Literatura

La estación de los cuerpos prestados

Huancavelica, 1998

Tenía veinte años y aún no sabía que existen épocas de la vida que uno atraviesa creyendo que son apenas un paréntesis y que, muchos años después, terminan revelándose como capítulos enteros, territorios a los que volvemos cuando la memoria se cansa del presente y empieza a caminar hacia atrás, tanteando entre los escombros en busca de aquello que alguna vez fuimos.

En 1998 yo no pensaba así.

A los veinte años uno piensa poco en el pasado porque todavía no tiene suficiente, y casi nada en el futuro porque lo considera una propiedad garantizada.

Yo necesitaba dinero.

Esa era toda mi filosofía.

Mi familia atravesaba una época difícil y estudiar en Lima costaba más de lo que nuestra economía podía soportar sin heridas. La universidad no preguntaba si uno tenía problemas familiares, si el dinero alcanzaba, si los padres estaban cansados o si detrás de cada mensualidad existía una pequeña tragedia doméstica. Las universidades tienen esa elegante indiferencia de los bancos, llega el vencimiento y alguien debe pagar.

Así que acepté un trabajo para un organismo gubernamental que desarrollaba actividades en provincias.

Huancavelica.

Antes debía llegar a Ayacucho.

Nunca había estado allí.

Recuerdo el viaje como se recuerdan ciertos sueños antiguos, ventanas empañadas, carreteras interminables, montañas que parecían levantarse únicamente para recordarle al muchacho de la costa lo insignificante que era.

Lima comenzó a quedarse atrás.

Con ella quedaron mi universidad, mi familia, mi enamorada, mis amigos y aquella versión relativamente predecible de mí mismo.

No sabía entonces que también estaba dejando atrás cierta inocencia.

Llegué a Ayacucho con una maleta modesta, algunos libros y esa absurda confianza que tienen los jóvenes cuando todavía creen que la inteligencia puede protegerlos de la vida.

La casa donde vivíamos los trabajadores del organismo parecía una instalación militar improvisada por alguien sin presupuesto.

Éramos muchos.

Demasiados.

Dormíamos en catres de fierro, algunos en camas de madera que crujían como si protestaran por cada cuerpo nuevo. Las habitaciones estaban llenas de ropa colgada, zapatos, mochilas, papeles, olor a hombres jóvenes y viejos, sudor, jabón barato y comidas que aparecían a horas distintas.

La privacidad era un lujo.

La dignidad, a veces, también.

Por las noches alguien encendía el televisor.

Y entonces aparecía Magaly.

Nunca comprendí el entusiasmo.

Todos parecían esperar con una ansiedad casi religiosa el siguiente ampay: vedettes, futbolistas, bataclanas de aquella época, romances clandestinos, entradas furtivas a hoteles, hombres casados entrando donde no debían y mujeres saliendo cubriéndose el rostro frente a cámaras que parecían disfrutar la humillación ajena.

Yo miraba aquello con una mezcla de aburrimiento y desprecio juvenil.

—Qué programa tan deprimente —decía.

Se burlaban.

Yo regresaba a algún libro.

La ironía, naturalmente, consiste en que mientras juzgaba desde mi catre las infidelidades televisadas de desconocidos, la vida ya preparaba para mí una historia que jamás habría querido ver transmitida en una pantalla.

La vi por primera vez una mañana en la oficina de Ayacucho.

Entró con un currículum en la mano.

No recuerdo su ropa.

No recuerdo qué dijo.

No recuerdo siquiera si cruzamos una palabra.

Recuerdo su cuerpo.

Nada más.

Decir otra cosa sería falsificar al muchacho que fui.

Mis ojos de veinte años hicieron lo que suelen hacer los ojos de veinte años, recorrieron primero lo evidente y dejaron el alma para después.

No me pareció bonita.

Esto puede sonar cruel ahora, pero así fue.

Tenía una figura extraordinaria, de esas que obligan al hombre joven a perder momentáneamente toda pretensión filosófica.

La observé dejar sus documentos.

Luego se fue.

No pensé que volvería a verla.

Volvió.

La contrataron.

Era ayacuchana y tenía aproximadamente mi edad, quizá un año más. Con el tiempo comenzamos a trabajar juntos y descubrí algo que aquel primer día mis ojos no habían sabido ver, poseía una mezcla de carácter y ternura que hacía difícil permanecer indiferente demasiado tiempo.

La llamábamos Nina Mutal.

Nunca he logrado recordar con precisión cómo nació aquel sobrenombre ni quién lo dijo primero. En los grupos ocurre eso, ciertas palabras aparecen una tarde cualquiera y terminan sustituyendo para siempre el nombre verdadero de una persona.

