondió algo.

Su hermana se rio.

Desde la cocina llegó la voz de Janedt preguntando quién quería café.

—Sí —dijo Valeria—. Dime.

Sixto respiró.

—No sabía si llamarte.

El mundo se redujo a esa frase.

—¿Qué pasó?

Otra pausa.

—Andrés murió.

Valeria no comprendió inmediatamente.

Las palabras estaban en castellano.

Conocía todas.

Pero juntas carecían de sentido.

—¿Qué?

—Esta mañana.

—No.

Fue lo único que dijo.

Sixto permaneció en silencio.

—No —repitió ella.

—Vale…

—¿Qué pasó?

—Un infarto.

Entonces ocurrió algo que Valeria recordaría siempre con vergüenza.

Se rio.

Una sola vez.

Un sonido pequeño.

Involuntario.

Casi un sobresalto.

Sixto no dijo nada.

Valeria se llevó una mano a la boca.

A los setenta quiero morirme de un infarto.

—¿Cuántos…?

No pudo terminar.

Sixto entendió.

—Cincuenta y cuatro.

Cincuenta y cuatro.

Le faltaban dieciséis.

Andrés, que había pasado buena parte de su vida construyendo escenarios, calculando inversiones y proyectando futuros, había cometido el único error de cálculo que nunca tendría oportunidad de corregir.

—¿Fue rápido? —preguntó.

—Sí.

Valeria cerró los ojos.

Aquello también lo había pedido.

Rápido. Sin molestar a nadie.

—Pensé que debías saberlo —dijo Sixto.

Y allí estaba la razón de la llamada.

Sixto.

El único.

El único hombre que durante diez años había compartido alguna mesa con ellos sabiendo quién era cada uno para el otro.

El único que podía llamar a Valeria sin tener que explicar por qué Andrés debía importarle.

—Gracias —dijo.

La palabra resultó monstruosamente pequeña.

—Lo siento mucho, Vale.

Colgó.

Durante unos segundos permaneció de pie en el pasillo.

Desde la sala llegó un grito.

Gol.

O casi gol.

Su padre protestó.

Martín se rio.

Janedt volvió a preguntar quién quería café.

La hermana de Valeria dijo algo a su esposo.

Una cucharita golpeó una taza.

Valeria caminó hacia el baño.

Cerró la puerta.

Puso el seguro.

Y solo entonces lloró.

No de forma elegante.

No como lloran las personas en las películas, con una lágrima que atraviesa lentamente una mejilla perfectamente iluminada.

Se cubrió la boca para no hacer ruido.

Se inclinó sobre el lavatorio.

Lloró por Andrés.

Por el hombre de cuarenta y dos años que había conocido cuando ella tenía diecinueve.

Por el de cuarenta y cinco que insistía en que recién entonces habían empezado.

Por el de cincuenta y dos que todavía imaginaba una casa llena de ruido.

Por el idiota incapaz de recordar el nombre de su propio té.

Por diez años.

Siete, habría protestado él.

Diez.

Lloró hasta que escuchó una carcajada al otro lado de la puerta.

Martín.

Su padre.

Después la voz de Janedt:

—¡Valeria! ¿Vas a tomar lonche?

Valeria levantó la cabeza.

Se miró en el espejo.

Tenía los ojos rojos.

Y entonces comprendió algo particularmente cruel.

Afuera estaba su nueva vida.

No en sentido figurado.

Literalmente afuera.

A pocos metros.

Su enamorado estaba sentado con su padre mirando fútbol.

Su madre preparaba el lonche para todos.

Su hermana menor, aquella que se había casado antes que ella, conversaba con su esposo.

Había tazas sobre la mesa.

Pan.

Televisión.

Risas.

Una familia.

Una puerta que Martín había atravesado sin saber siquiera que para otro hombre aquella puerta había sido una frontera durante diez años.

Y dentro del baño estaba Andrés.

O lo que quedaba de él.

Valeria entendió en ese instante el precio final de la clandestinidad.

No bastaba con esconder el amor.

Había que esconder también la muerte.

Nadie podía entrar a buscarla y decir:

Sé por quién estás llorando.

Janedt nunca había conocido a Andrés.

Su padre tampoco.

Su hermana ni siquiera habría reconocido su nombre.

Martín ignoraba que había existido.

Solo Sixto sabía qué acababa de perder.

