A mis diecisiete años —dieciocho, habría corregido yo entonces, pues me faltaban pocos meses y a esa edad los meses poseen una importancia que después reservamos para las décadas— poseía tres cosas que consideraba pruebas irrefutables de mi superioridad sobre el resto de la especie… una máquina de escribir alemana que no sabía reparar, una colección todavía miserable de música clásica en casetes y discos compactos, y una edición incompleta de Proust que no había leído.
Me llamo Roland y puedo afirmar, con la autoridad que conceden tres décadas de equivocaciones, que ninguna de aquellas posesiones demostraba absolutamente nada.
Pero entonces yo no lo sabía.
Algunas tardes viajaba hasta Miraflores y caminaba por la avenida Larco para entrar en La Discoteca, un establecimiento que para mí tenía aproximadamente la dignidad espiritual de una catedral. Allí podía pasar una hora examinando grabaciones de música clásica que casi nunca tenía dinero para comprar.
CD y casetes.
Bach, Beethoven, Chopin, Liszt.
Los tomaba entre las manos, estudiaba las carátulas y comparaba intérpretes con la gravedad de un crítico vienés, aunque mi presupuesto me obligara finalmente a devolverlos todos a su sitio.
Una tarde estaba examinando una grabación cuando escuché detrás de mí:
—¿Vas a comprarlo o estás esperando que baje de precio por envejecimiento?
Me volví.
Así conocí a Arturo Bellido.
Tenía treinta y nueve años, dos ternos, cuatro amantes según él, ninguna según las amantes, y una esposa llamada Mercedes que había adquirido hacía tiempo esa serenidad sobrenatural de las mujeres que han renunciado a sorprenderse.
—Estoy comparando interpretaciones —respondí.
Arturo miró el disco que sostenía.
—¿Y ya le avisaron al pianista?
Lo detesté inmediatamente.
Unos minutos después estábamos tomando café, bueno, yo un té, en mi familia no se tomaba café, era un tema de religión.
Arturo tenía esa cualidad.
Era el único hombre que he conocido capaz de insultarlo a uno de tal manera que, al terminar la conversación, uno sentía que acababan de presentarle un cumplido.
Fue un domingo.
Esto es importante porque Arturo odiaba los domingos.
—Son una invención de la Iglesia para demostrar que el infierno no necesita fuego —me explicó.
Acababa de servirse azúcar en mi taza.
—¿Por qué?
—Porque obligan a la familia a reunirse.
Lo dijo con tanta gravedad que escupí el té.
Arturo me miró.
—Te ríes porque eres soltero.
—Tengo diecisiete años.
—Magnífica edad para ser soltero.
—Casi dieciocho.
—Retiro lo dicho. Tu situación empieza a ser preocupante.
Así comenzó nuestra amistad, dispar en edades, pero amistad al fin.
Arturo dirigía una funeraria.
No era propietario.
Esto lo aclaraba siempre.
—Ser propietario de una funeraria es vulgar. Yo la administro.
La distinción escapaba a mi inteligencia.
Se llamaba El Descanso Eterno, nombre que Arturo encontraba comercialmente desastroso.
—Promete demasiado.
Su proyecto consistía en cambiarlo por Bellido Servicios Funerarios, hasta que Mercedes le hizo notar que poner el apellido familiar sobre un negocio de cadáveres quizá dificultaría el futuro matrimonial de sus hijas.
Tenía dos.
Clara, de dieciséis años, estudiaba con la intención declarada de ser abogada y despreciaba a su padre con la disciplina de quien se prepara anticipadamente para una carrera jurídica.
Y Josefina.
Josefina tenía nueve años.
La primera vez que entré en aquella casa estaba debajo de la mesa del comedor.
—Hay una niña ahí —dije.
Arturo continuó sirviendo vino.
—Tenemos varias.
—Debajo de la mesa.
—Ah. Esa es Josefina.
Me agaché.
Dos ojos negros me observaron.
—Hola.
—¿Usted es pobre?
Me incorporé.
Arturo levantó su copa.
—La niña tiene una intuición extraordinaria.
Durante aquel año comencé a cenar con los Bellido casi todos los jueves.
Los jueves no tenían ninguna importancia especial. Precisamente por eso eran magníficos.
Mercedes cocinaba.
