Literatura

La vida es extraña

Cuando somos jóvenes creemos que el tiempo nos pertenece. Lo vemos extenderse delante de nosotros como una carretera interminable y asumimos, sin pensarlo demasiado, que siempre habrá más

Tiempo para viajar.

Tiempo para enamorarnos.

Tiempo para pedir disculpas.

Tiempo para llamar a nuestros padres.

Tiempo para volver a empezar.

La juventud tiene esa arrogancia involuntaria, confunde la abundancia de días con la eternidad.

Luego pasan los años, no de golpe, no como una tragedia visible.

Se van filtrando.

Un cumpleaños se parece demasiado al anterior.

Los hijos crecen.

Los amigos dejan de llamar con la misma frecuencia.

Algunas fotografías comienzan a contener personas que ya no están.

Y un día, sin previo aviso, uno descubre que la mayor parte de su vida pertenece al pasado.

Es entonces cuando ciertas cosas adquieren un valor distinto.

Las tardes con nuestros padres, por ejemplo.

Durante años los vemos como figuras permanentes, tan sólidas como las paredes de la casa donde crecimos. Después comprendemos algo inquietante, ellos también están de paso.

También tienen miedo.

También envejecen.

También se despiden poco a poco.

Quizá por eso vale la pena escucharlos mientras aún pueden contarnos las mismas historias una y otra vez.

Quizá por eso conviene sentarse con ellos una tarde cualquiera y descubrir que el tiempo compartido es una forma de gratitud.

Pero también llega otro aprendizaje.

Nuestros padres nos dieron la vida; no para que la conservemos intacta como una reliquia, sino para que la gastemos.

Para que amemos.

Para que nos equivoquemos.

Para que crucemos océanos si es necesario.

Para que construyamos una existencia propia.

Ningún padre digno sueña con un hijo inmóvil.

Y el amor…

Ah, el amor.

Pasamos años creyendo que consiste en encontrar a la persona correcta.

Después descubrimos que consiste en algo mucho más difícil: permanecer.

Permanecer cuando aparecen las diferencias.

Permanecer cuando el entusiasmo inicial se convierte en rutina.

Permanecer cuando comprendemos que la otra persona no es el personaje perfecto que imaginamos, sino un ser humano lleno de heridas, temores y contradicciones como uno mismo.

Amar termina pareciéndose menos a una conquista y más a un acto de comprensión.

Escuchar sin interrumpir.

Perdonar sin llevar la cuenta.

Saber que algunas discusiones no merecen ser ganadas.

Y aceptar que nadie comparte una vida con otro ser humano sin aprender, tarde o temprano, a convivir con aquello que no puede cambiar.

También están los hijos.

Uno pasa años enseñándoles a caminar y luego pasa el resto de la vida viéndolos alejarse.

Los amigos.

Las ciudades.

Los amores.

Todo se mueve.

Todo cambia.

Todo parte.

Y quizá esa sea la razón por la que las cosas hermosas nos resultan tan hermosas, porque sabemos que no durarán para siempre.

No sé si existe otra vida.

No sé si quienes se fueron nos observan desde algún lugar que nuestra razón no alcanza a comprender.

No sé si al final del camino encontraremos respuestas o únicamente silencio.

Pero sé algo.

Sé que llegará un día en que daríamos cualquier cosa por volver a una tarde ordinaria que hoy consideramos insignificante.

Por escuchar una voz que ya no existe.

Por abrazar a alguien una vez más.

Por caminar una calle que ya no volveremos a recorrer.

Y cuando llegue mi hora, sospecho que no pensaré en los negocios, ni en los títulos, ni en las cuentas pendientes.

Creo que pensaré en cosas mucho más pequeñas.

El sonido de una risa.

Una mano buscando la mía.

La luz entrando por una ventana determinada de una casa que ya no existe.

El aroma de aquel chaufa preparado con tanto amor.

La voz de alguien pronunciando «gordo forro» con esa mezcla imposible de cariño y complicidad que solo ciertas personas saben lograr.

Y tal vez, en ese último instante, comprenderé algo que ahora apenas sospecho.

Que la felicidad nunca estuvo en los grandes acontecimientos que perseguíamos con tanta ansiedad.

Estaba allí.

Disfrazada de miércoles por la noche.

De un miércoles como hoy, mientras escribo estas líneas frente al mar y el mundo continúa girando sin saber que intento retenerlo en palabras.

Disfrazada de rutina.

Disfrazada de visitas al teatro.

De caminatas que parecían comunes.

De conversaciones interminables dentro de un automóvil estacionado frente al parque.

De abrazos que parecían normales.

De besos que parecían repetibles.

Disfrazada de un año nuevo que prometían una vida que nunca llegó a existir.

Disfrazada de planes compartidos.

De viajes imaginados.

De futuros que construimos con una convicción que hoy conmueve y duele al mismo tiempo.

Disfrazada de amor.

De ese amor que creíamos infinito porque aún no sabíamos que incluso algunas eternidades tienen fecha de vencimiento.

Y quizá esa sea la verdadera tragedia del tiempo.

No que las cosas terminen.

Sino que casi siempre comprendemos su valor cuando ya se han convertido en recuerdo.

Entonces miramos hacia atrás y descubrimos que los días que parecían ordinarios eran, en realidad, la parte más extraordinaria de nuestra vida.

Que aquello que creíamos eterno ya ocurrió.

Que muchas veces la felicidad pasó frente a nosotros sin hacer ruido.

Y que las cosas que más extrañaremos no serán los grandes triunfos, sino esos instantes pequeños que parecían destinados a repetirse para siempre.

Una voz.

Una mirada.

Una calle.

Una canción.

Una noche cualquiera.

Un amor.

Y la certeza de que mientras los vivíamos, jamás imaginamos que algún día los recordaríamos como los mejores años de nuestra vida.