Valeria abrió el caño.

Se lavó la cara.

Esperó.

Respiró varias veces.

Se miró nuevamente.

—¿Vale? —llamó Janedt desde afuera.

—Ya voy.

Secó el lavatorio.

Abrió la puerta.

Regresó.

Martín estaba sentado junto a su padre.

Al verla sonrió.

—Ven. Tu papá dice que fue penal. Dile que está loco.

Valeria lo miró.

Después miró a su padre.

A Janedt entrando con una bandeja.

A su hermana.

Al esposo de su hermana.

Todo aquello estaba vivo.

Todo aquello estaba ocurriendo.

Se sentó junto a Martín.

—¿Todo bien? —preguntó él.

Valeria sostuvo su mirada apenas un segundo.

Podía contarle.

No lo hizo.

Todavía no.

—Sí.

Martín volvió al partido.

Janedt le sirvió café.

Su hermana tomó un pedazo de pan.

Y la tarde continuó.

Como continúan las tardes cuando alguien muere en una casa que jamás supo que debía guardar luto.

Seis años después, en el Starbucks de Las Begonias, el recuerdo de aquella llamada había perdido algunos bordes.

No todos.

Nunca todos.

Martín llegó a las seis y nueve.

Treinta y nueve minutos tarde.

Récord mediocre.

—Perdóname.

Besó a Valeria en la frente.

—El tráfico está imposible.

Se sentó frente a ella.

Exactamente donde Andrés solía sentarse.

—¿Hace cuánto estás?

—Un rato.

Martín sacó su teléfono.

—Mira lo que mandó tu mamá.

Era Martín Rubén.

Sentado frente al pequeño teclado que Janedt le había comprado por su cumpleaños.

Golpeaba las teclas con ambas manos y tenía la boca abierta en una expresión de concentración feroz.

Debajo, un mensaje: Tu hijo cree que es músico.

Martín rio.

—Parece pianista.

Valeria miró la fotografía.

Los seis tocarán extraordinariamente.

—Extraordinario —dijo.

Martín levantó una ceja.

—Eso es optimismo maternal.

El teléfono de Valeria vibró sobre la mesa.

Un mensaje.

Cecilia.

Solo había una fotografía.

Una hoja vieja.

La proyección financiera.

La que Valeria y Andrés habían hecho muchos años atrás.

Arriba todavía estaban las cifras.

Ingresos.

Ahorros.

Propiedades.

Pero Andrés había escrito cosas en los márgenes.

Terreno.

Dos pisos.

Piscina.

Más abajo:

Piano.

Y finalmente:

6. NO NEGOCIABLE.

Valeria sonrió.

Debajo de la fotografía Cecilia había escrito:

Pensé que debías tenerla.

Nada más.

No respondió.

No hacía falta.

Durante un instante, la pantalla sostuvo una hoja fotografiada probablemente con otro teléfono muchos años atrás.

Valeria pensó en todos los teléfonos que habían existido entre ambos momentos.

Todos aquellos aparatos que habían envejecido, quedado obsoletos y desaparecido.

Y en la extraña persistencia de ciertas cosas que viajaban de uno al siguiente sin hacerse viejas.

Una fotografía.

Una conversación.

Un nombre.

Una persona.

Martín guardó su teléfono.

—Definitivamente uno está bien.

Valeria lo miró.

—Ayer dijiste lo mismo.

—Y hoy tengo más evidencia.

—¿Ni una hermanita?

Martín adoptó una expresión de alarma.

—No hagas bromas con cosas serias.

Ella rio.

—Uno.

—Uno. Y a viajar.

—A viajar.

—Antes de que cumpla dieciocho y descubra que somos insoportables.

Valeria sonrió.

Seis niños inexistentes atravesaron su imaginación.

Una casa en Ate llena de ruido.

Y luego miró la fotografía de Martín Rubén.

Uno.

Solo uno.

Suficiente.

No sintió que una vida hubiese sido mejor que la otra.

Eran simplemente dos futuros que alguna vez habían competido por existir.

Solo uno lo había conseguido.

—¿Vamos? —preguntó Martín.

—Vamos.

—¿Ripley o Falabella?

—Falabella.

—Y después vemos el televisor.

—No.

—Vale.

—El nuestro funciona perfectamente.

—Este tiene mejor resolución.

Valeria lo miró.

—¿Negros más negros?

