Literatura

La mujer que escuchaba la lluvia

La última vez que vi a Clara estaba sentada frente al mar.

No lloraba. Eso fue lo peor. Había en su rostro una calma que me pareció injusta, casi ofensiva, como si hubiese ensayado durante semanas la manera exacta de abandonarme sin destruirse en el intento. Llevaba un vestido azul oscuro y sostenía una taza de café que ya se había enfriado.

—Te quiero, Roland —dijo—. Pero ya no soy feliz contigo.

Hay frases que no necesitan gritar para arrasar una vida.

Yo tenía veintiocho años cuando la conocí y una vanidad discreta, alimentada por libros, música clásica y una idea equivocada de mí mismo. Creía ser un hombre sensible, creía entender el amor porque había leído sobre él. Creía, sobre todo, que la intensidad era una prueba de profundidad.

Me equivoqué en todo.

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Monedas para el alma, entre el silencio y la rendención

Cuando lo conocí, Yajazelham me pareció un hombre de esos cuya presencia irrumpe, una especie de frontera silenciosa entre uno y el resto del mundo, no era alto ni particularmente imponente, pero su figura tenía la dureza de los hombres que nacen con el peso del trabajo en sus huesos. Su piel morena, curtida por el sol y por años de sacrificio, sus bigotes espesos que no delineaban sonrisa alguna, parecían una máscara de desdén hacia el mundo, lo que más me inquietaba, sin embargo, era su mirada fija, casi calculadora, que no dejaba espacio para la duda, era el tipo de mirada que penetraba más allá de lo visible, como si todo lo que veía le perteneciera.

En ese entonces, yo tenía dos hijos y había cumplido treinta y tres años, una edad que marcaba la frontera entre la juventud y la madurez, el momento en el que las decisiones parecían definitivas y aun recoges ejemplos de otras personas. Yajazelham, en contraste, era un hombre de silencios profundos, de esos que prefieren callar antes que decir algo innecesario. Nacionalizado malasio, de raíces indias, su acento en inglés era peculiar, y a mis oídos sonaba como un eco lejano, una lengua que no me pertenecía pero que él usaba con la seguridad de quien sabe que el lenguaje es solo una herramienta para quienes lo entienden. El día que Philip me lo presentó como el responsable de las operaciones en la mina, jamás imaginé que con el tiempo se convertiría en un buen amigo, casi en un hermano mayor, en un refugio de soledad en un lugar lejano de nuestros hogares.

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Escuchar el mundo en silencio

Los recuerdos de mi juventud

Eran los años noventa, una época marcada por rituales tan extraños como necesarios, uno de ellos era esa costumbre casi universal de acudir a una academia para preparar el ingreso a la universidad. Mi padre, con esa mezcla de entusiasmo y autoridad que lo caracterizaba, no dudó en acompañarme, inscribiéndome en una de esas instituciones que prometían un futuro brillante, yo por mi parte, me dejé llevar por la novedad del entorno, recuerdo a los profesores, tenían un humor sencillo, casi entrañable, que hacía que el aprendizaje fuera menos pesado, había chicos que parecían más interesados en practicar el arte de la conquista que en resolver ecuaciones, y chicas que, quizá por curiosidad o por deseo, caían en los brazos de aquellos pequeños casanovas. Pero mi mundo, incluso entonces, era otro, lo mío no era perderme en ecuaciones, miradas furtivas, o la conquista a las jóvenes féminas, lo mío, lo sabía con la certeza de una pasión temprana, era la literatura.

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Voces en la Niebla

Primera Parte
Silvia en la oscuridad
Capítulo 1: La Celda

No es una imagen; es un dato físico que se le pega a la piel, Silvia lo comprende en el tercer parpadeo, algo vivo exhala con ella, ocupa el mismo aire viciado y vuelve más pesado cada intento de respirar. El cuarto es oscuro, sin grietas, ni ventanas, solo la rendija de la puerta, un hilo de luz que no servía de nada. La cuerda que le muerde las muñecas tiene una textura áspera, pelillos duros que raspan y se quedan en la piel como espinas, y el nudo le presiona los huesos. La humedad es un olor con capas, moho, metal, y encima un dulzor barato, tal vez desinfectante viejo, cada vez que traga saliva, pica.

La primera certeza es corporal, hormigueo en los dedos, un frío mojado en la espalda del vestido —el azul sencillo que eligió sin pensar para una cita cualquiera, ahora parece un uniforme de alguien a quien van a perdonar por caridad o a castigar por costumbre—. La segunda certeza es sonora, un goteo irregular, como si la pared supiera medir el tiempo y decidiera retrasarlo a propósito. La tercera llega desde una radio mal sintonizada, ruido blanco, voz de hombre que entra y se va, publicidad de madrugada, y luego, como si el aparato tosiera y de pronto hablara claro, una frase que no debería existir en ese cuarto:

—Las autoridades continúan las diligencias por la desaparición de S. R… familiares piden…

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Berceuse

Yo debía estar en la academia, era la mañana, y el deber me pedía números, fórmulas, preparación para un examen de ingreso. Pero tenía dieciséis años, y a esa edad el deber pesa menos que los deseos, yo prefería la playa, una novela en las manos, el sonido del mar, la sensación de estar fuera del mundo.

