A las tres y cuarto de la madrugada, Robert descubrió algo incómodo, su mente no sabía dormir cuando su corazón estaba despierto.
El departamento estaba en silencio, ese silencio espeso que solo existe cuando la ciudad finge descansar y uno sabe que no. Sobre la mesa quedaban rastros de agua fría, una libreta abierta y el teléfono boca arriba —como si por ese hecho pudiera vibrar y hacer llegar los mensajes que esperaba.
Robert se miró al espejo del pasillo y se encontró distinto. No más viejo, no más cansado, más consciente. Tenía ese gesto de quien ha comprendido algo y aún no sabe qué hacer con ello.
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