Apuntes sobre el tiempo y la memoria
Cuando era niño, mi madre me despertaba el día de mi cumpleaños con un regalo. No había sorpresa teatral ni envolturas ostentosas, bastaba su presencia, la certeza de que alguien había pensado en mí durante meses. Ella no trabajaba en oficinas ni conocía horarios de salida; su labor era el hogar, como en esas generaciones antiguas donde el tiempo se medía en cuidados. Imagino —y lo hago con una convicción que no necesita pruebas— que juntaba los vueltos del mercado, esas monedas que mi padre revisaba a diario con celo casi ritual, y que al final del año se convertían en un solo obsequio que valía por cumpleaños y Navidad, era suficiente.
Hoy estoy más cerca de los cincuenta años y mi madre sigue aquí. Este año enviudó, mi padre, aquel hombre firme que sostuvo nuestra casa como se sostiene una idea clara, dejó un vacío que ella aún no logra atravesar. Hoy es mi cumpleaños y ya no hay regalos a primera hora, ni juguetes capaces de inaugurar el día. Iremos al hospital a pedir una cita para su examen médico. Así son las etapas, la celebración se desplaza, cambia de forma, se vuelve silenciosa pero no menos significativa.
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