Arturo mentía.
Clara lo corregía.
Josefina hacía preguntas que destruían la conversación.
—Papá, ¿por qué los muertos llevan zapatos?
—Porque sería indecoroso enterrarlos descalzos.
—Pero no caminan.
—Ese no es el punto.
—Entonces ¿cuál es?
Arturo me miraba desesperado.
—Por eso los jesuitas esperan hasta los siete años para enseñar teología.
Mercedes soltaba una carcajada desde la cocina.
Yo era feliz allí.
No lo sabía.
La felicidad tiene esa vulgar costumbre de presentarse sin documentación y ser reconocida solamente después de haberse marchado.
Había, sin embargo, una rareza.
Todos los domingos Arturo desaparecía.
Nunca pregunté adónde iba.
A los diecisiete años uno confunde la discreción con la elegancia cuando, en realidad, muchas veces simplemente está demasiado ocupado pensando en sí mismo.
Los lunes reaparecía.
A veces alegre.
A veces silencioso.
Una vez llegó borracho a la funeraria y se quedó mirando un ataúd abierto.
—Mira esto.
—¿Qué?
—Excelente madera.
—Arturo…
—Caoba.
—No es caoba.
Me miró ofendido.
—¿Ahora eres ebanista?
—Parece pino.
Se inclinó sobre el ataúd.
—Pobre hombre.
—¿Lo conocías?
—No. Por eso digo pobre hombre. Lo van a enterrar en pino haciéndole creer a la familia que es caoba.
—Está muerto.
Arturo me miró con una tristeza inesperada.
—Ese argumento explica demasiadas cosas.
No pregunté.
Fue Clara quien me contó que Arturo tenía otro hijo.
Se llamaba Daniel.
Tenía dieciocho años.
—¿Dónde vive?
Clara tardó en responder.
—En ninguna parte.
Pensé que había muerto.
—Lo siento.
—No está muerto.
—Entonces vive en alguna parte.
—No para mi padre.
Ahí terminó la conversación.
Durante los meses siguientes construí toda clase de explicaciones.
Daniel era homosexual.
Daniel era comunista.
Daniel había embarazado a una monja.
Esta última hipótesis me pareció particularmente sólida después de conocer a Arturo.
La verdad fue mucho menos interesante.
Y mucho peor.
Daniel había robado dinero de la funeraria.
Mucho.
Arturo lo descubrió.
Hubo una pelea.
Lo echó de casa.
Eso había ocurrido dos años antes.
—¿Y los domingos? —pregunté.
Clara me miró.
—Va a buscarlo.
Aquello cambió mi manera de observar a Arturo.
Los domingos recorría hospitales, comisarías, pensiones baratas y ciertos lugares cuyo nombre Mercedes prefería no conocer.
Buscaba a un hijo al que aseguraba haber dejado de considerar hijo.
—¿Por qué no vuelve? —pregunté.
—Porque es un imbécil.
—Me refiero a Daniel.
—Yo también.
Una tarde cometí la estupidez de preguntarle qué haría si lo encontraba.
Arturo respondió inmediatamente:
—Romperle la cara.
Luego añadió:
—Y después le compraría almuerzo.
Finalmente lo encontramos un domingo de noviembre.
Digo encontramos porque para entonces yo acompañaba a Arturo.
Daniel estaba en una clínica pública.
Tuberculosis.
Muy delgado.
Mucho más joven de lo que yo había imaginado.
Arturo entró en la habitación.
Daniel abrió los ojos.
Durante dos años aquellos dos hombres habían ensayado mentalmente aquel encuentro.
Estoy seguro.
Debieron imaginar discursos.
Acusaciones.
Perdones.
Quizá abrazos.
Daniel dijo:
—Estás más gordo.
Arturo respondió:
—Y tú estás hecho una mierda.
Eso fue todo.
Después se abrazaron.
Yo salí al pasillo.
No por delicadeza.
Estaba llorando y todavía conservaba ciertas pretensiones de masculinidad.
Daniel regresó a casa.
Durante seis meses los Bellido volvieron a estar juntos alrededor de la mesa, contando conmigo como una especie de agregado sin funciones conocidas, circunstancia que Arturo aprovechaba para quejarse del precio de la carne.
Daniel mejoró.
Josefina lo adoraba.
