Nos unió el azar, y aún me parece insólito pensar que, entre miles de millones de personas en el planeta, dos almas tan dispares terminaran coincidiendo en el mismo punto del tiempo, nos conocimos sin buscarlo, y eso, ya de por sí, fue un privilegio. Nos amamos con la fuerza que da la novedad, con esa convicción inocente de que el amor puede torcer el curso de las cosas. Luego, como todo lo que pertenece a la vida, el sentimiento cambió, se transformó, se desgastó, hubo algo de tragedia; y el paso natural del tiempo cumplió su oficio.
Me acompañaba a los teatros con una lealtad conmovedora, no porque disfrutara de las obras, sino porque le gustaba acompañarme. Dormía en ellos con una gracia casi artística, se durmió en Hamlet, en pleno “ser o no ser”; se durmió durante el segundo movimiento del Concierto para piano n.º 2 de Tchaikovsky, justo cuando la orquesta parecía rozar el infinito; y todavía celebro que resistiera despierta toda la presentación de Yuja Wang, quizá por la pura curiosidad de verla desafiar el piano con prendas tan diminutas.
Incluso comía dentro del teatro, era parte del ritual, antes de entrar, yo debía comprarle una hamburguesa —no cualquier hamburguesa, sino una con pan tibio, carne jugosa y queso derretido justo al borde—. Nunca supe dónde entraba tanto alimento; mantenía una figura delgada, impecable, como si el metabolismo obedeciera a su voluntad.
Tenía una lengua afilada y un juicio feroz, pero detrás de cada crítica había una lucidez divertida. Era de esas personas que dicen lo que muchos piensan, pero nadie se atreve a pronunciar. Y, hay que admitirlo, tenía razón más veces de las que yo estaba dispuesto a aceptar.
Compartimos muchas mesas, recuerdo especialmente una noche en la calle Alcanfores, en Miraflores, donde pedí unos panes con tomates diminutos que parecían un milagro doméstico. Ella pidió carne —en otro restaurante—, fetuccinis con calamares en otro más, y entre uno y otro lugar construimos un itinerario de sabores que aún me acompaña. Comíamos bien, reíamos mucho, y en esas cenas descubrí que el placer también puede ser una forma de inteligencia.
No pudimos conocer tanto como hubiéramos querido, a ella le preocupaba mucho que nos vieran juntos, y quizá por eso no nos permitimos otros tantos placeres de lugares por visitar en plena luz del día o incluso en la noche, yo no era la persona indicada con la que debería ser vista, no guardo rencor por eso, hay verdades que simplemente se asumen, no para justificarlas, sino para entender que el mundo sigue su curso sin tener en consideración lo que uno realmente necesita.
Durante un tiempo creí que el amor podía con todo; hoy prefiero pensar que el amor enseña a mirar distinto, y eso ya es bastante. Nos mostró una parte del mundo que no habríamos conocido solos, y eso lo hace valioso.
Espero que sea feliz, que siga comiendo delicioso, que no ronque tanto en los teatros y que continúe disfrutando de cenas en lugares maravillosos y caros, como a ella le gusta.
Y pienso, con cierta gratitud, que cada persona que pasa por nuestra vida deja un fragmento de su modo de mirar el mundo, a veces un silencio, a veces una costumbre, otras una pequeña ironía que recordamos en mitad de un día cualquiera. Eso también es amor, aunque ya no se llame así.
Quizá de eso se trate todo, de entender que la belleza no está en lo que dura, sino en lo que deja. Que la vida, con sus giros y casualidades, nos da la oportunidad de compartir una escena, una risa o una hamburguesa antes de que caiga el telón. Y si ella sigue dormida en algún teatro, que así sea; el arte, al fin y al cabo, también consiste en saber cerrar los ojos a tiempo, como ambos lo hicimos.
