Tales y Talita
Hay días en los que el silencio pesa más que el ruido del mundo, días en los que el tiempo no avanza, solo se queda ahí, detenido en los bordes de una escena que no necesita fotografía para ser eterna, mi hijo al piano, sus dedos firmes y sensibles tocando una pieza, mientras yo lo observo desde el fondo de la sala, sintiendo que algo dentro de mí se quiebra de ternura, o mi hija, cuando era pequeña, dibujando con una precisión que parecía heredada, como si de mí hubiese tomado no solo los gestos, sino también esa necesidad de traducir el mundo en líneas y formas.
Mis hijos mayores fueron mi primer amor real, no el romántico, ni el idealizado, sino el amor que transforma, que sacude, que te hace quedarte despierto cuando ya no hay fuerzas, el amor que te obliga a ser mejor aunque falles. Ellos, sin saberlo, me enseñaron a ser padre, y a veces, cuando la noche cae, me pregunto si alguna vez fui suficiente para ellos.
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