Mi ruta hacia esos escapes era la avenida Larco, allí, entre cines y cafés, estaba esa tienda que parecía un templo, su nombre… La Discoteca, sus vitrinas exhibían vinilos y cassettes como tesoros inalcanzables para mi menguada economía. No era un lujo que pudiera darme, hace más de treinta años, la mensualidad que mi padre me entregaba para la academia era apenas suficiente, y sin embargo, aquella mañana decidí que la música valía más que cualquier clase.

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No estoy perdido, estoy en tránsito

A las tres y cuarto de la madrugada, Robert descubrió algo incómodo, su mente no sabía dormir cuando su corazón estaba despierto.

El departamento estaba en silencio, ese silencio espeso que solo existe cuando la ciudad finge descansar y uno sabe que no. Sobre la mesa quedaban rastros de agua fría, una libreta abierta y el teléfono boca arriba —como si por ese hecho pudiera vibrar y hacer llegar los mensajes que esperaba.

Robert se miró al espejo del pasillo y se encontró distinto. No más viejo, no más cansado, más consciente. Tenía ese gesto de quien ha comprendido algo y aún no sabe qué hacer con ello.

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Aquel sábado de octubre

Era 1997 y yo tenía diecinueve años, la universidad era un desfile de exámenes, libros contables y tardes desperdiciadas en la biblioteca donde hablábamos de todo menos de números. A veces pienso que nunca fui realmente estudiante de contabilidad, sino un lector extraviado entre columnas de cifras. Mi padre me había regalado un libro de economía ese año —un tomo grueso, de letras diminutas— con la esperanza de que me volviera más “práctico”, lo hojeé un par de veces y luego lo abandoné, como se abandonan los propósitos ajenos. Años después, al recordarlo empolvado en la repisa, comprendí que ese libro representaba exactamente lo que fui entonces, una promesa que nadie esperaba que se cumpliera.

Gabriela iba y venía en mi vida como las estaciones que Lima nunca tuvo, nos queríamos con esa torpeza de los amores jóvenes, donde cada ruptura parecía definitiva y cada regreso, un milagro. Era un tiempo en que aún creía que el amor podía salvarme, aunque no supiera de qué.

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Fronteras

Los demonios de Robert

Robert había aprendido tarde —demasiado tarde, pensaba a veces— que el amor no llega como una epifanía, sino como una certeza que se construye. A poco más de sus cuarenta años, después de relaciones incompletas y afectos que se agotaban por desgaste, conoció a Valentina, y con ella entendió, por primera vez, qué significaba amar de verdad.

No fue inmediato, se amaron durante años, pero los últimos meses habían sido, para Robert, los mejores de toda su vida. Nunca había sido tan feliz en lo cotidiano, un desayuno juntos, las cenas largas, las caminatas después del teatro, las noches de cine, los conciertos de música clásica en los que Valentina cerraba los ojos como si el mundo pudiera detenerse allí y quedaba dormida. Incluso su intimidad —contenida, cuidadosa, casi infantil— tenía una belleza que él no había conocido antes. Había aprendido a desear sin poseer y a esperar sin exigir mucho.

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El arte de dormir en los teatros

Nos unió el azar, y aún me parece insólito pensar que, entre miles de millones de personas en el planeta, dos almas tan dispares terminaran coincidiendo en el mismo punto del tiempo, nos conocimos sin buscarlo, y eso, ya de por sí, fue un privilegio. Nos amamos con la fuerza que da la novedad, con esa convicción inocente de que el amor puede torcer el curso de las cosas. Luego, como todo lo que pertenece a la vida, el sentimiento cambió, se transformó, se desgastó, hubo algo de tragedia; y el paso natural del tiempo cumplió su oficio.

Me acompañaba a los teatros con una lealtad conmovedora, no porque disfrutara de las obras, sino porque le gustaba acompañarme. Dormía en ellos con una gracia casi artística, se durmió en Hamlet, en pleno “ser o no ser”; se durmió durante el segundo movimiento del Concierto para piano n.º 2 de Tchaikovsky, justo cuando la orquesta parecía rozar el infinito; y todavía celebro que resistiera despierta toda la presentación de Yuja Wang, quizá por la pura curiosidad de verla desafiar el piano con prendas tan diminutas.

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Entre dos fronteras

A mi padre, días antes de su partida

La muerte, para muchos, es un visitante inesperado, un ladrón que irrumpe sin previo aviso, arrancando de raíz lo que parecía eterno, para mí no es eso, no la veo como una sombra que acecha ni como una tragedia que se cierne sobre el vivir, para mí la muerte es una certeza serena, una presencia constante que danza a la par del latido, inevitable como el amanecer, tan natural como el ocaso.

Sin embargo, hay momentos en los que su proximidad se siente diferente, más pesada, como si su aliento tibio rozara los días, mi padre, ese hombre que fue y sigue siendo mi norte, el cimiento sobre el que mi familia construyó su mundo, se encuentra en esa frágil línea entre este mundo y el otro, si es que existe realmente como nuestras creencias nos enseñaron. Saber que su partida es inevitable no es una epifanía ni un golpe repentino, es más bien una marea que se eleva lentamente, una ola que he aprendido a observar con el corazón dividido entre el pesar y la gratitud.

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