Literatura

El precio de la eficiencia

A veces pienso que la vida laboral en la que me he sumergido es como una catedral a medio construir, desde fuera parece majestuosa, sólida, un lugar donde cualquiera querría permanecer, pero dentro no hay más que andamios, polvo y un ruido constante que no deja escuchar nada más. La universidad me prometía progreso, un horizonte claro, y lo que me ha entregado es una sucesión de días interminables donde el trabajo se multiplica como una sombra insaciable, jornadas que van mucho más allá de las que corresponden, porque hay que dejar bien el nombre, porque nos repiten que la eficiencia es virtud, aunque esa palabra… nos esté devorando la vida.

He visto cómo otros ascienden con una facilidad que no obedece del todo al mérito, sino a una cercanía invisible, y yo, con mis indicadores impecables, permanezco en la base de la pirámide, atendiendo reclamaciones que parecen no tener fin, preguntándome en silencio si acaso este es el destino al que debía llegar después de tantos años de estudio, de esfuerzo, de una carrera que en teoría debía abrir puertas y no cerrarlas, al menos de momento.

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Literatura

Entre el rechazo y la fe

Valentina

Cuando uno trabaja en una revista cultural, aprende rápido que la cultura es en el mejor de los casos, un chiste contado por gente que se cree demasiado importante para reírse, mi trabajo consistía en rechazar manuscritos con la precisión de un cirujano sin licencia, pero con el talento de un verdugo, descubrí que la clave del éxito era escribir cartas de rechazo tan diplomáticas que los autores se sintieran honrados de haber sido despreciados, era como darles una medalla por participar, pero en lugar de medallas, les entregaba migajas de su propia dignidad.

Fue en este oficio de ajusticiamiento literario que conocí a Valentina, era cristiana, pero no de las que rezan bajito y reparten estampitas, no, era del tipo que podía citar la Biblia y, minutos después soltar una sarta de lisuras si te lo merecías o no, mirándote fijamente con sus ojos claros, no fumaba ni bebía, pero su boca era un campo de batalla donde la fe y el más puro desenfado lingüístico peleaban a muerte.

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Literatura

El verdadero castigo no es morir, es pasar la vida olvidando como vivir

Escrita desde las decepciones laborales

Hoy me vi en un sueño, pero no era yo mismo en la febril lucha diaria por mantenerme a flote, no era yo corriendo tras obligaciones, ni desgastándome en preocupaciones mezquinas, ni siquiera era yo evocando el recuerdo persistente—esa presencia lejana, esa herida que nunca se cierra del todo—, no, en este sueño yo ya había descendido a la tierra fría, había cruzado el velo con la resignación apacible de quien finalmente ha sido liberado de todas las exigencias. Y ahí estaba, muerto, ¿alivio? quizás, ¿desconcierto? también, pero lo más perturbador —y quizás lo más fascinante— fue ver la fecha exacta de mi muerte, grabada con una ironía elegante en un camposanto en Huachipa.

La fecha me miraba con desdén, y entonces me asaltó una pregunta inevitable, ¿qué harían las personas si supiesen cuándo será su último día con vida?, ¿se aferrarían a la desesperación o a la dicha?, ¿se redimirían con actos de amor o de egoísmo?, ¿buscarían perdón, placer, olvido?, ¿abrazarían más o se despedirían antes?, el saber lo cambia todo, porque al ponerle fecha a la eternidad, cada momento adquiere un peso insoportable.

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Literatura

Cuando la amistad se convierte en recuerdo

U.I.G.V. 1995 – Contabilidad y Finanzas

El tiempo con su paso inclemente, arrastra consigo los rostros, las voces y las historias que alguna vez parecieron inquebrantables, a los diecisiete años, la vida era una explosión de certezas, estaba enamorado de Gabriela desde hace un par de años atrás, una pasión primigenia, tan intensa como inexperta, el tipo de amor que se cree eterno simplemente porque no conoce aún la erosión del tiempo, de esos amores jóvenes que terminan y vuelven a empezar a las semanas o meses.

A esa misma edad la universidad me abrió sus puertas con la promesa de un mundo vasto y desconocido, fue un año de primeras veces y de secretos que nadie me advirtió que se acumularían en la memoria. En aquellos momentos donde mi relación con Gabriela se rompía por largos periodos, me deslicé por encuentros fugaces, besos robados en corredores solitarios, promesas de madrugada que se desvanecieron con la luz del día. Dos señoritas fueron parte de esa transición, dos corazones que intentaron rozar el mío sin intención de quedarse, ni de ser más que un capítulo breve en mi historia, amores de paso, brisas ligeras que se disipaban antes de que pudieran ser tormentas.

Y entonces, estaba Elsa…

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Literatura

La marea del tiempo

Enrique y Valentina

               Hay vidas que se cruzan como barcos en la noche, fugaces, mudas, dejando apenas una estela que se disuelve en la primera luz del día, y hay otras más escasas, más hondas, que incluso después de haber naufragado en mares distintos, siguen navegando en las aguas interiores de la memoria, ancladas en un puerto que no aparece en ningún mapa, salvo en el alma. La nuestra —la suya y la mía— pertenece sin duda a esa segunda categoría.

No podría señalar el instante exacto en que la conocí, y tal vez eso diga más de su importancia que cualquier precisión. Las cosas que de verdad nos transforman no irrumpen con redobles ni anuncios, se filtran como la niebla del malecón de Miraflores, que se cuela sin permiso y de pronto lo cubre todo, hasta que descubres que ya no puedes, ni deseas regresar a la claridad anterior.

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