Mercedes recuperó una forma de sonreír que yo no le conocía.
Incluso Clara dejó de discutir durante aproximadamente cuarenta y ocho horas, récord familiar jamás superado.
Y Arturo dejó de odiar los domingos.
Aquí podría terminar esta historia.
Durante muchos años deseé que terminara aquí.
Pero las historias poseen una grosería que la literatura intenta corregir, continúan.
Daniel volvió a desaparecer.
Esta vez se llevó dinero de Mercedes.
Y algunas joyas.
Arturo no dijo nada.
El domingo siguiente salió a buscarlo.
También el siguiente.
Y el siguiente.
Hasta que una mañana Mercedes le pidió que se sentara.
—No vas a salir hoy.
—Es domingo.
—Precisamente.
—Tengo que encontrarlo.
—No.
Arturo la miró.
Mercedes llevaba años casada con aquel hombre.
Había soportado sus amantes imaginarias, sus negocios ruinosos, sus camisas espantosas y una colección de discos que ocupaba más espacio del que cualquier persona razonable concedería a la música.
Nunca le había dado una orden.
—Déjalo ir —dijo.
Arturo permaneció sentado.
Aquel fue el primer domingo que no buscó a Daniel.
Pasaron los años.
Yo publiqué finalmente una obra.
Vendió veinte ejemplares, de los cuales sospecho que Mercedes compró doce.
Arturo dijo que era magnífica.
Después descubrí que solo había leído hasta la página treinta y siete.
—No necesito terminarla para saber que eres talentoso.
—El asesino aparece en la página ciento doce.
—¿Hay un asesino?
Nunca volví a pedirle una opinión literaria.
Josefina creció.
Clara se casó.
Mercedes murió primero.
Cáncer.
Arturo organizó personalmente el funeral.
Eligió el ataúd más caro de la empresa.
—Este sí es caoba —me dijo.
Fue la única vez que vi llorar a Arturo Bellido.
O eso creí.
Muchos años después, en junio de 2026, cuando yo tenía cuarenta y ocho años y Arturo y yo insistíamos todavía en llamarnos mutuamente «muchacho», recibí una llamada.
Arturo estaba en el hospital.
Llegué de noche.
Respiraba con dificultad.
Me senté junto a él.
—¿Sabes qué día es? —preguntó.
Miré el calendario.
Domingo.
Sonrió.
—Qué día de mierda.
—Sigues odiándolos.
—Más que nunca.
Estuvimos callados.
Después dijo:
—Lo encontré.
Pensé que deliraba.
—¿A quién?
Me miró como si yo fuera idiota.
—A Daniel.
Sentí que algo se detenía.
—¿Cuándo?
—Hace treinta años.
No entendí.
Arturo cerró los ojos.
—Tres meses después de que Mercedes me pidiera dejar de buscarlo.
Esperé.
—Estaba en Chiclayo, tenía mujer, un hijo.
—¿Y?
—Me vio.
Arturo abrió los ojos.
—Me pidió que no volviera.
No dije nada.
—Así que no volví.
Entonces comprendí.
Treinta años.
Todos habíamos creído que Arturo ignoraba dónde estaba su hijo.
Mercedes murió creyéndolo.
Clara también lo creía.
Josefina.
Yo.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
Arturo sonrió.
Era todavía la sonrisa del hombre que había conocido cuando yo era un muchacho que podía pasar una tarde entera en la avenida Larco examinando discos que no podía comprar.
—Porque habría tenido que explicar que me encontró antes de que yo lo encontrara.
—No entiendo.
—Había venido a Lima.
—¿Cuándo?
—El domingo anterior.
Sentí frío.
—Fue a la casa. Habló con Mercedes. Ella le dio el dinero y las joyas.
Me quedé mirándolo.
—No las robó.
—No.
—Mercedes lo ayudó a irse.
—Sí.
Todo lo que habíamos creído durante treinta años se desplazó unos centímetros.
A veces eso basta para destruir una vida.
—¿Y tú lo sabías?
—Después.
—¿Por qué lo buscaste?
Arturo volvió la cabeza hacia la ventana.
—Porque quería que me pidiera volver.
—Pero te pidió lo contrario.
—Sí.
—¿Y lo dejaste?
Arturo tardó mucho en responder.
—No.
—¿Cómo que no?
