El último escrito
Tres años:
Robert:
Para mí fueron tres años.
Ella insiste que fueron cinco.
Tres años de aproximaciones y huidas, de promesas susurradas y silencios que fingían calma. Tres años en los que el tiempo parecía avanzar y retroceder al mismo compás de nuestros corazones, tres años en los que no fuimos capaces de separarnos.
A veces creo que todo estaba escrito desde aquella primera vez que la llevé a su casa, —cuando la noche parecía inmensa y su sonrisa y su “baiiii” serían siempre para mi — hasta aquel último sábado que pasamos el día juntos sin saber quizá que ya éramos dos desconocidos disfrazados de amantes.
Cinco meses atrás insistió en recogerme en la universidad, habíamos terminado días atrás, nuestras discrepancias como siempre.
La vi esperándome, sentada como copiloto, con esa sonrisa que todavía tiene el poder de desarmarme, como si cada gesto suyo me recordara qué había entregado mis últimos años a su mirada.
Dijo que sus padres estaban de viaje.
Le respondí, casi como súplica encubierta:
—Entonces perdámonos esta noche. Quiero tomar sangría, quiero bailar contigo, quiero estar contigo.
Pero no aceptó, nunca salía de noche. El temor a sus padres era una sombra que siempre se interponía entre nosotros, un muro invisible que yo jamás logré comprender ni derribar.
Así que solo conduje. Hablamos, reímos, y terminamos abrazándonos como si el tiempo, por un instante, se hubiese decidido detenerse por piedad.
Esa noche fui feliz.
Nos besamos con una ternura que parecía antigua, sagrada. La vi hermosa, luminosa, como si la vida aún me estuviera concediendo una última gracia. Y supe que seguía perdidamente enamorado.
Valentina:
Quería verlo. Lo extrañaba.
No estábamos bien: demasiadas diferencias, demasiados silencios, demasiadas cosas no dichas.
Lo dudé, pero al final fui.
Lo amo. Amo cómo me mira, como si yo fuera el centro de su mundo, amo cómo calla para escucharme, como se vuelve frágil cuando cree que nadie lo ve.
Cuando lo abracé, sentí que nada había cambiado, que aún éramos nosotros… aunque yo sabía que ya no lo éramos.
Robert:
Al día siguiente, sábado, hablamos por WhatsApp.
Ella se veía tranquila, incluso alegre, como si nada estuviera resquebrajado entre nosotros.
Me envió fotos de un paseo al convento.
Pero en una de ellas, entre las sombras, se asomaban unas zapatillas que no eran suyas… y un pantalón pitillo oscuro, imposible de confundir con el de su padre.
Le escribí:
—Si saliste con alguien, dímelo. No me enojaré, y era verdad, si ella hubiese confiado en mi todo sería distinto.
Respondió que eran fotos antiguas, de agosto, tomadas por su papá.
Y yo, como siempre, quise creerle.
Pero algo dentro de mí se resistía, una punzada, un presagio, una intuición que no sabía nombrar.
Valentina:
No quise hacerle daño. Solo salí a despejarme, coincidí con Edgar.
No planeé nada, no lo busqué, pero cuando Robert me preguntó, me asusté.
Borré las fotos. No quería perderlo otra vez, por eso mentí.
Robert:
El domingo lo confesó.
Sí, había ido con él.
“Fue casualidad”, me dijo.
Pero la casualidad no duele tanto ni deja ese vacío en el pecho.
No lo contó por elección, lo hizo por obligación, no le quedó otra opción.
Le dije cosas que no debí decir… pero eran verdad.
Me sentí traicionado, burlado, roto, pero no porque haya salido con él, solo por ocultármelo y negarlo repetidas veces.
Intenté olvidar, pero el recuerdo en esos días se negaba a morir.
Y ella, dolida, también se alejó.
Edgar:
Me atrae Valentina. Es una mujer difícil, contradictoria, impredecible.