Ella tenía pareja.

Vivían juntos.

Yo también tenía una relación en Lima.

Aquello, al comienzo, bastaba para establecer una frontera.

Nos tratábamos con respeto.

Trabajábamos.

Conversábamos.

Reíamos.

Nada más.

Éramos un grupo magnífico, de esos que solo existen cuando varias personas jóvenes son arrojadas lejos de sus casas y terminan formando, por necesidad, una familia provisional.

Estaba Tito.

El buen Tito.

Se acercaba a los treinta años, edad que para nosotros entonces parecía una forma incipiente de vejez, y se había enamorado perdidamente de una muchacha churcampina de apenas dieciocho.

Ella no se le entregaba.

Tito padecía aquella resistencia con la desesperación de un toro encerrado detrás de una cerca demasiado baja para justificar su impotencia.

—Me va a volver loco esa mujer —decía.

Y nosotros nos reíamos.

Era una pasión cómica, quizá porque todavía creíamos que el deseo era una tragedia únicamente cuando le sucedía a uno mismo.

También estaba Miguel.

La primera vez que lo conocí me cayó mal.

Me pareció vulgar, intimidante, ruidoso, tenía canas, era grueso y bajo de estatura, quizá ya cerca a los cincuenta.

Había hombres que entraban en una habitación pidiendo permiso y hombres como Miguel, que parecían entrar tomando posesión de ella, saludaba a todos: “¡Chunchos del Perú y balnearios!”, y eso significaba el inicio de la jornada laboral.

Era limeño, casado con una ayacuchana. En Lima había hecho taxi y en Ayacucho también tenía aquella profesión, cuando apareció la oportunidad de aquel trabajo, no dudó. Los ingresos eran seguros y a cierta edad uno aprende que la estabilidad puede ser más seductora que cualquier aventura.

Le gustaba fastidiar a una muchacha ayacuchana muy blanca, casi gringa, de ojos azules.

—Si no tuviera ese dejo… —decía.

Y luego la molestaba con insinuaciones y bromas que hoy probablemente provocarían una reunión urgente de Recursos Humanos.

Pero nunca pasó nada.

Miguel podía ser jodido, obsceno, insoportable, podía bromear durante media hora sobre una mujer y, sin embargo, cuando llegaba el momento real de cruzar una frontera, algo dentro de él se detenía.

Respetaba a su esposa.

Eso, en aquel ambiente, no era poca cosa.

Conocí hombres que cada vez que cobrábamos desaparecían hacia prostíbulos con la misma puntualidad con que otros acudían a misa.

Miguel podía reírse con ellos.

Podía acompañarlos hasta una esquina.

Pero regresaba.

Años después comprendería que la integridad rara vez se parece a un discurso.

A veces se parece simplemente a un hombre vulgar que sabe cuándo detenerse.

Terminó siendo una especie de hermano mayor para mí.

Quizá incluso algo parecido a un padre durante aquellos meses.

Pero entonces yo todavía estaba demasiado ocupado viviendo como para entender lo que cada persona significaba.

Nuestra zona de trabajo nos llevaba constantemente fuera de Ayacucho, a Huancavelica.

Carreteras difíciles.

Anexos.

Pueblos pequeños.

San Miguel de Mayocc, Churkampa.

Lugares donde las montañas parecían haber cerrado el mundo alrededor de nosotros y el tiempo tenía otra velocidad.

Íbamos de un sitio a otro cumpliendo nuestras labores, preguntando, registrando, conversando con personas que vivían en comunidades donde Lima parecía menos una ciudad que una noticia lejana.

Viajé mucho con Nina.

No recuerdo cuándo nos hicimos íntimos.

Y esa falta de precisión todavía me desconcierta.

Hay amores cuyo comienzo posee fecha, hora, restaurante y canción.

El nuestro no.

Simplemente un día descubrimos que ya estábamos demasiado cerca.

Una noche nos ganó el camino.

No encontramos dónde dormir.

Preguntamos aquí y allá hasta que alguien nos indicó una casa que alquilaba habitaciones.

Llamarla hotel era un acto de generosidad.

Era una construcción antiquísima, quizá de adobe, quizá barro y piedra; recuerdo paredes gruesas, madera oscura, humedad, un olor que parecía pertenecer a otra época. El segundo piso se sostenía mediante grandes vigas que cruzaban de un extremo al otro y yo, mientras subíamos, pensé que todo aquel edificio podía derrumbarse durante la noche sin que nadie en Lima llegara a saber exactamente dónde había muerto.

Había una habitación.

Una sola.

Y una cama.

