En el Perú, muchas Mypes no solo se construyen con capital, se construyen con vínculos. Un hermano presta dinero, una esposa administra la caja, un primo provee mercadería, un hijo figura como representante, un padre cede un local, un familiar cobra por servicios que nunca quedaron del todo claros. Y así, poco a poco, la empresa crece dentro de una red de relaciones donde lo económico y lo afectivo conviven, se mezclan y, a veces, se confunden.
No hay nada incorrecto, en sí mismo, en que una Mype opere entre personas cercanas. Sería absurdo pensarlo. Gran parte de nuestro tejido empresarial nace justamente de esa lógica familiar o de confianza. El problema empieza cuando esas relaciones influyen en las operaciones y nadie quiere nombrarlas. Cuando lo cercano reemplaza a lo transparente. Cuando la familiaridad se vuelve una excusa para no revelar.
Ese es el momento en que aparecen las partes relacionadas.
Y el contador, allí, vuelve a quedar en una posición incómoda pero decisiva. Porque revelar una relación no es acusar, ni sospechar, ni romper la confianza. Es todo lo contrario: es proteger la credibilidad de la información financiera. Una empresa que compra a una empresa vinculada, que presta dinero a sus socios, que arrienda un local del gerente general o que mantiene saldos con entidades relacionadas, no está necesariamente actuando mal. Pero sí está obligada a mostrarlo con claridad, porque esas operaciones pueden influir en la interpretación de sus estados financieros.
En una Mype peruana esto es especialmente sensible. El dueño suele creer que, porque todo ocurre “entre conocidos”, no hace falta documentar con rigor. Y sin embargo, es precisamente allí donde más se necesita criterio contable. Porque cuando los intereses se cruzan, la objetividad se vuelve más frágil. El precio puede no ser el de mercado. El plazo puede no ser razonable. La cobranza puede relajarse. La obligación puede diluirse. Y lo que parecía una operación normal termina alterando la lectura real del negocio.
La revelación, entonces, no es un castigo. Es una forma de decirle al usuario de la información: esto también debe ser entendido para que el diagnóstico sea completo. El banco que evalúa un crédito, el inversionista que revisa una oportunidad, la administración que quiere medir desempeño, e incluso la propia SUNAT, necesitan saber si detrás de ciertas cifras existe una relación que cambia su significado.
Pero esta semana deja también una enseñanza más profunda. En contabilidad, ocultar no siempre significa borrar. A veces basta con no explicar. Con dejar una cifra sola, desnuda, sin contexto. Y una cifra sin contexto puede ser tan engañosa como una cifra falsa.
Por eso, revelar partes relacionadas es una prueba de madurez profesional. Exige independencia mental, capacidad para sostener criterio y valentía para incomodar donde otros preferirían callar. El contador no está para proteger silencios convenientes, sino para ofrecer una representación más honesta de la realidad empresarial.
En las Mypes de nuestro país, donde tantas veces la empresa y la familia respiran en la misma habitación, esta tarea es aún más importante. Porque cuando no se distingue bien entre relación personal y operación económica, el riesgo no solo es técnico. Es ético. Se deteriora la confianza, se debilita el control y se abre espacio para que la información pierda su valor.
Al final, las partes relacionadas no son el problema. El problema es fingir que no existen. Y una contabilidad que no se atreve a revelar lo importante termina pareciéndose demasiado a esas conversaciones familiares donde todos saben lo que pasa, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta.
