Lima, diciembre 2030
Tengo cincuenta y dos años y la memoria se me ha vuelto una casa con las ventanas abiertas, entra el polvo del pasado, el sol del presente y, de vez en cuando, una ráfaga de futuro que no sé si agradecer o cerrar con un portazo. Es 2030 y sigo viajando dentro de mí como aquel muchacho de veintiuno que cruzaba Lima en un bus cansado, desde Surquillo hasta el centro, mientras un contador gigante, plantado como un oráculo electrónico cerca de Metro de Arona, marcaba los días, las horas y los minutos que faltaban para el año 2000. Yo miraba ese reloj como si fuera la cuenta regresiva de mi propia vida, sin saber que la vida no explota, se filtra.
En diciembre de 1999 yo trabajaba como vendedor en la empresa de mi padre. Ganaba lo suficiente para sentirme adulto y poco como para seguir siéndolo. Era austero, como él, con una disciplina que no se aprende, se hereda. Gastaba poco en comidas, poco en salidas, poco en casi todo, salvo en educación, porque en mi casa el saber era la única forma elegante de gastar dinero. Yo creía que la sobriedad era una virtud, hoy sospecho que también era una coartada.
Antes de los grandes compromisos, antes de las promesas que se dicen con voz firme y se recuerdan con voz baja, hubo una historia en Cusco. Era joven, libre y un poco imprudente, como todos los hombres que todavía no saben que la libertad también deja marcas. Trabajé en provincia, me enamoré de una chica cusqueña y creí que eso era el amor, una geografía distinta, una mirada que parecía eterna, una sensación de estar en un lugar donde nadie me conocía y, por lo tanto, podía ser cualquiera. Fue una historia sin anillos, sin planes y sin juramentos. Una historia que terminó como terminan las cosas que no se prometen nada, con un recuerdo amable y un silencio largo.
Después vino Gabriela, con ella llegó el matrimonio, la vida formal, la versión socialmente presentable de mí mismo. Me casé en el 2001, la vida con Gabriela fue un acuerdo entre dos personas que querían construir algo, aunque no siempre supieran exactamente qué. En ese tiempo trabajé, viajé, me equivoqué y, como buen practicante de la honestidad impulsiva, confesé más de lo que convenía. Esa manía mía de decir la verdad sin anestesia me ganó una cachetada que todavía recuerdo como una firma en la cara, ahí aprendí que la sinceridad no siempre es una virtud, a veces es solo una forma elegante de herir.
El matrimonio terminó una década después, como terminan muchas cosas que empiezan con prisa, con cansancio. No hubo villanos ni héroes, solo dos personas que descubrieron que el amor también se puede gastar. Yo me llevé de esa historia una certeza incómoda, uno puede cumplir con casi todo y, aun así, fallar en lo esencial.
Luego vino Miravel, mi segundo gran compromiso. Si con Gabriela aprendí lo que es construir, con Miravel aprendí lo que es chocar. Éramos, en el fondo, dos países que hablaban el mismo idioma pero defendían fronteras opuestas. Diferencias sobre cómo vivir, cómo pensar, cómo hacer negocios, cómo criar, cómo gastar, cómo soñar. Al principio esas diferencias parecían interesantes; con el tiempo se volvieron irreconciliables. Terminamos tan lejos que nuestra comunicación se redujo a un puente frágil, nuestra hija. Nos hablábamos a través de ella, como si el amor hubiera dejado solo un canal indirecto, una correspondencia sin cartas.
Yo, que siempre fui reservado, que nunca supe contar mis problemas sin sentir que traicionaba algo íntimo, empecé a darme cuenta de que había convertido el silencio en una forma de identidad. Pensaba primero en los que amaba y al final, si quedaba tiempo, en mí. Me parecía noble. Hoy me parece sospechoso.
En algún punto de mi vida me volví docente. No por vocación romántica, sino por una necesidad práctica que terminó volviéndose una forma de fe. He conocido muchos alumnos, algunos con esa mirada que brilla antes de saber por qué, otros con la resignación de quien está en la universidad por obligación y no por deseo. A todos les he hablado de números, de contabilidad, de administración, de finanzas, de decisiones racionales, mientras por dentro pensaba que la vida es el peor ejemplo de lo que intento enseñarles, un balance que nunca cuadra del todo.
Mis padres me moldearon con una ética simple y dura, trabajar de sol a sol, salir poco, gastar lo justo y confiar en que la educación es la única herencia que no se devalúa. Yo soy, lo admito, una edición rara de esa enseñanza, aprendí a caminar en la austeridad y, más tarde, a coquetear con el lujo.