No recuerdo que aquello nos pareciera un problema.

O quizá fingimos que no lo era.

Extendí mi bolsa de dormir en el suelo.

—Yo duermo aquí.

Ella protestó.

Le dije que estaba bien.

A los veinte años uno puede dormir sobre piedras y despertar convencido de haber descansado.

Apagamos la luz.

No sé cuánto tiempo pasó.

Tal vez media hora.

Tal vez cinco minutos.

—Ven a descansar arriba —dijo.

Aún hoy puedo escuchar aquella frase.

No tenía música.

No tenía poesía.

No tenía ninguna de esas virtudes que los escritores incorporamos después cuando intentamos ennoblecer nuestros pecados.

Era simplemente una invitación.

Subí a la cama.

Lo demás sucedió con esa rapidez inexplicable de ciertos acontecimientos que uno recuerda después en cámara lenta.

Nos besamos.

Y el mundo conocido desapareció.

Nina poseía una seguridad que yo no tenía.

Yo había creído conocer el deseo hasta aquella noche, pero en realidad apenas había conocido su gramática.

Ella conocía el idioma.

Me enseñó con paciencia, con intensidad, con una libertad que me desconcertaba y fascinaba.

Hicimos el amor durante aquella noche con la voracidad de dos personas que no habían decidido nada y, precisamente por eso, podían permitirse olvidarlo todo.

Afuera estaba Huancavelica.

La noche.

Las montañas.

El frío.

Las vigas antiguas sosteniendo aquel segundo piso improbable.

Y debajo de esas maderas, sobre una cama que probablemente había escuchado demasiados secretos, dos jóvenes descubrieron algo que no sabían cómo nombrar.

No fue amor todavía.

Fue cuerpo.

Fue hambre.

Fue curiosidad.

Fue una forma feroz de estar vivos.

Pero a la mañana siguiente algo había cambiado.

Porque después de conocer íntimamente a alguien resulta difícil regresar a la neutralidad.

Intentamos hacerlo.

Duró poco.

Desde entonces nos buscamos.

Siempre que podíamos.

Con esa disciplina extraordinaria que adquieren los amantes cuando el mundo entero parece organizado para impedirles encontrarse.

Las noches se convirtieron en territorio nuestro.

Nos amábamos —si esa es la palabra adecuada— con una intensidad casi desesperada, como si nuestros cuerpos supieran algo que nosotros todavía no queríamos admitir, que aquello duraría muy poco.

Nunca hicimos planes.

Nunca dijimos:

«Cuando regresemos a Lima».

Ni:

«Cuando dejes a tu pareja».

Ni:

«Cuando yo termine mi relación».

Nada.

Éramos demasiado conscientes de la realidad.

Yo volvería a Lima.

Retomaría la universidad.

Regresaría a mi casa.

A mi relación.

Ella permanecería allí.

Con su vida.

Con la suya.

Nuestro amor —porque finalmente terminó siendo eso, aunque durante años preferí llamarlo aventura— llevaba impresa una fecha de vencimiento.

Éramos como esas conservas que uno consume durante un viaje sabiendo que no pertenecen realmente a la mesa donde vivirá el resto de su vida.

Nos alimentábamos para el momento.

Nada más.

O eso creíamos.

Había, sin embargo, algo que comenzaba a perturbarme.

Cada cierto tiempo, cuando regresábamos a Ayacucho, Nina aparecía con alguna marca.

Un moretón.

Una hinchazón.

Una sombra extraña cerca del rostro.

—¿Qué pasó?

—Me caí.

Siempre se caía.

Las mujeres maltratadas, aprendí muchos años después, poseen una geografía extraordinariamente accidentada, escaleras, puertas, esquinas, baños, pisos resbalosos; el mundo entero conspira misteriosamente para dejarles marcas exactamente donde una mano podría haberlas golpeado.

Pero yo tenía veinte años.

Y a los veinte años la estupidez todavía puede disfrazarse de prudencia.

Sospechaba.

Claro que sospechaba.

Pero no sabía qué hacer.

Su pareja existía como una sombra fuera de nuestro mundo.

Yo no lo conocía suficientemente.

No sabía qué ocurría cuando ella regresaba.

No sabía cuánto sabía él.

No sabía si aquellas marcas tenían algo que ver conmigo.

Y quizá, en algún rincón miserable de mi conciencia, prefería no saberlo.

Eso todavía me avergüenza.

Uno puede pasar media vida inventándose una biografía moral bastante decorosa hasta que recuerda determinadas ocasiones en las que pudo haber preguntado un poco más, insistido un poco más, acompañado mejor.

Yo la acompañaba.

Escuchaba.

