Hay una verdad empresarial que suele aprenderse tarde, casi siempre cuando ya empezó el daño: una Mype no cae necesariamente porque no venda, ni porque no tenga clientes, ni siquiera porque registre utilidad insuficiente. Muchas veces cae por algo más inmediato, más simple y más brutal: porque se queda sin caja.
Ese momento tiene una crueldad particular. La empresa puede seguir pareciendo viva. El local abre, los trabajadores llegan, las ventas continúan, los comprobantes se emiten. Pero por debajo de esa apariencia, el efectivo ya no alcanza. No se puede pagar al proveedor, se posterga la planilla, se difieren tributos, se recurre a préstamos cada vez más caros, se cubre una obligación con otra, y el negocio entra en esa pendiente silenciosa donde la falta de liquidez empieza a devorarlo todo.
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