Los demonios de Robert
Robert había aprendido tarde —demasiado tarde, pensaba a veces— que el amor no llega como una epifanía, sino como una certeza que se construye. A poco más de sus cuarenta años, después de relaciones incompletas y afectos que se agotaban por desgaste, conoció a Valentina, y con ella entendió, por primera vez, qué significaba amar de verdad.
No fue inmediato, se amaron durante años, pero los últimos meses habían sido, para Robert, los mejores de toda su vida. Nunca había sido tan feliz en lo cotidiano, un desayuno juntos, las cenas largas, las caminatas después del teatro, las noches de cine, los conciertos de música clásica en los que Valentina cerraba los ojos como si el mundo pudiera detenerse allí y quedaba dormida. Incluso su intimidad —contenida, cuidadosa, casi infantil— tenía una belleza que él no había conocido antes. Había aprendido a desear sin poseer y a esperar sin exigir mucho.
Valentina le habló de futuro con naturalidad. No como promesa, sino como impulso. Dos visitas a proyectos de departamentos estaban ya programadas para el primer sábado de febrero, no para comprar, sino para mirarlos juntos, para imaginarse allí, para recordarse que podían aspirar a más. Fue ella quien habló del café, de ese pequeño local que soñaban con mesas decoradas, adornos en el techo, libros, música suave y gente que se quedara más de lo previsto. Robert se entusiasmó como no lo hacía desde joven. Empezó a invertir, a ordenar números, a preparar el terreno, sabía que ese café existiría algún día, algunas metas sobreviven a las personas que lo inspiraron y se alejaron.
También estaba el viaje. Argentina, Brasil, quizá Europa después. Robert compró los pasajes cuando aún resonaban en su mente las palabras de ella: “no te preocupes, viajaremos, yo veo cómo hago con el permiso”. No lo dudó, pensó en San Valentín, pensó en la sorpresa aquel día, pensó que el amor, cuando es real, no se posterga, el aniversario era la fecha ideal para cumplir con una de tantas promesas. Después vino la ruptura y con ella la incertidumbre, no sabía qué hacer con esos boletos, qué lugar ocupaban ahora, si eran todavía un regalo o solo el resto de un sueño que no llegó a tiempo.
No culpaba a Valentina, tampoco se absolvía del todo. Sabía que su reacción había sido desmedida, no por celos ni por miedo al abandono, sino por algo más concreto, leer cómo un compañero de trabajo se dirigía a Valentina con palabras que Robert consideraba íntimas, fuera de lugar, impropias de alguien que no había recibido consentimiento alguno. Aquello lo desbordó.
No dudó de ella. Dudó del respeto ajeno.
No era celos. Era frontera, una frontera que para el marcaba el límite del respeto.
No fue la causa única, pero sí el punto de quiebre. Robert entendió después que no reaccionó contra Valentina, sino contra la sensación de que ciertas fronteras se cruzaban bajo el cómodo disfraz de así soy yo, no lo decía para justificarse, sino para ordenar su propia memoria.
A eso se sumó el ruido externo, las llamadas anónimas. Voces sin rostro que irrumpieron en la vida de Valentina tocando un punto sensible, su familia, su iglesia, su sensación de estar siendo observada. Robert comprendió que aquello la había afectado más de lo que ella admitía. No la volvió distante por desamor, sino cauta por necesidad. Valentina necesitaba proteger su mundo antes de permitir que alguien volviera a entrar en él.
Robert cargaba con la culpa silenciosa de no haber sabido lo que ella esperaba, sabía que había sido explosivo, que no siempre controló sus impulsos. Recordó haber leído alguna vez que la falta prolongada de intimidad vuelve al hombre más sensible a los gestos ambiguos, más reactivo ante lo que no entiende del todo. Nunca había sido así antes. Tal vez los años acumulados sin ese lenguaje del cuerpo le jugaron en contra, no era excusa, trataba nuevamente de ordenar su memoria, de entender que le estaba pasando.
Extrañaba todo de Valentina. Las cenas, las risas, el teatro, el cine, los conciertos. Extrañaba incluso aquella salida al bar que ella prometió —decía que tomaría su primer licor con él— y que nunca llegó a concretarse. Extrañaba verla feliz, porque solo allí, en esa felicidad ajena, Robert encontraba la suya.
Por ella había ido incluso contra su propio control financiero, aunque siempre con cautela. Sabía que le gustaban las cosas buenas, que gastar era también una forma de sentirse viva. Y aun así, Robert solo se sentía realmente pleno cuando la veía sonreír.
Con el paso de los días, el celular se volvió una extensión de su mano, un hábito silencioso. Lo revisaba sin pensar, esperando un mensaje que no llegaba, una señal, algo… quizá con ansiedad, quizá con una espera resignada, casi ritual. Una tarde, entre notificaciones irrelevantes, apareció un mensaje breve:
Profesor, ¿está bien?
Robert se detuvo. No respondió de inmediato, aquellas palabras le trajeron un recuerdo nítido, septiembre de 2019, cuando él y Valentina se escribieron por primera vez. No la amó entonces. El amor llegó con los años, con la entrega, con la confianza, con tantas muestras de interés y preocupación de ambas partes. Robert nunca fue alguien que amara con facilidad, entendió que nunca lo había hecho antes, y también entendió —en esa etapa de su vida— que necesitaba ser amado y sentirlo de forma explícita, no le importaba ya amar a alguien más, solo necesitaba sentir.
Apagó la pantalla y respiró hondo.
No sabía qué vendría después. Pero sabía algo con claridad, había aprendido más de lo que enseñó y había sido transformado de una manera irreversible. Y entendió que, aunque algunos sueños no se concreten, el amor vivido no se pierde.
A veces —pensó— el final no es una ruptura, sino una pausa donde la vida, sin prometer nada, vuelve a decir: aún estás aquí, date una nueva oportunidad, es una señal…
Y eso, por ahora, era suficiente.