Nos vimos ese sábado en el convento. Le tomé unas fotos, ella me lo pidió.
Reía como si el mundo no pesara sobre ella, la pasamos bien.
Quisiera volver a verla.
Quizás esta vez sin culpa.
Amanda:
Lo conocí en clase.
Era distinto, un profesor que te obligaba a mirar el mundo con calma, con gravedad, con profundidad.
Algunas amigas hablaban de él con admiración.
A veces mencionaba a su esposa, una mujer joven y hermosa.
Pero con el tiempo cambió, sus miradas se volvieron perdidas, silencios más largos, una tristeza que se filtraba entre las palabras.
Una tarde lo vi lagrimear frente al aula.
Algo lo estaba quebrando por dentro.
Me importaba. Ya no solo como profesor… sino como hombre.
Valentina:
Volvimos, pero fue breve.
Él quería formalidad, promesas, futuro.
Yo no podía.
Lo amaba, pero no podía ir contra mis padres, contra mi fe, contra todo lo que me definía.
Cuando me dijo que quería ir a mi iglesia, sentí miedo.
Le pedí un tiempo.
Nuestro regreso duró apenas dos días.
Robert:
Sus palabras me devastaron.
Había planeado vivir con ella, tener hijos, envejecer a su lado.
Pero entendí que no sentía lo mismo.
Todo cambió nuevamente.
Valentina:
Le expliqué lo de Edgar una y otra vez.
No fue planeado, no significó nada.
Pero él me juzgaba, me hería.
Y me cansé.
Nunca lo presentaría a mis padres ni a mis amigos. Era mayor, dirían cosas.
No lo entenderían.
Sí, lo amé. Pero ya no quiero saber más.
Robert:
Pasó una semana y no pudimos mantenernos lejos por más tiempo.
Regresamos, nos dimos una nueva oportunidad de hacer las cosas mejor.
Lo intentamos y fuimos felices algunos meses más, o al menos creímos serlo.
Nacieron los planes en conjunto.
Nacieron metas conjuntas.
Fuimos una pareja maravillosa, fuimos distintos.
Año nuevo:
Valentina:
Hoy saldremos a cenar en la noche.
No hemos tenido la oportunidad de almorzar juntos ni para navidad así que cena será.
Robert:
Hoy la sorprenderé, la llevaré a un lugar hermoso para nuestra primera víspera de año nuevo juntos.
Estoy más que emocionado. Siento que si sigo así, ella cumplirá mi deseo de darme un hijo por año.
Exagero, lo sé, quizá uno cada dos años.
Estoy enamorado, quiero tener un hogar con ella, hijos, un futuro donde cada sacrificio para lograr lo que nos propusimos juntos, valga la pena.
Quiero conocer el mundo a su lado y este año empezaremos, le tengo una sorpresa en febrero.
Valentina:
Pasamos nuestro primer año nuevo juntos mientras regresábamos a mi casa.
El cielo estallaba en luces mientras él manejaba rápido.
Me abrazó, me dio las gracias y me dijo que este sería nuestro mejor año.
Fue una noche bonita, quedará en mi recuerdo.
Él nunca cambia, quiere más y más… ¿serán así todos los hombres?
Me habló incluso de comenzar a ir a reuniones sociales.
Creo que no lo disfrutará, a él no le gusta la gente, pero creo que lo hará por interés.
Amanda:
Puse un estado para llamar su atención:
“Hay profesores que te marcan la vida y el corazón”
Espere que reaccione, que me responda, pero no lo hizo.
En cambio, subió la foto de una joven con máscara diciendo “por muchos años más juntos amor”
Debe ser su esposa, de la que hablaba en clases, es realmente hermosa
El final:
Valentina:
Le pedí que me ayudará con un informe para la empresa.
No conté con que se vincularía mi usuario a su cuenta.
Borré la conversación con Ruesta, si la lee no le gustará, se molestará.
Me escribió cuando estaba ya en la iglesia, me preguntó que tenía con él.