Permanecía a su lado.

Pero no la salvé.

Tal vez porque nadie me había pedido que lo hiciera.

Tal vez porque tampoco sabía cómo.

Tal vez porque yo mismo formaba parte del desorden.

Nosotros también mentíamos.

También traicionábamos.

También regresábamos a vidas paralelas fingiendo normalidad.

No éramos víctimas inocentes de una gran pasión imposible.

Éramos dos jóvenes cometiendo una infidelidad.

Y, sin embargo, la moral se vuelve extrañamente insuficiente cuando uno intenta describir a las personas reales.

Porque aquella mujer que engañaba a su pareja podía regresar a casa y recibir golpes.

Y aquel muchacho que engañaba a su enamorada podía sostenerla después en silencio, mirándole las marcas del rostro y sentir que algo dentro de él se rompía.

Las personas son así.

Contradictorias.

Sucias y nobles en una misma tarde.

Crueles a las cinco.

Tiernas a las seis.

Fieles a algunas cosas mientras traicionan otras.

Quizá crecer consiste precisamente en descubrir que nadie cabe entero dentro de una palabra.

Vivimos así durante meses.

Viajes.

Anexos.

Carreteras.

Habitaciones prestadas.

Comidas sencillas.

Risas.

Trabajo.

Deseo.

Hubo días hermosos.

No necesariamente extraordinarios.

A veces recuerdo más una caminata por un pueblo que cualquiera de nuestras noches.

Ella caminando delante de mí.

Volviéndose para decir alguna tontería.

El sol cayendo sobre las montañas.

Tito hablando sin descanso de su muchacha imposible.

Miguel insultando cariñosamente a alguien.

Yo pensando, sin saberlo, que quizá era feliz.

Porque uno raramente reconoce la felicidad mientras la está viviendo.

La felicidad siempre parece más evidente cuando ya terminó.

Llegó finalmente el momento de regresar a Lima.

No hubo sorpresa.

Siempre habíamos sabido que llegaría.

Mi universidad esperaba.

Mi familia.

Mi vida anterior.

Recuerdo los últimos días como se recuerdan los hospitales, todo parecía normal y, al mismo tiempo, cada gesto estaba contaminado por la proximidad de una despedida.

No hablábamos del futuro.

Jamás lo habíamos hecho.

Hablar de futuro habría significado exigir una respuesta.

Y ninguna respuesta era buena.

¿Qué debía decirle?

¿Deja a ese hombre y ven conmigo?

Yo regresaba a otra relación.

¿Debía prometer que volvería?

No sabía si volvería.

¿Debíamos jurarnos amor?

¿Para qué?

Hay promesas que no son románticas.

Son simplemente una forma elegante de mentir.

Así que seguimos haciendo lo que mejor sabíamos hacer.

Vivir el presente.

Hasta que ya no hubo presente.

La última noche bebí.

Yo no bebía entonces, ni ahora.

No tenía experiencia con el alcohol y cometí el error universal del principiante, beber como si la embriaguez tuviera un botón que pudiera apagarse cuando uno quisiera.

Terminé completamente borracho.

Y lloré.

Dios mío, cómo lloré.

Lloré como un niño.

Sin dignidad.

Sin estilo.

Sin ninguna de esas frases hermosas que décadas después puedo escribir para ordenar aquel recuerdo.

Solo lloré.

Por Nina.

Por mí.

Por la provincia.

Por la vida que acababa de vivir.

Por aquella certeza insoportable de que al día siguiente todo seguiría existiendo, pero yo ya no pertenecería a aquello.

Miguel estuvo conmigo.

El mismo hombre que inicialmente me había parecido intimidante, vulgar y desagradable.

Me sostuvo.

Me habló.

Probablemente se rió un poco de mí.

Pero estuvo.

Al día siguiente fue al terminal para despedirme con un abrazo interminable y paternal.

Nunca olvidé eso.

Hay personas que ingresan en nuestra vida sin pedir permiso y terminan ocupando lugares que no sabíamos vacíos.

Miguel fue una de ellas.

Subí al bus.

No recuerdo si Nina fue.

Quizá mi memoria ha decidido proteger esa escena.

Quizá estuvo.

Quizá no.

Con el tiempo comprendí que algunos recuerdos se borran no porque hayan sido insignificantes, sino porque fueron demasiado importantes.

Regresé a Lima.

Volví a la universidad.

Continué viviendo.

Eso hacemos todos.

Continuar.

Durante años no supe nada de ellos.

La provincia quedó archivada en algún lugar de mi memoria junto a libretas antiguas, recibos, fotografías que desaparecieron y nombres que uno cree no volver a pronunciar.

