Desde «La hora que nunca existió»
En un funeral uno espera silencio. Yo encontré a Javier Mestanza con un sombrero ridículo y la calma de quien ya no tiene nada que perder.
Estaba en la última fila, con las piernas cruzadas, mirando su propio cadáver como quien mira un partido malo. Cuando me vio, sonrió; esa sonrisa de vendedor de seguros que uno quisiera denunciar por daños morales.
—Llegaste —murmuró, apenas moviendo los labios—. Puntual como siempre… cuando no importa.
No miré el ataúd, miré a Javier. Era él, entero, irritante, innecesario.
—Te vi muerto —dije.
—Sí. —Se encogió de hombros—. Y míralo, ahí sigue, qué perseverancia la mía.
Quise tocarlo, no lo hice, la vergüenza es una forma de superstición.
En la pared del fondo colgaba un reloj grande, de segundero rojo. Marcaba 00:12. Saqué el celular: 23:12.
El reloj avanzó. Mi pantalla, también. Pero no juntos. Como si Santiago y Lima estuvieran discutiendo por mí.
Javier siguió mi mirada.
—No confíes en los relojes de velorio —dijo—. Aquí el tiempo se mueve con permiso municipal.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Comprobando que me lloren lo justo. —Se inclinó hacia mí—. Y esperando la hora que falta.
—¿La hora que falta?
Javier me observó con una seriedad que le quedaba mal, como un traje caro en un hombre que siempre olió a farmacia.
—Hay noches en que el tiempo salta. Una hora desaparece como desaparecen los recibos incómodos. Ese hueco… —hizo un gesto con la mano, como quien abre una rendija— …no es un error. Es un lugar.
—Estás delirando.
—No, estoy registrado.
Al decirlo, tuve la sensación de que alguien nos escuchaba. No un fantasma, un empleado. Alguien con llave.
Javier metió la mano en su abrigo y sacó un cuaderno pequeño, negro, gastado. Me lo pasó como si fuera un arma.
—Mi diario de mañana.
—Ya me lo dijiste en Lima.
—Lo de Lima fue el prólogo. —Me miró fijo—. Esto es la prueba.
En ese momento, una mano tocó mi hombro. Un hombre de traje oscuro, sin edad, con ojos de archivo.
—Señor Pescorane —dijo en voz baja—. Necesitamos su firma.
—¿Mi firma? ¿Para qué?
El hombre no respondió como se responde una pregunta, respondió como se ejecuta un trámite.
—Acompáñeme.
Miré a Javier, ya se estaba levantando, como si el velorio hubiera terminado para él.
—¿Y tú?
Javier se acomodó el sombrero.
—Yo no firmo nada, ya aprendí.
Me llevaron a una sala pequeña. Una mesa, una lapicera, un papel con mi nombre impreso, demasiado correcto, demasiado seguro de existir. No leí, firmé. La firma salió sola, como si mi mano tuviera memoria propia y yo fuera apenas el soporte.
El hombre de traje guardó la hoja con un cuidado excesivo, como quien guarda una prueba.
—Hay un sobre para usted.
El sobre era manila. Adentro, una sola línea escrita a mano:
NO TE QUEDES DESPIERTO CUANDO FALTE UNA HORA.
Sentí la frase como una palmada en la nuca.
Volví al salón. El ataúd seguía abierto. El cuerpo seguía quieto. Javier ya no estaba en la última fila.
Solo el reloj de pared insistía en su versión del mundo.
En el hotel, encerrado, abrí el cuaderno negro.
Primera página:
MAÑANA
Luego, con letra clara, impúdica:
Roland Pescorane verá mi cadáver, me verá a mí, firmará sin leer y abrirá este cuaderno esa misma noche.
Me dio rabia que me conociera incluso muerto. Pasé la página con violencia.
No morí por morirme, me cambiaron de hora, me sacaron del registro. Me hicieron ocurrir en un minuto que nadie recuerda.
Me quedé mirando la frase hasta que dejó de ser tinta y empezó a ser amenaza.
Otra página:
Hay gente que vive en el hueco, no son fantasmas, son contadores del tiempo.
Contadores… eso me pareció peor que “demonios”.
No te matan con balas, te mueven, te ponen en otro día, te dejan fuera de todo. El que queda fuera no puede probar que existió.
Recordé al hombre del traje, su voz sin emoción, su “necesitamos su firma”. La firma, de pronto, me pareció un acto obsceno. Un consentimiento.
Mi celular marcaba 00:44. El reloj de la habitación: 00:46. Dos minutos. Luego tres. Luego cuatro. La diferencia crecía como si el tiempo estuviera perdiendo disciplina.
Leí otra línea:
A las 00:59, cuando la hora se rompa, te van a tocar la puerta.
Me reí, porque si no me reía iba a rezar, y yo no creo en nada que no pueda auditar, Enny es testigo.
Entonces sonó el teléfono de la habitación.
No había dado ese número.
Contesté.
Al otro lado: mi respiración. Y luego una voz… parecida a la mía, pero más lenta, como si viniera de un pasillo largo.
—No te quedes despierto cuando falte una hora.
Colgué, me quedé mirando la pantalla oscura. El silencio del cuarto era demasiado limpio, como si lo hubieran desinfectado para algo.
Volví al cuaderno, una frase nueva, al final de la página, que juraría que antes no estaba:
Si sigues leyendo, ya empezaste a caer.
Miré la hora: 00:57.
Tres golpes en la puerta.
No eran golpes de hotel, eran golpes de oficina… exactos, pacientes, inevitables.
—Señor Pescorane —dijo una voz del otro lado—. Quedó una firma pendiente.
Me quedé inmóvil, el aire se hizo más frío, como si alguien hubiera abierto una ventana que no existía.
—¿Quién es? —pregunté.
—Registro.
La palabra sonó como un sello húmedo.
Miré el cuaderno una última vez. Otra línea apareció, como escrita con prisa:
NO ABRAS. NO FIRMES. NO MIRES LA HORA.
Pero ya era tarde, porque mi instinto hizo lo contrario: miré el reloj.
00:59
El segundero rojo avanzó.
Y justo antes de llegar a las 00:60 —esa cifra imposible—, el reloj titubeó, como si dudara entre obedecer al mundo o obedecer a otra cosa.
La manija de la puerta se movió, despacio.
Y en ese movimiento comprendí, con una claridad brutal, que lo verdaderamente siniestro no era que Javier hubiera vuelto.
Lo siniestro era que alguien —o algo— estaba corrigiendo mi vida con la pulcritud de un expediente.
La puerta empezó a abrirse.
Y en el hueco, donde debía estar el minuto siguiente, no había tiempo.
Había alguien.