Le expliqué que Ruesta es así con todas. No entendió que yo no le daba importancia, para mí no significaba nada.
Me terminó, dijo que no podía estar con alguien como yo y esas palabras me marcaron.
Yo aún tenía en mi llevarlo al pub, él quería tomar sus sangrías y lo haríamos juntos por primera vez.
Robert:
Leí su conversación con Ruesta, si al menos me lo hubiese contado, lo hubiese tomado distinto, nuevamente no confió en mí.
No entiendo como permitió que él cruzara esa línea, creí en todo lo que me contaba.
Ella sabía lo importante que era el respeto para mí… y aun así respondía con risas: “jajaja, ay Ruesta, jijiji …”
Planearon hasta viajes juntos, claro con su amiga, pero a mí me dijo todo lo contrario.
No me sentí traicionado por infidelidad, sino porque ella sabía exactamente cómo reaccionaría… y aun así lo permitió.
Borró la conversación para que yo no leyera, eso me confundió aún más.
Entendí que tenía muy claro mi límite, y, aun así, lo cruzó.
Reaccioné muy mal, dije cosas que no debería decir, perdí el control y me arrepiento de ello.
Valentina:
Decidí alejarme de él.
No estaba dispuesta a soportar esas palabras nuevamente.
No entendió que yo necesitaba espacio, distancia, necesita estar lejos de él.
Soy rencorosa, he luchado toda mi vida por él… ya no más.
Puedo salir con quien quiera, pero no para tener algo, y eso lo incluye.
Ruesta:
A la flaquita le tuve ganas desde el primer día que la vi.
Es jovial, alegre, renegona, pero es muy guapa, eso nadie se lo quita.
He buscado mil formas de acercarme, pero no se deja.
Dice que anda en una relación, pero nunca lo presentó.
Si cae, pues bien, soy hombre, me atrae y seguiré intentando.
Para mí, es mi flaquita hermosa, preciosa.
Queda conformarse con su amistad salvo que algún día acepte más.
Pueden decir que así soy con todas, pero la flaca me gusta.
Hace un par de años hicimos una apuesta con Palacio, con quien liga primero.
Perdimos los dos.
Amanda:
Algo le pasaba, ponía estados tristes.
Pensé que estaba en problemas con su esposa.
Pensé incluso que ella lo había dejado.
Decidí escribirle una madrugada:
— Profesor, ¿está bien?
Demoró en responder, pero lo hizo.
Robert:
Me encontraba en un estado emocional que no conocía.
Para mi no era solo Valentina, era mi esposa, mi proyecto completo de vida.
Y ella, mi esposa había decidido romper nuestro vinculo.
Actuaba como un adolescente, publicando estados de dolor, no sabía cómo manejarlo.
Amanda me escribió. Dudé en responder.
Siempre fui un hombre cerrado al mundo femenino; mi corazón y mis palabras eran solo para mi esposa.
Por eso me golpeó lo de Ruesta.
Esa noche, por puro dolor, respondí:
— Hola… no, no estoy bien.
Valentina:
Me escribió un viernes preguntando si podíamos salir.
Yo no tengo problemas en salir con alguien.
Le dije que sí, pero que no se prestara a confusión.
Para mí no hay vuelta atrás, soy rencorosa.
Puedo decirle que le perdoné, pero no actuar como tal.
Le deje en claro que no quería regresar.
Que tomé distancia por sus palabras.
Hoy me puse un vestido que le dije que lo usaría solo para salir con él.
Es muy corto, los hombres en la empresa no dejan de mirarme de manera disimulada, pero ese es su problema, no el mío.
Me siento libre, con Robert no podría usar un vestido así en el trabajo sin que se moleste, se llene de celos, se resienta o lo tome a mal.
Robert:
En su estado vi que estaba con aquel vestido que no me gustaba, menos para que se lo ponga en el trabajo.
