Literatura

La posibilidad de un afuera

A veces pienso que este mundo es apenas una superficie iluminada por dentro.

No una esfera suspendida en el vacío, sino una habitación cerrada cuya luz proviene de una fuente que nunca vemos. Caminamos sobre sus pisos, respiramos su aire, amamos dentro de sus límites, pero jamás tocamos las paredes. Y, sin embargo, algo en mí sospecha que esas paredes existen.

Desde que mi padre murió —hace poco más de un año— esa sospecha se volvió más intensa. No fue un pensamiento súbito; fue una filtración lenta, una grieta en la aparente solidez del mundo.

Lo vi apagarse.

El cuerpo, que siempre había sido certeza, se volvió frontera. Y cuando el último aliento salió de él, el silencio que quedó en la habitación no fue simplemente ausencia, fue una pregunta.

¿Dónde está ahora?

Si esto es una simulación —si somos apenas conciencia ejecutándose en una arquitectura que no comprendemos— entonces la muerte no sería un final, sino una desconexión. Como cerrar una sesión, como salir de un programa.

Pero ¿a dónde?

A veces imagino que este universo es un ensayo. Una versión beta de algo más vasto. Que nuestras pérdidas no son definitivas, sino transiciones hacia un plano que no recordamos porque la memoria fue parte del diseño.

Y entonces me asalta una idea más perturbadora.
¿Y si no hay afuera?

¿Y si la simulación es total, hermética, absoluta?

En ese caso, mi padre no habría ido a ninguna parte. Simplemente dejó de ejecutarse.

Esa posibilidad me hiela, porque si no hay afuera, tampoco hay reencuentro.

Pero hay noches —no muchas, pero suficientes— en las que siento lo contrario. No como una convicción religiosa, sino como una vibración leve. Algo que roza mi pensamiento cuando cierro los ojos.

No puedo probarlo, no puedo describirlo con rigor académico, pero lo siento, la persistencia.

Mi padre no era un conjunto de átomos. Era una voz, una risa contenida, una forma particular de callar. Era el peso de su mano sobre mi hombro cuando yo era niño. Era una mirada que, incluso en sus últimos días, aún sabía reconocerme.

Eso no parece compatible con la nada.

Si esto es una simulación, tal vez él ya salió del escenario. Tal vez lo que yo llamo muerte es apenas el instante en que alguien atraviesa la cortina y descubre la maquinaria detrás del teatro.

Me gusta pensar que abrió los ojos en otro lado. Que comprendió lo que yo aún ignoro. Que supo, finalmente, si había un afuera.

Y, a veces, en momentos de quietud absoluta, me pregunto si él ahora me observa como yo observaba a mis hijos cuando dormían. Sin intervenir, solo mirando, esperando que yo complete mi parte del recorrido.

Quizá esta vida no sea una prisión digital ni un accidente cósmico.

Quizá sea una prueba de conciencia.

Y quizá la muerte no sea apagón, sino expansión.

No lo sé.

Lo único que sé es que desde que él se fue, el mundo perdió espesor. Como si hubiera quedado una capa menos de realidad. Como si algo que sostenía el escenario hubiese sido retirado sin aviso.

¿Dónde está ahora?

Si existe un afuera, quiero creer que está allí.
Si no existe, quiero creer que su esencia —lo que quiera que eso signifique— ha quedado inscrita en la trama misma de esta simulación.

Tal vez nosotros somos la memoria del universo.

Tal vez la única inmortalidad posible es permanecer en la conciencia de quienes aún ejecutan el programa.

Y si algún día descubro que todo esto fue un nivel, una capa, un sueño dentro de otro sueño… espero que al cruzar esa frontera lo vea de nuevo.

No joven.

No anciano.

Sino completo.

Pero no es solo mi padre.

Es todo lo que ocurre mientras estamos aquí, creyendo que el tiempo es sólido.

Son las horas largas de trabajo, las mañanas en que el cuerpo responde antes que la voluntad. Las clases dictadas, los números explicados, las responsabilidades asumidas con una seriedad que a veces parece excesiva frente a la fragilidad final.

Es también la otra escena, yo frente a una pantalla, escribiendo ahora mismo, seleccionando una pieza compuesta hace siglos, dejándola sonar para ciento veinte mil personas que quizá nunca conoceré. Ciento veinte mil conciencias dispersas en el globo que, por un instante, se detienen a escuchar una música escrita por manos ya convertidas en polvo.

¿Cómo puede el arte sobrevivir a sus creadores?

¿Cómo puede una melodía atravesar generaciones, continentes, sistemas políticos, revoluciones tecnológicas, y seguir tocando algo intacto en quien la oye?

Si somos solo biología, ¿de dónde viene esa continuidad?

Quizá lo que perdura no es el cuerpo, sino la huella.

Trabajo para pagar universidades y colegios, trabajo para dar estructura, oportunidades, dignidad futura. Educar a los hijos, acompañarlos, ofrecerles amor y tiempo. ¿Vale la pena tanto esfuerzo si todo termina en silencio?

Miro a mi madre, sola ahora, casi sesenta años junto al mismo hombre. Sesenta años de conversación compartida. Y pienso, ¿dónde se almacenan seis décadas de intimidad cuando uno de los dos se va?

Ella no perdió solo a un esposo, perdió el testigo permanente de su propia historia.

Y entonces la pregunta se vuelve más íntima, casi incómoda.

¿Qué sucederá con mi pareja cuando yo me vaya?

Ella joven, yo ya no tanto.
¿La dejaré años habitando un vacío similar?
¿Será el amor una bendición que inevitablemente prepara su propia herida?

Si esto es una simulación, el diseño es cruel y exquisito.
Si no lo es, la condición humana es aún más desconcertante.

Y, sin embargo, seguimos.

Seguimos creando contenido.
Seguimos enseñando.
Seguimos amando.
Seguimos planificando el futuro como si nos perteneciera.

Quizá porque, aun sospechando que las paredes existen, intuimos que cada gesto deja una inscripción en la superficie iluminada.

Tal vez no somos permanentes, pero somos influyentes.

Tal vez el esfuerzo no garantiza eternidad, pero sí continuidad.

Y si algún día descubro que hay un afuera, espero comprender por qué todo esto —el trabajo, el arte, la paternidad, la pareja, la pérdida— era necesario.

Y si no lo hay, si esta habitación cerrada es todo lo que existe, entonces el amor, el odio, la risa, el llanto, el arte y el sacrificio no son errores del sistema.

Son su razón de ser.