Literatura

No estoy perdido, estoy en tránsito

A las tres y cuarto de la madrugada, Robert descubrió algo incómodo, su mente no sabía dormir cuando su corazón estaba despierto.

El departamento estaba en silencio, ese silencio espeso que solo existe cuando la ciudad finge descansar y uno sabe que no. Sobre la mesa quedaban rastros de agua fría, una libreta abierta y el teléfono boca arriba —como si por ese hecho pudiera vibrar y hacer llegar los mensajes que esperaba.

Robert se miró al espejo del pasillo y se encontró distinto. No más viejo, no más cansado, más consciente. Tenía ese gesto de quien ha comprendido algo y aún no sabe qué hacer con ello.

Siempre había sido un hombre ordenado, ordenaba números, agendas, clases, cuentas, emociones ajenas. Pero esa noche el desorden no estaba afuera, estaba dentro. Y por primera vez no intentó controlarlo.

Se sentó en la sala y se permitió algo que rara vez hacía: no ser productivo.

Pensó —sin dramatismo— que su vida se había vuelto paradójica. Tenía reconocimiento, carrera, estudiantes que lo respetaban, hijos que lo querían, un nombre que circulaba con cierta ligereza por pasillos universitarios y redes sociales. Y, sin embargo, se sentía como alguien que había ganado todas las batallas menos la que realmente importaba, se sentía derrotado y no estaba preparado para esto.

Recordó sus años anteriores, relaciones correctas, afectos medianos, compañía funcional, estabilidad sin vértigo. Nada lo había descolocado, nada lo había puesto contra la pared de su propia vulnerabilidad. Hasta ahora.

No estaba roto, estaba expuesto, y era algo nuevo para él.

Lo que lo descolocaba no era haber amado —eso lo asumía con orgullo— sino haber perdido el control de sí mismo. Robert no era celoso por temperamento; era preciso por carácter. Pero cuando leyó aquellas palabras dirigidas a ella —“flaquita hermosa”, “preciosa”, “me gusta verte sonreír” entre otras…— sintió que alguien había atravesado una línea invisible que para él era sagrada.

No fue una herida de posesión; fue una herida de dignidad, algo que muy pocos podrán entender. Esa grieta no lo volvió rencoroso, pero sí lo volvió lúcido, comprendió que el amor también exige límites, y que perderlos puede desarmar incluso al hombre más racional, más aún a aquel que lleva años respetando la intimidad.

Robert caminó por la sala y pudo por primera vez notar que aquella casa era el reflejo de él, paredes vacías, no había cuadros, solo paredes bien pintadas, paso sus dedos por el piano y observó partituras que alguna vez prometió aprender con seriedad y nunca lo hizo del todo.

Se detuvo frente a la ventana.

Lima respiraba con su caos habitual. Luces dispersas, bocinas lejanas, el murmullo de una ciudad que nunca duerme porque no sabe cómo. Y él, en medio de ese ruido, estaba aprendiendo algo nuevo: el dolor no siempre grita; a veces solo acompaña.

Pensó en sus hijos.
Pensó en sus clases.
Pensó en su escritura, y se rió de sí mismo.

Había pasado años enseñando sobre control financiero, riesgo y prudencia, y sin embargo, su corazón había invertido sin diversificar, sin cobertura, sin plan B. Había apostado todo a una sola emoción y ahora pagaba el precio con insomnio.

No se quejaba.
Solo observaba.

Miró su teléfono, ninguna notificación esperada, ninguna catástrofe. Solo el reflejo de su rostro en la pantalla negra, y de pronto entendió algo casi burlón: No estaba triste por perder a alguien, estaba desarmado por haber descubierto cuánto podía sentir.

Esa revelación lo hizo sonreír con ironía.

—Qué ridículo —murmuró—.
Toda una vida creyendo que el amor era administrable y resulta que es una fuerza anárquica.

Volvió a sentarse y abrió su libreta. Escribió sin intención literaria, solo para respirar mejor: “No estoy perdido. Estoy en tránsito”.

Le pareció una frase buena. No heroica, pero honesta, y entonces recordó el mensaje de aquella joven delegada de casi treinta años, no era cualquier alumna, era inteligente, aguda, observadora. Había escrito semanas atrás con un tono que rozaba —sin cruzar— la insinuación. Nada vulgar, nada directo, pero lo suficientemente sugerente como para que Robert levantara una ceja.