Eso vino con el último gran amor de mi vida. Ella era joven, realmente joven, y tenía la ambición que a mí me había acompañado como una sombra educada. Queríamos mucho, queríamos ser importantes, queríamos progresar como si el mundo nos estuviera mirando. Con ella hice todo lo que no había hecho con nadie, fui a lugares lujosos, compré regalos costosos, conocimos ciudades que parecían diseñadas para que uno se sintiera parte de algo más grande que su propia historia. La amé con una intensidad que no sabía que tenía, y eso, como todo lo intenso, fue hermoso y peligroso.
Teníamos en común la ambición, las ganas de avanzar, el hambre de futuro. Pero también teníamos diferencias que no se resolvían con viajes ni promesas. Ella buscaba valoración social; yo buscaba silencio compartido. A ella le gustaba la atención de sus amigos; yo quería una atención exclusiva, casi monástica. Ella era amiguera; yo, solitario por convicción. A ella no le importaban los coqueteos ajenos; a mí me crucificaban por dentro. Éramos, en el fondo, dos versiones del deseo que se miraban con cariño y desconfianza al mismo tiempo.
La diferencia de edad nos hacía parecer una paradoja ambulante: yo con mis certezas cansadas, ella con su futuro recién estrenado. Nos entendíamos en los grandes planes y nos perdíamos en los pequeños gestos. La historia terminó como terminan casi todas, sin una escena final digna de cine, solo con un acuerdo silencioso de dejar de insistir.
A veces, en este 2030 que se me presenta como un espejo con arrugas, me descubro imaginándola. Me gustaría estar con ella en este momento, pero la vida se encarga de inventarle otros planes, tal vez esté coordinando con algún compañero de trabajo para que la lleve a un mall cerca de su casa, o quizá esté organizando una salida con sus amigas, o tal vez esté coordinando alguna reunión desde luego sin mi. Yo, en cambio, sigo pensando, siempre he sido más fiel a la memoria que al presente.
La vida, he aprendido, es un vaivén de verdades y mentiras. Uno se pasa años tratando de distinguirlas hasta que, cansado, termina dándole la razón a una frase que escuché hace tiempo y que se me quedó como una astilla: “nunca vas a terminar de conocer a tu mujer”. Yo amplié la sentencia con los años… nunca vas a terminar de conocer a nadie, y eso incluye a la persona que te mira desde el espejo.
Hoy uso prendas caras, voy a buenos lugares en Surco, San Isidro, Miraflores, visito lugares que me traen recuerdos, sigo sentándome en Starbucks de Arona frente a Saga, aprendí a moverme en espacios que antes me habrían parecido ajenos. Esa costumbre me quedó de aquel amor joven y ambicioso. Pero también sigo yendo a lugares humildes, a mi barrio donde la vida se vive sin pretensiones, como una forma de recordar de dónde vengo. Camino entre dos mundos con la misma naturalidad con la que antes caminaba entre mis propias contradicciones.
No soy un ángel. Soy un hombre con errores, con defectos que se repiten como estribillos y virtudes que aparecen cuando menos lo espero. Soy leal cuando amo de verdad, y cuando me siento traicionado hago escenas y luego me vuelvo frío, distante, dejo que la vida siga su curso como si yo fuera solo un espectador más de mi propia historia.
Si algo he aprendido en estos cincuenta y dos años es que uno pasa la vida idealizando, idealiza a las personas, a los recuerdos, incluso a las decisiones que no tomó. Después, con suerte, aprende a querer lo que hay en lugar de lo que imaginó.
He sido muchas cosas, vendedor, esposo, pareja, padre, docente, hombre solo en una mesa de restaurante caro y hombre solo en una banca de barrio. He cruzado ciudades, etapas y versiones de mí mismo con la misma pregunta en el bolsillo: ¿quién soy cuando nadie me está mirando?
La respuesta nunca es clara. Tal vez por eso sigo escribiendo esta historia como si fuera un borrador eterno.
Hoy, en este año que suena a futuro pero se siente a presente gastado, he tomado una decisión que no es heroica ni trágica, he decidido estar solo. No por desprecio al amor, sino por respeto a lo que me ha enseñado. La vida me mostró que, al final, la única confianza que no se negocia es la que uno construye con su propia conciencia.
No sé si eso me hace sabio o simplemente cansado. Pero aquí estoy, mirando por la ventana abierta de mi memoria, dejando que entren el polvo, el sol y el aire. Y por primera vez en mucho tiempo, no cierro nada.
Porque tal vez eso sea la paz, no elegir entre el pasado y el futuro, sino aprender a habitar, sin demasiadas mentiras, este frágil y honesto presente.