Me dijo hace un mes que solo lo usaría conmigo, que por eso lo había comprado, “nunca lo usaré en el trabajo, sólo contigo”.
Comprendí que nuestros acuerdos ya no existían y que a ella poco le importaba como podía sentirme.
Me dijo que podíamos salir, pero sin confundir las cosas.
Entendí que saldría conmigo como podría salir con cualquier amigo, eso dolió.
Entendí que no importa todo lo que puedas hacer, que el amor puede derrumbarse por una sola grieta.
Comprendí que estaba sufriendo por alguien que ya se había ido.
Y decidí cambiar… aunque no sabía cómo.
Amanda:
Lo llamé varias veces; no me respondía.
De verdad quería saber si estaba bien.
Me interesaba ese hombre, aunque me costara admitirlo.
Finalmente respondió, se sorprendió al escucharme.
Le dije que podía contar conmigo.
Lo invité a salir, estaba decidida.
Robert:
Terminé la noche en un pub, intentando soltar algo que no sabía cómo soltar.
Siempre quise bailar con Valentina, bebiendo sangrías, riendo juntos.
No llegó a cumplir su promesa de llevarme, dijo que no quiso ya ir, aquel viernes prefirió irse con sus amigas.
Ella tenía otro tipo de felicidades, yo no estaba más en su vida.
Acepté la invitación porque mi alma necesitaba un respiro, se estaba ahogando.
Yo no era el Robert del 2024, me había entregado por completo a alguien.
Amanda:
Esa noche fuimos al pub.
Pidió sangrías.
No hablaba, solo miraba.
La gente empezó a bailar.
Lo invité, pero no quiso.
Hasta que, de pronto, se levantó.
Bailó solo, con los ojos cerrados, con una sonrisa leve y triste.
Vi cómo sus lágrimas se mezclaban con su bebida, entendí que sucedía.
Robert:
Apenas entré a ese local quise irme.
Sentí que traicionaba a mi esposa sin querer entender que ya estaba divorciado.
Amanda llegó con una sonrisa, aquella que no regalaba en el aula.
La consideré siempre una joven seria, de pocas palabras.
Pero ahora mostraba el otro lado de ella, quería hacerme sentir bien.
Pasaban los minutos y yo quería que se vaya, quiso bailar conmigo, pero yo solo quería bailar con mi mujer, y eso hice, cerré los ojos y baile con su recuerdo.
Amanda:
Pasada la una, le propuse ir a mi departamento.
No por deseo, sino por ternura.
No quería que se sintiera solo.
Él me miró, respiró hondo y camino atrás mío.
Tomamos un taxi, no quiso que viajásemos en su vehículo.
Robert:
Cuando llegamos, la miré y le agradecí.
Le dije que me iba. Que estaba casado. Que todo eso estaba mal.
Ella pidió que me quedara con insistencia.
Solo pude decir:
—No.
Y me fui.
Regresé al pub, y pedí otra jarra de sangría.
Bailé.
Canté.
Grité.
Intenté ser feliz.
Ella seguía allí, invisible, eterna, girando conmigo entre la multitud.
La imaginé sonriendo a sus compañeros con ese vestido tan corto que prometió usarlo solo conmigo.
La imaginé en la oficina sintiéndose libre y atractiva.
Yo no era ya nada en su vida.
Y esa fue la punzada final, no los celos, no el orgullo, no la rabia.
La conciencia de haber sido remplazado en su mundo por algo peor que un hombre: por mi ausencia y su indiferencia a lo que yo pudiese sentir.
En medio del ruido y el licor, entendí algo.
El amor puede sobrevivir a la distancia, a los errores, incluso a la humillación.
Pero no resiste la indiferencia.
Salí a la calle con el amanecer mirándome de frente, no me sentía libre, la necesitaba conmigo.
Caminé con la certeza que mi versión, la que ella conoció, mi esencia, ya se había ido.
Y temí que no volvería jamás.
Desperté y la escuché diciéndome: “no imagines cosas que no son”.