Tuve hijos.

Trabajé.

Estudié.

Fracasé en algunas cosas.

Tuve éxito en otras.

Amé.

Me separé dos veces.

Volví a amar.

Vi morir personas.

Vi crecer a mis hijos.

Vi mi rostro envejecer lentamente frente al espejo.

Y aquella temporada de 1998 comenzó a parecerme algo sucedido a otro hombre.

Hasta que, hace un par de años, apareció Tito.

Una red social.

Un mensaje.

Su nombre en la pantalla.

Y de pronto las montañas regresaron.

Mayocc.

Ayacucho.

Los catres.

La casa llena de trabajadores.

Magaly gritando desde el televisor.

Las bromas.

Miguel.

Y ella.

Nina Mutal.

La busqué.

No inmediatamente, quiero creer.

Aunque probablemente sí.

La curiosidad es una de las formas menos dignas y más sinceras de la nostalgia.

La encontré.

Era ella.

Y no lo era.

Había construido otra vida.

Dos hijos.

Una espiritualidad distinta.

Fotografías relacionadas con alguna religión o corriente hindú que jamás habría imaginado en aquella muchacha ayacuchana que conocí llevando un currículum bajo el brazo.

Miré sus fotografías durante un rato.

No le escribí.

No mandé solicitud.

No dije:

«Hola, ¿te acuerdas de mí?»

Me pareció innecesario.

Quizá incluso egoísta.

Hay personas a las que uno puede querer mejor dejándolas tranquilas.

Cerré la pantalla.

Y sentí algo extraño.

No tristeza.

Tampoco deseo.

Ni siquiera nostalgia en el sentido habitual.

Gratitud.

Eso era.

Gratitud.

Porque durante algunos meses, en una época difícil de mi vida, cuando trabajaba lejos de casa para pagar una universidad que mi familia apenas podía costear, aquella mujer me regaló una felicidad que yo no estaba buscando.

También me enseñó cosas que excedían el cuerpo.

Me enseñó que una persona puede ser fuerte y vulnerable simultáneamente.

Que amar no siempre significa construir una vida juntos.

Que algunos vínculos existen únicamente durante una estación y que intentar prolongarlos puede destruir precisamente aquello que los hizo hermosos.

Me enseñó también algo más incómodo, que nuestros recuerdos favoritos no siempre contienen nuestras mejores decisiones.

Hoy puedo mirar a aquel muchacho de veinte años con una mezcla de afecto y severidad.

Era irresponsable.

Infiel.

Ingenuo.

Pretencioso.

Tenía opiniones muy firmes sobre programas de televisión mientras ignoraba que su propia vida estaba convirtiéndose en un pequeño escándalo privado.

Creía comprender a las mujeres.

No comprendía absolutamente nada.

Creía comprender el amor.

Mucho menos.

Creía que regresar a Lima significaba regresar a mi vida.

Tampoco era cierto.

Porque nadie regresa realmente de ningún lugar.

Uno vuelve con algo adherido.

Una voz.

Un olor.

Una frase.

Un cuerpo recordado.

Una culpa.

Un amigo que te sostuvo cuando lloraste borracho.

Una mujer que una noche, en una casa antiquísima de Huancavelica sostenida por vigas de madera, te dijo simplemente que dejaras el suelo y descansaras a su lado.

Han pasado casi treinta años.

No sé si Nina recuerda aquella noche.

No sé si recuerda los viajes.

No sé si alguna vez piensa en el muchacho limeño con quien compartió aquellos meses.

Quizá no.

Y está bien.

La memoria nunca firma contratos de reciprocidad.

Yo sí la recuerdo.

No todos los días.

Ni siquiera todos los años.

Pero esta noche, cuando el presente se vuelve demasiado silencioso en casa, sin mis hijos acompañándome, y la vida parece una larga carretera vista desde un bus que ya está regresando, aparece Huancavelica.

Veo las montañas.

Escucho las risas del grupo.

Tito sigue persiguiendo a aquella muchacha que no se dejaba alcanzar.

Miguel continúa diciendo vulgaridades mientras, secretamente, protege a todos.

En algún cuarto suena un televisor y alguien celebra un ampay que a mí me parece miserable.

Y Nina camina unos metros delante de mí.

Tiene veintiún años para siempre.

Se vuelve.

Me mira.

Sonríe.

Yo tengo veinte.

Todavía no sé nada de la vida.

Y por unos segundos —solo por esos segundos imposibles que la memoria nos presta— ninguno de los dos necesita saber cómo terminará la historia.

Porque aún estamos dentro de ella.

Y a esa edad eso parecía suficiente.