Literatura

Un día como hoy

Apuntes sobre el tiempo y la memoria

Cuando era niño, mi madre me despertaba el día de mi cumpleaños con un regalo. No había sorpresa teatral ni envolturas ostentosas, bastaba su presencia, la certeza de que alguien había pensado en mí durante meses. Ella no trabajaba en oficinas ni conocía horarios de salida; su labor era el hogar, como en esas generaciones antiguas donde el tiempo se medía en cuidados. Imagino —y lo hago con una convicción que no necesita pruebas— que juntaba los vueltos del mercado, esas monedas que mi padre revisaba a diario con celo casi ritual, y que al final del año se convertían en un solo obsequio que valía por cumpleaños y Navidad, era suficiente.

Hoy estoy más cerca de los cincuenta años y mi madre sigue aquí. Este año enviudó, mi padre, aquel hombre firme que sostuvo nuestra casa como se sostiene una idea clara, dejó un vacío que ella aún no logra atravesar. Hoy es mi cumpleaños y ya no hay regalos a primera hora, ni juguetes capaces de inaugurar el día. Iremos al hospital a pedir una cita para su examen médico. Así son las etapas, la celebración se desplaza, cambia de forma, se vuelve silenciosa pero no menos significativa.

Los hijos van creciendo y se van alejando, es parte del crecer, mi hija mayor me escribió de madrugada desde otra parte del mundo. La adoro profundamente; es uno de mis orgullos más serenos, la admiro por su inteligencia, tan parecida a la de su madre, por esa manera suya de estar en el mundo con claridad. Sé que en unas horas mi hijo mayor hará lo propio, ayer estuvimos juntos en la clínica revisando asuntos médicos y, como padre, fue un alivio inmenso saber que todo va bien. Estoy orgulloso de él, está logrando a una edad temprana cosas que yo no habría podido siquiera imaginar. Es el hijo que suele aparecer en vísperas de Navidad o Año Nuevo en casa a visitarme; el año pasado estuvo lejos, en tierras boreales y lo extrañé con una intensidad que no sabía que aún me habitaba.

La vida continúa, siempre continúa. Ayer, después de la actuación escolar de cierre de año, la madre de mis hijos mayores le preguntó a mis mellizas qué harían por mi cumpleaños. Fui yo quien respondió, antes que ellas, casi como una broma inevitable: “Haremos que cocine bien”. Me reí. Cocino para mis hijos tres o cuatro veces por semana, para todos los que estén, para los que la vida permite reunir alrededor de una mesa que nunca está completa del todo, pero que siempre es suficiente. Ellas aún no miden la magnitud de estas fechas como quizá lo hacen mis hijos mayores, y la más pequeña de las mujeres ni siquiera sabe que hoy cumplo años. Y está bien así, el tiempo siempre cumplirá su función.

Recopilo con gratitud los recuerdos. Mi abuelo llamándome por teléfono a primera hora, cantando un Happy Birthday completo, quebrándose al final en un sollozo que nunca supe si era tristeza o alegría, deseándome siempre lo mejor. Mi padrino —hermano de mi padre— llamando también temprano, fiel, afectuoso, con su voz imponente, se parecían, compartieron una infancia dura, de esas que no se cuentan del todo. Él perdió un brazo siendo niño, al caer de un tren de carga cuando intentaba sacar un poco de arroz para alimentar a sus hermanos menores. Nunca convirtió esa pérdida en discurso, la cargó en silencio, como se cargan las responsabilidades verdaderas.

Mi padre me daba un abrazo a su manera, fuerte, con grandes palmadas en la espalda, como quien confirma que uno sigue en pie, no hacía falta decir nada, el afecto venía en esos gestos secos, en la firmeza de sus manos sobre mi hombro o mi cabeza, en los consejos breves que llegaban cuando realmente eran necesarios. Personas que pasaron por mi vida y dejaron una huella que el tiempo no borra. Se les extraña, sí, pero no desde la carencia sino desde la gratitud.

Hubo también familias que me acogieron como a un hijo, como a un hermano más. Los Herrera, por ejemplo, celebraban mis cumpleaños con una generosidad que no necesitaba explicación. En los años en que estuve casado con Gabriela, su casa fue también la mía. El patriarca del hogar don Néstor Nicanoro, ocupó entonces un lugar silencioso y firme en mi vida, en más de un sentido, una figura paterna cuando el destino había llevado a mis propios padres lejos y la presencia cotidiana se había vuelto distancia. El tiempo —siempre fiel a su tarea— y la distancia hicieron lo que inevitablemente hacen.

Hubo, además, una mujer para quien los cumpleaños eran una ocasión mayor, Miravel. Siempre había un regalo, una decoración improvisada, un acuerdo silencioso con mis hijos mayores para sorprenderme. Los detalles eran su lenguaje, la entrega su forma de amar. Dio mucho, a su manera, y eso no se borra, en estos últimos años ya no me saluda en esta fecha, pero hay gestos pasados que no necesitan continuidad para conservar su valor.

Pero mi presente es otro, vivo en la tranquilidad. Ya no hay grandes reuniones familiares, o bailes con los amigos del trabajo llegando al departamento, ni sorpresas o llamadas a primera hora de la mañana. Hoy prima la armonía, o al menos eso intento. Es una etapa distinta, donde el ruido ha cedido su lugar a la reflexión, a una cena tranquila en un buen lugar, una etapa en la que busco que mi vida tenga un nuevo enfoque, un nuevo destino. No uno grandilocuente, sino uno mejor, más justo, más consciente.

Creo que el mayor tributo que puedo ofrecer a todos los que han pasado por mi vida no está en la nostalgia ni en la enumeración de recuerdos, sino en algo más simple y exigente, hacer las cosas bien, vivir con decencia, cumplir, estar. El tiempo no nos pide heroicidades ni gestos memorables. Nos pide coherencia, nos pide aprender a habitar lo que somos sin traicionarlo.

Y quizá, al final, celebrar un cumpleaños no consista en sumar años ni en lamentar lo perdido, sino en asumir con serenidad lo que permanece. Seguir adelante con memoria, con propósito y con una quieta determinación de no fallarnos a nosotros mismos. Eso, creo, es suficiente, siempre lo ha sido.