Sonrió.
—Fui los domingos.
Durante treinta años Arturo había viajado una vez al mes a Chiclayo.
Nunca hablaba con Daniel.
Se sentaba en un café frente a su casa.
Lo veía salir.
Después regresaba a Lima.
Cuando Daniel se mudó, Arturo averiguó la dirección.
Cuando nació su segunda hija, Arturo estuvo afuera del hospital.
Cuando Daniel cumplió años, Arturo se sentó durante cuatro horas frente al restaurante donde celebraban.
Nunca entró.
—Eso es una locura —le dije.
—Probablemente.
—Treinta años.
—Veintinueve y dos meses. No exageres.
Me reí.
No quería hacerlo.
Pero me reí.
Arturo también.
Y de pronto aquel hombre moribundo y yo éramos nuevamente los dos imbéciles de aquella mesa, discutiendo sobre ataúdes, mujeres imaginarias y discos de música clásica.
Después pregunté:
—¿Daniel sabe que ibas?
Arturo dejó de sonreír.
—Claro.
—¿Cómo?
—Siempre escogía mesas junto a la ventana.
Arturo murió esa madrugada.
El funeral fue un martes.
Muchísima gente.
Clara.
Josefina.
Los nietos.
Antiguos empleados.
Clientes que, considerando la naturaleza del negocio, constituían una categoría estadísticamente complicada.
Yo estaba junto al ataúd cuando vi entrar a un hombre.
Tendría unos cincuenta años.
No necesitaba preguntar quién era.
Daniel se acercó.
Miró a su padre.
Después me miró a mí.
—Hola Roland.
Me sorprendió que recordara mi nombre.
—Hola
—El escritor.
Casi me reí.
Treinta años después seguía siendo presentado de aquella manera.
Daniel metió la mano en el bolsillo.
Sacó un sobre.
Dentro había decenas de fotografías.
Arturo sentado en cafés.
Arturo leyendo periódicos.
Arturo fingiendo mirar escaparates.
Arturo envejeciendo.
Todas tomadas desde lejos.
En el reverso de cada una había una fecha.
Domingos.
—Él pensaba que me estaba mirando —dijo Daniel.
Levanté los ojos.
—Yo también lo miraba.
Entonces entendí finalmente a Arturo Bellido.
O quizá no entendí nada.
A cierta edad uno deja de exigirle a la vida conclusiones.
Daniel permaneció unos minutos frente al ataúd.
No rezó.
No lloró.
Antes de marcharse apoyó una mano sobre la madera.
—Caoba —dijo.
Lo miré sorprendido.
Daniel sonrió.
—El viejo siempre fue un presumido.
Y se fue.
Ahora tengo cuarenta y ocho años.
Es agosto de 2026.
Han pasado treinta y un años desde aquellas tardes en que un muchacho de diecisiete, casi dieciocho, caminaba por la avenida Larco para entrar en La Discoteca y gastar en música clásica un dinero que, siendo rigurosos, tampoco poseía.
La Discoteca pertenece a esa Lima que conservo en la memoria, casetes, discos compactos, vitrinas y tardes larguísimas en las que todavía era posible creer que encontrar una grabación extraordinaria constituía un acontecimiento.
Yo no sabía entonces cuánto de nuestra vida desaparecería sin pedir permiso.
He escrito algunas pequeñas obras, algunas buenas, la mayoría malas.
Me divorcié dos veces.
Tengo hijos que adoro.
Una novia espectacular, que ilumina mis días.
Y una vida llena de experiencias y recuerdos.
Aún conservo aquellas fotografías.
A veces las miro los domingos.
En todas aparece Arturo esperando.
Durante años pensé que aquella era una historia sobre un padre incapaz de abandonar a su hijo.
Después pensé que era una historia sobre un hijo incapaz de regresar.
Ahora creo que ambos tuvimos demasiada prisa.
Porque quizá no se trataba de abandonar.
Ni de regresar.
Quizá aquellos dos hombres habían encontrado la única forma de amarse que podían soportar. Uno cruzaba una ciudad para sentarse frente a una ventana; el otro elegía siempre una mesa desde la cual pudiera verlo.
Sin saludarse.
Sin perdonarse.
Sin pedir nada.
Treinta años.
Los domingos, naturalmente.