Martín sonrió satisfecho.

—Exactamente.

Valeria comenzó a reír.

—¿Qué?

—Nada.

—Siempre dices nada cuando evidentemente pasa algo.

Valeria bloqueó la pantalla del teléfono.

Durante un instante volvió a verse seis años atrás, encerrada en aquel baño, diciendo exactamente lo mismo.

Sí. Todo bien.

Pudo volver a hacerlo.

Había tenido diez años de práctica.

Pero esta vez no quiso.

—Me acordé de alguien.

Martín esperó.

—De alguien que fue muy importante para mí.

—Está bien.

—Estuve muchos años con él.

Martín no interrumpió.

—Murió el mismo año que te conocí.

Algo cambió apenas en la expresión de Martín.

No celos.

Comprensión.

O el comienzo de ella.

—¿Fue cuando…? —preguntó.

Valeria supo a qué se refería.

Aquella tarde.

La casa de sus padres.

El partido.

El baño.

—Sí.

Martín permaneció unos segundos en silencio.

—Nunca me dijiste.

—No sabía cómo.

Él asintió.

No preguntó cuánto lo había querido.

No preguntó por qué lo había escondido.

No preguntó si todavía pensaba en él.

Solo tomó su mano.

Valeria comprendió entonces que quizá parte de la bondad adulta consistía precisamente en reconocer qué preguntas uno tenía derecho a hacer.

Salieron.

La tarde empezaba a oscurecer.

Esperaron el semáforo.

Al otro lado estaban las tiendas, las camisas, las zapatillas de Martín Rubén y el televisor innecesario.

Antes de cruzar, Valeria volvió la cabeza.

El Starbucks estaba lleno.

Desde la calle ya no distinguía aquella mesa.

Entonces recordó la esquina.

Andrés con un libro dentro de una bolsa.

¿Qué haces aquí?

Vete.

Recordó también a Martín tocando el timbre.

Janedt abriendo.

Pasa, hijito.

Durante años había pensado que la diferencia entre ambos hombres eran veintitrés años.

Ahora comprendía que no.

Las verdaderas fronteras nunca estuvieron en los calendarios.

Estaban en las puertas.

En quién podía tocarlas.

En quién podía cruzarlas.

En quién debía permanecer afuera.

Andrés había esperado diez años frente a una puerta que nunca se abrió.

Siete, habría protestado él.

Valeria sonrió.

Diez.

El semáforo cambió.

—Vamos —dijo Martín.

La tomó de la mano.

A mitad de Las Begonias el teléfono volvió a vibrar dentro del bolso.

Valeria lo sacó.

Otra fotografía de Martín Rubén.

—¿Qué pasa? —preguntó Martín.

—Nada.

Esta vez era verdad.

Guardó el teléfono.

Porque la memoria podía hacer cosas extraordinarias. Podía regresar a una esquina, abrir una puerta, sentar a Andrés junto a su padre frente a un partido de fútbol y llenar de ruido una casa que nunca existió. Podía incluso regalarle los dieciséis años que su corazón le había quitado. Lo único que no podía hacer era cambiar lo ocurrido.

Martín apretó su mano.

Siguieron caminando.

Ocho años atrás, Andrés había creído que todavía quedaban muchos sábados.

Valeria también.

Quizá aquel había sido el error.

No la edad.

No Janedt.

No la familia.

Ni siquiera el miedo.

Haber creído que el tiempo, porque todavía estaba delante de ellos, les pertenecía.

Andrés había pedido llegar a los setenta. La vida le concedió cincuenta y cuatro. Nada había sucedido como lo imaginaron.

Y, sin embargo, mientras cruzaba Las Begonias tomada de la mano del hombre con quien sí había podido construir una vida, Valeria comprendió que quizá esa era la única forma honesta de mirar el pasado,

sin corregirlo.

Sin convertirlo en destino.

Sin fingir que aquello que no ocurrió habría sido necesariamente mejor.

Del otro lado de la avenida estaban las luces de las tiendas.

Martín Rubén.

Los viajes que todavía podían hacer.

El televisor que no necesitaban.

La vida que sí había ocurrido.

Valeria siguió hacia ella.

No volvió la cabeza.

Pero antes de llegar a la otra vereda pensó, por última vez aquella tarde, en una taza rojiza y en un hombre incapaz de recordar su nombre.

Y sonrió.