Él, con la disciplina de un caballero y la torpeza de un hombre temeroso, le respondió con frialdad amable:

—Estoy felizmente casado, incluso se lo había contado a su esposa mientras viajaban por Javier Prado rumbo a Zara de San Isidro.

Mentira y verdad al mismo tiempo.

Casado no estaba, atado de compromiso, lealtad y corazón, sí.

En su propia realidad interna presente, Robert no era un divorciado ni un soltero libre, se sentía viudo de un amor que seguía vivo. Su esposa emocional no había muerto; simplemente había puesto una barrera a su amor conjunto, a su complicidad, y se había divorciado de sus metas futuras, lo sacó de su vida, y eso… era peor.

La noche siguiente, en una madrugada similar a esta, la delegada le escribió de nuevo:

“Profesor, ¿está bien?”

Nada más. Sin emojis, sin florituras, solo una pregunta limpia.

Robert miró el mensaje como quien mira un puente, podía cruzarlo o quedarse del lado seguro.

Pensó demasiado, como siempre.

Se preguntó:

¿Necesito hablar con alguien que no sea mi propia mente?, ¿O seguir siendo el mismo hombre arisco, distante, respetuoso hasta la exageración con una mujer que había decidido irse de su lado?

Durante minutos observó el chat como si fuera un contrato, y entonces, casi con descaro consigo mismo, respondió:

“Hola… no, no estoy bien.”

Ni poético ni dramático. Solo honesto.

Curiosamente —o tal vez inevitablemente— ella estaba despierta.

“¿Qué pasó, profesor?”

Robert no contestó de inmediato. No porque quisiera jugar al misterioso, sino porque entendió algo aterrador y liberador a la vez: su cuerpo y su mente pedían compañía humana, no análisis.

Se preguntó si debía abrir la puerta o cerrarla para siempre.

Pensó en su vida reciente, en su soledad cotidiana, en sus madrugadas con el celular en la mano, esperando mensajes que no llegaban.

Pensó en su identidad:

¿Era el hombre fiel por respeto o el hombre solo por miedo?

No respondió esa noche, tampoco se arrepintió.

Caminó hacia el cuarto vacío de sus hijos. Esa escena lo ancló al mundo real, comprendió que su vida no era un fracaso ni una tragedia: era compleja, contradictoria, profundamente humana.

Regresó a la sala y miró su computadora encendida. En su página personal reposaban sus textos, sus pensamientos, sus confesiones veladas. No escribía para exhibirse, escribía para existir con coherencia.

Y recordó aquel mensaje de la delegada como lo que era:

No una tentación.
No una traición.
Sino un espejo.

Alguien lo veía frágil y no huía, quizá podía rescatarlo.
Se sirvió agua helada y se sentó a mirar la madrugada. Pensó en sus planes profesionales, en los libros que quería leer, en el café que algún día abriría, en los viajes que vendrían por delante, en el departamento que quería comprar.

Pensó también —con una mezcla de ironía y ternura— en sus clases de inglés, que iniciaban el siguiente domingo.

Se había matriculado exactamente un mes atrás, imaginando aeropuertos europeos, trenes lejanos y conversaciones en cafés extranjeros. Sobre todo, pensaba en aquel país que detestaba por capricho pero que a ella le encantaba con devoción, lo enviaron a intermedio 1 y él entendió que al igual que la intimidad, lo que no se practica, se oxida, pierdes el toque de la sabiduría.

Ahora, sin su “esposa del corazón”, el inglés ya no sonaba a futuro sino a fantasía. Pero Robert decidió algo casi humorístico y profundamente serio: lo tomaría igual.

No por romance.
No por nostalgia.
Por carácter.

Si su vida debía rehacerse, que empezara con un simple present y no con un condicional perfecto.

Y se permitió un pensamiento inesperado:

Tal vez no necesitaba ser amado exactamente como lo había imaginado.
Tal vez necesitaba aprender a amarse mejor mientras amaba a otros.

A las cuatro y media, el cielo empezó a aclarar.

Robert sintió algo nuevo, no alivio, no euforia, sino una calma distinta, casi adulta. Una calma que no borra el sentimiento, pero lo coloca en su lugar.

No había resuelto nada.
No había olvidado nada.
No había cerrado ningún capítulo.

Solo había comprendido lo esencial, el amor no se pierde cuando no es correspondido; se transforma en carácter.

Miró por última vez su teléfono y lo dejó en la mesa sin urgencia, caminó hacia su habitación, se acostó y, por primera vez en cinco días, no pensó por unos minutos en lo que había pasado ni en lo que vendría.